3.9.12

Lo verdaderamente difícil es aceptar lo fácil, lo ordinario, lo rutinario.


CIUDAD DE DIOS

“Hemos sido escindidos culturalmente de la capacidad de conectarnos con el origen. Han colocado entre nosotros y Dios el muro infranqueable del desarrollo”.

No podremos descubrir los caminos internos del espíritu, si no es recorriendo, de manera consciente, los caminos externos de la vida del hombre común. Todas las rutas de acceso a las moradas del alma se encuentran frente a nosotros, en cada acto simple y cotidiano.
 
Los accesos no son invisibles ni complejos. No están ocultos detrás de símbolos, o protegidos por la oscuridad o por la luz de los que se cree que le impiden al hombre ordinario adentrarse en el refugio del espíritu.
 
No, por el contrario, son caminos tan simples que por simples los vamos desechando.
Creemos que lo importante es lo difícil, lo inaccesible. Lo vedado al ser anónimo, y entregado solamente al elegido. Desde siempre hemos cometido este gran error.

Deberíamos saber que lo verdaderamente difícil es aceptar lo fácil, lo ordinario, lo rutinario.
Nuestra existencia suele consistir en “escapar” de lo sencillo. Trabajamos en la instalación de complicados “laberintos”, colocándolos entre nosotros y las cosas simples del diario y rutinario devenir.
El desarrollo cultural se encargó de generar máquinas y elementos que conformaron este infranqueable camino. La involución del ser “natural” al “cultural” fue inevitable. Dentro del laberinto deberemos entregar nuestro corazón al artífice del recorrido.

Dentro de la morada del hombre (laberinto) existen leyes a las que deberemos someternos y de las que nos surgirá el temor.
Y a raíz de él, cientos de yoes se duplicarán de manera ilusoria desde el ser único. Como células que se dividen ante una amenaza. Formando un tejido protector, sobre la frágil piel del espíritu.
 
Las leyes que gobiernan este trayecto surgen de las pasiones y de sus correspondientes pecados. No son asuntos del espíritu, por lo que las diferentes personalidades serán las encargadas de intentar sortear las dificultades del intrincado sendero.

El ser esperará paciente abandonar la Ciudad del hombre, mientras que su luz será resguardada entre las sombras que proyectan las pasiones. Sombras que actuarán como escudos ante el apetito voraz de los “dragones” que no podrán distinguir al ser entre las sombras.
En la senda son muchos los fantasmas, por lo que el ser deberá tener múltiples protecciones.
El laberinto no es la “Casa del ser” o la “Ciudad de Dios”. Para el ser la morada del hombre es el infierno.

Se procuran “yoes” para comandar la gran batalla, y así salir del escabroso recinto.
Algunos disfrutan de la lucha y desaparecen sin conocer el paraíso. Otros, más cercanos al ser, sufrirán en la contienda sin saber por qué y para qué pelean. Otros transitan el camino indiferentes, sumidos en un sueño profundo del que jamás despertarán.
Pero todos, absolutamente todos, desaparecerán sin dejar rastro al finalizar el tortuoso recorrido.
 
Todo “yo”, que no sea el “ser único”, jamás saldrá del laberinto. Dado que han sido creados sólo para transitarlo como custodios inconscientes del espíritu.
Sus vidas son una puesta en escena en le teatro ilusorio de la ciudad del hombre. Su verdadera misión es proteger a la luz con la producción de sus sombras.

Para la personalidad ilusoria (yoes) el contacto con la realidad significaría su inmediata disolución. Como para el “ser único” transitar sin la protección de sus múltiples yoes sería un acto demencial. El hombre demente es un ser sin la protección debida.

Cada “yo” tomará el mando que le corresponda conforme la dificultad que encuentre. Comandará tanto la dicha como la desdicha según sea su afinidad vibratoria.
Al ingresar al laberinto-nacimiento- el ser sólo podrá ser un testigo de lo que sucede en el camino. Mientras que cada yo tomará el papel protagónico, reaccionando a todo que le surja.
 
Todo lo que conocemos del mundo que nos rodea (educación, cultura, religión, arte, ciencia, espiritualidad)son producciones generadas dentro del espacio ficticio entre el hombre y la obra de Dios.
Son creaciones ilusorias pero necesarias para proteger el pasaje del ser por una dimensión inferior. Son los “camuflajes” para su buen tránsito.
 
Entregar nuestro corazón a la tarea del día. Al acto insulso y repetido de lavar nuestro plato, sería una forma sabia de disminuir la longitud y complejidad del inevitable laberinto.
Vivir en el tiempo presente es estar en contacto directo con las cosas. Evitando el crecimiento innecesario de la Ciudad del hombre.

Hemos sido escindidos culturalmente de la capacidad de conectarnos con el origen. Han colocado entre nosotros y Dios el muro infranqueable del desarrollo.
La cultura tecnológica ha profundizado los abismos y aproximado las soledades.
El hombre espiritual ha sido sepultado bajo el peso del hombre moderno. La sabiduría de la vertiente ha sido controlada y dosificada por el “grifo” cultural de la religión.
El hombre espiritual fue suplantado por el hombre religioso.

El hombre religioso controla y comercia con la fe. El hombre espiritual es la fe misma.
Es el agua de la vertiente que surge de la montaña, recorriendo las acequias para alimentar la tierra sin distinciones. El hombre religioso alimenta la tierra que cree conveniente.

Hay sólo una entrada a la Ciudad de Dios y está sobre la intersección de dos coordenadas.
Una espacial, que es la acción dada, y otra temporal, que es estar ejerciendo dicha acción en el ahora.
Todos podemos comer un alimento, pero no todos lo hacemos en el instante presente.
Casi siempre estamos fuera de sintonía.
Un poco más allá o un poco más acá del punto en el que la acción se entrelaza con la línea del tiempo único.

Cuando logramos sintonizar, y establecemos la acción de masticar sobre la coordenada de tiempo presente, el camino exterior de la acción de comer, nos conducirá por el portal de la Ciudad de Dios, invitándonos a transitar el sendero interior, que nos dejará en la eterna morada del espíritu.

AXSER

No hay comentarios:

Publicar un comentario