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20.1.26

El caos no triunfa porque sea más fuerte, sino porque se ha vuelto soportable

LA BANALIDAD DEL CAOS                 

Hubo un tiempo en que el desorden era un acontecimiento. Una crisis trastocaba la agenda, una guerra suspendía las conversaciones, una bancarrota sacudía las certezas. El caos aún tenía el poder de interrumpir el fluir normal de los días. Hoy, se ha instalado. Ya no interrumpe, sino que acompaña. Ya no sorprende, sino que informa.

Quizás esta sea la información esencial: el desorden se ha vuelto común. Ya no causa disrupción, solo debate. Ya no nos detenemos a confrontarlo; lo integramos. Se convierte en ruido de fondo, un telón de fondo cambiante pero familiar, como un clima caprichoso para el que terminamos vistiéndonos sin siquiera levantar la vista.

Cada mañana, los periódicos anuncian una nueva preocupación, a menudo grave, a veces trágica, rara vez resuelta. Conflictos armados prolongados, tensiones diplomáticas crónicas, crisis económicas bajo escrutinio. Todo es serio, todo se documenta, todo se comenta. Y, sin embargo, nada parece decisivo. La emergencia se sucede sin generar impulso colectivo. Se agota a base de pura persistencia.

Así que debatimos. Debatimos mucho. Debatimos sobre todo, constantemente, con admirable constancia. Los estudios cobran vida, los expertos se turnan, las opiniones se cruzan sin llegar a coincidir. El debate se convierte en un fin en sí mismo, una prueba de la existencia democrática, casi un ritual reconfortante. Mientras discutimos, significa que nada está completamente fuera de control. O al menos, eso es lo que nos decimos.

Pero el debate ya no conduce necesariamente a una decisión. Prolonga la espera, suaviza el impacto de la realidad, transforma las conmociones en temas. Hablamos de colapso sin caída, de crisis sin ruptura, de ira sin explosión. El lenguaje absorbe el caos, lo vuelve digerible, casi abstracto. Las palabras actúan como una pantalla, a veces más que un enlace.

Esta normalización del desorden produce un efecto extraño: todo es inquietante, pero nada alarma realmente. El miedo es difuso, nunca está concentrado. No moviliza, agota. No incita a la acción, invita a la adaptación. Ajustamos nuestros hábitos, nuestras ambiciones, nuestras expectativas. Aprendemos a vivir con menos certezas y una resignación más elegante.

El cinismo se infiltra lenta y silenciosamente. No como una postura intelectual, sino como una estrategia de supervivencia. Nos burlamos de lo absurdo, bromeamos sobre la inestabilidad y sonreímos ante la incoherencia. El humor se convierte en una válvula de escape, una forma de mantenernos erguidos cuando el significado flaquea. La risa ya no es una frivolidad; es una habilidad.

Y, sin embargo, la vida continúa. Continúa con notable tenacidad. Los cafés abren, el transporte público funciona, las citas se suceden. Nos enamoramos, hacemos planes modestos, celebramos cumpleaños entre noticias. El mundo funciona mal, pero la vida cotidiana persiste.

Aquí reside la paradoja: nunca el desorden ha sido tan visible ni ha parecido tan arraigado. Ya no irrumpe, se instala. Ya no perturba, sino que acompaña. La pregunta, por lo tanto, ya no es si continuará —porque ya está—, sino cuánto tiempo más lo debatiremos como si fuera una anomalía pasajera.

Pero al acostumbrarnos, algo se resquebraja. No es el mundo, somos nosotros. Al intentar comprenderlo todo, contextualizarlo todo, discutirlo todo, desaprendemos la ira justificada, la indignación manifiesta y el rechazo rotundo. El caos no triunfa porque sea más fuerte, sino porque se ha vuelto aceptable. Soportable. 

Un día, sin embargo, el ruido de fondo se volverá insoportable. No porque una crisis sea más grave que las demás, sino porque ya no habrá espacio interior para absorberla. Ese día, no será una "noticia" ni un "debate". Será una ruptura. Una ruptura real. Brutal. Sin expertos que la expliquen ni medios de comunicación que la amortigüen.

Porque tolerar el desorden siempre tiene un precio. Y no se paga con palabras, análisis ni ironía. Se paga con vidas acortadas, ira retardada y rendiciones silenciosas. El caos no es el clima. Es un fuego lento. Y al centrarnos en el humo, olvidamos apagar las llamas.

Así que debemos elegir: seguir comentando el colapso como un espectáculo perpetuo, o finalmente aceptar afrontarlo de frente; no hablar de él, sino oponernos a él con algo más fuerte que la costumbre. Porque, al final, no es el caos lo que es común. Es nuestra resignación la que se ha vuelto insoportable.

https://www.verdadypaciencia.com/2026/01/la-banalidad-del-caos.html  

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