LA BANALIDAD DEL CAOS
Hubo un tiempo en que el desorden era un acontecimiento. Una
crisis trastocaba la agenda, una guerra suspendía las conversaciones, una
bancarrota sacudía las certezas. El caos aún tenía el poder de interrumpir el
fluir normal de los días. Hoy, se ha instalado. Ya no interrumpe, sino que
acompaña. Ya no sorprende, sino que informa.
Quizás esta sea la información esencial: el desorden se ha vuelto común. Ya no causa disrupción, solo debate. Ya no nos detenemos a confrontarlo; lo integramos. Se convierte en ruido de fondo, un telón de fondo cambiante pero familiar, como un clima caprichoso para el que terminamos vistiéndonos sin siquiera levantar la vista.
Cada mañana, los periódicos anuncian una nueva preocupación,
a menudo grave, a veces trágica, rara vez resuelta. Conflictos armados
prolongados, tensiones diplomáticas crónicas, crisis económicas bajo
escrutinio. Todo es serio, todo se documenta, todo se comenta. Y, sin embargo,
nada parece decisivo. La emergencia se sucede sin generar impulso colectivo. Se
agota a base de pura persistencia.
Así que debatimos. Debatimos mucho. Debatimos sobre todo,
constantemente, con admirable constancia. Los estudios cobran vida, los
expertos se turnan, las opiniones se cruzan sin llegar a coincidir. El debate
se convierte en un fin en sí mismo, una prueba de la existencia democrática,
casi un ritual reconfortante. Mientras discutimos, significa que nada está
completamente fuera de control. O al menos, eso es lo que nos decimos.
Pero el debate ya no conduce necesariamente a una decisión.
Prolonga la espera, suaviza el impacto de la realidad, transforma las
conmociones en temas. Hablamos de colapso sin caída, de crisis sin ruptura, de
ira sin explosión. El lenguaje absorbe el caos, lo vuelve digerible, casi
abstracto. Las palabras actúan como una pantalla, a veces más que un enlace.
Esta normalización del desorden produce un efecto extraño:
todo es inquietante, pero nada alarma realmente. El miedo es difuso, nunca está
concentrado. No moviliza, agota. No incita a la acción, invita a la adaptación.
Ajustamos nuestros hábitos, nuestras ambiciones, nuestras expectativas.
Aprendemos a vivir con menos certezas y una resignación más elegante.
El cinismo se infiltra lenta y silenciosamente. No como una
postura intelectual, sino como una estrategia de supervivencia. Nos burlamos de
lo absurdo, bromeamos sobre la inestabilidad y sonreímos ante la incoherencia.
El humor se convierte en una válvula de escape, una forma de mantenernos
erguidos cuando el significado flaquea. La risa ya no es una frivolidad; es una
habilidad.
Y, sin embargo, la vida continúa. Continúa con notable
tenacidad. Los cafés abren, el transporte público funciona, las citas se
suceden. Nos enamoramos, hacemos planes modestos, celebramos cumpleaños entre
noticias. El mundo funciona mal, pero la vida cotidiana persiste.
Aquí reside la paradoja: nunca el desorden ha sido tan
visible ni ha parecido tan arraigado. Ya no irrumpe, se instala. Ya no
perturba, sino que acompaña. La pregunta, por lo tanto, ya no es si continuará
—porque ya está—, sino cuánto tiempo más lo debatiremos como si fuera una
anomalía pasajera.
Pero al acostumbrarnos, algo se resquebraja. No es el mundo,
somos nosotros. Al intentar comprenderlo todo, contextualizarlo todo,
discutirlo todo, desaprendemos la ira justificada, la indignación manifiesta y
el rechazo rotundo. El caos no triunfa porque sea más fuerte, sino porque se ha
vuelto aceptable. Soportable.
Un día, sin embargo, el ruido de fondo se volverá
insoportable. No porque una crisis sea más grave que las demás, sino porque ya
no habrá espacio interior para absorberla. Ese día, no será una
"noticia" ni un "debate". Será una ruptura. Una ruptura
real. Brutal. Sin expertos que la expliquen ni medios de comunicación que la
amortigüen.
Porque tolerar el desorden siempre tiene un precio. Y no se
paga con palabras, análisis ni ironía. Se paga con vidas acortadas, ira
retardada y rendiciones silenciosas. El caos no es el clima. Es un fuego lento.
Y al centrarnos en el humo, olvidamos apagar las llamas.
Así que debemos elegir: seguir comentando el colapso como un
espectáculo perpetuo, o finalmente aceptar afrontarlo de frente; no hablar de
él, sino oponernos a él con algo más fuerte que la costumbre. Porque, al final,
no es el caos lo que es común. Es nuestra resignación la que se ha vuelto
insoportable.
https://www.verdadypaciencia.com/2026/01/la-banalidad-del-caos.html

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