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22.1.26

Invitación para quien sienta que la vida podría ser más humana, más consciente

TRABAJAR POR UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE  

Un ensayo analítico sobre patrones, trauma, curación, manifestación y el camino a seguir: la creación de un nuevo mundo de armonía, paz y comprensión de la conciencia humana.

Bajo la superficie

Vivimos en un mundo conformado por estructuras complejas: la educación, la ciencia, los medios de comunicación, la economía y la política definen lo que se considera verdad y realidad. Mucha gente asume que estos sistemas existen para resolver problemas y proteger a la sociedad.

Sin embargo, es cada vez más evidente que las decisiones importantes se toman a escondidas del público y sin una participación ciudadana significativa. No mediante un único plan oculto, sino a través de intereses entrelazados, rutinas arraigadas y presión económica.

Foros internacionales cerrados como el de Davos, las reuniones de Bilderberg, las políticas en las organizaciones de la ONU o cumbres climáticas como la COP30 formulan objetivos y directrices con consecuencias globales, a menudo carentes de transparencia y rendición de cuentas.

Cuando este texto se refiere al “sistema”, no implica una conspiración singular, sino una red de instituciones, incentivos y dependencias que guían el comportamiento, a menudo sin que los individuos sean conscientes de ello.

¿Qué información configura nuestra visión del mundo y quién decide qué soluciones se adoptan y cuáles no?

Si estás genuinamente satisfecho contigo mismo y con el mundo tal como es, este texto no te exige nada. Pero para quienes sienten que algo no cuadra —que la vida podría ser más humana, más consciente, más verdadera—, este ensayo es una invitación. No para convencerte, sino para inspirarte a convertirte en el cambio que buscas.

Cómo se forma nuestra cosmovisión

Antes de que los sistemas puedan cambiar, debemos comprender cómo surge la percepción. El cerebro humano filtra grandes cantidades de estímulos. La investigación demuestra que el cuerpo registra millones de unidades de información por segundo a través de los sentidos, mientras que la conciencia solo puede procesar activamente unas pocas docenas. Por lo tanto, más del 99% de la percepción se filtra inconscientemente. El pensamiento consciente representa solo la punta del iceberg; la mayor parte de la percepción y la toma de decisiones ocurren fuera del control deliberado.

Lo que vemos y oímos repetidamente se acepta automáticamente como normal y verdadero. La información que queda fuera de este marco se pierde de vista o resulta incómoda.

Los niños y los adultos internalizan creencias sobre lo que es sensato, ¿Qué autoridades son creíbles? ¿Qué preguntas son aceptables?

Este proceso es sutil y en gran medida inconsciente. Como resultado, los sistemas pueden seguir funcionando incluso cuando sus consecuencias negativas son visibles.

La disonancia cognitiva desempeña un papel crucial: cuando la nueva información entra en conflicto con las creencias existentes, puede causar estrés psicológico, lo que lleva al rechazo reflexivo en lugar de a la evaluación. Esto explica por qué los argumentos fácticos a veces no convencen.

Por qué la incertidumbre nos hace más obedientes

La incertidumbre estructural —relativa a la economía, la guerra, la energía o la salud— reduce la capacidad mental. El pensamiento independiente disminuye y las personas buscan respuestas rápidas y claras. Desde una perspectiva neurobiológica, el cuerpo pasa de un estado regulado de reposo y digestión a un estado crónico de lucha o huida, dominado por el miedo, la reactividad y la obediencia, mientras que la reflexión y la sutileza disminuyen.

Surgen patrones:

Las ideas desviadas se sienten amenazantes,

La autoridad parece necesaria,

La obediencia parece más segura que la duda.

Así, el control crece sin coerción explícita. Las instituciones siguen su propia lógica interna, donde el mantenimiento del poder y la estructura prima cada vez más sobre el bienestar humano.

¿Quién decide lo que vemos?

Los medios compiten por la atención. Por lo tanto, los conflictos y las amenazas reciben más cobertura que los matices o las soluciones. Las noticias negativas e infundidas en el miedo generan, sin duda, más interacción e ingresos publicitarios que la información sobre recuperación, cooperación o soluciones a largo plazo. Guerras, ataques y crisis dominan los titulares, mientras que avances positivos como la restauración ecológica, los descubrimientos arqueológicos o los avances científicos quedan estructuralmente marginados. Predominan las imágenes de conferencias y negociaciones, pero lo que realmente cambia a menudo permanece impreciso. La supervisión ciudadana es prácticamente inexistente.

Quienes dependen de las pantallas para obtener información reciben una visión del mundo moldeada por mecanismos de selección: algunos problemas parecen enormes, otros desaparecen por completo. Esto influye en las emociones, la opinión y las políticas a gran escala. La pregunta, cada vez más importante, es: ¿qué no estamos viendo?

¿Por qué el poder continúa concentrándose?

A medida que la toma de decisiones se lleva a cabo cada vez más en estructuras de consulta cerradas, la influencia se desplaza de la ciudadanía y los parlamentos hacia pequeños grupos de responsables políticos, líderes empresariales y expertos. Algunos ejemplos son: Davos, Bilderberg, las cumbres de la ONU y las estructuras políticas europeas.

Esto no implica necesariamente malas intenciones. Refleja una dinámica sistémica: el poder se concentra, los intereses se refuerzan mutuamente y las voces disidentes se marginan gradualmente. El modelo predominante es jerárquico: se imponen leyes y regulaciones, mientras que las comunidades locales mantienen poco control sobre sus propias regiones, culturas y formas de vida.

Por qué las soluciones no se materializan

Los sistemas a menudo comienzan como soluciones, pero con el tiempo se convierten en fines en sí mismos. La toma de decisiones se desconecta de su propósito original. Históricamente, este patrón no es nuevo: a lo largo de los siglos, las élites han centralizado el poder político, económico y basado en el conocimiento, desde el Imperio Romano hasta las empresas comerciales coloniales. Lo que una vez sirvió para la eficiencia y el crecimiento, se desvinculó repetidamente del bienestar humano y ecológico.

Cumbres climáticas como la COP21 ilustran este mecanismo. Se celebran reuniones, se gastan presupuestos y se reiteran objetivos, pero las medidas concretas siguen siendo limitadas. Mientras tanto, los actores establecidos se benefician, mientras que la contaminación, las emisiones tóxicas y la pérdida de ecosistemas persisten.

La atención se centra principalmente en el cambio climático como un fenómeno abstracto, mientras que el impacto humano directo —contaminación estructural, contaminación del suelo y el agua, explotación industrial— permanece subestimado. Lo que podría formar parte de procesos naturales a largo plazo recibe más atención que lo que se puede demostrar que está bajo el control humano inmediato.

Engaño sistémico y control de la información

En múltiples ámbitos con gran impacto social, como la salud pública, la seguridad, la geopolítica, la justicia y la producción de conocimiento científico, se observan patrones recurrentes en los que la toma de decisiones se centraliza y las perspectivas disidentes se marginan sistemáticamente. Esta dinámica plantea interrogantes fundamentales sobre la concentración de poder, la transparencia y si el interés público realmente guía las políticas.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron un punto de inflexión crucial. La narrativa oficial justificó medidas geopolíticas, legales y militares de gran alcance. Al mismo tiempo, persisten interrogantes sobre las limitaciones de la investigación y la exclusión de datos contradictorios, y las críticas a menudo se desacreditan social o políticamente en lugar de abordarse de forma sustancial.

En esta realidad posterior al 11-S, Israel —en su manifestación política y militar sionista, explícitamente diferenciada del judaísmo como religión o cultura— ocupa una posición excepcional. Las violaciones estructurales del derecho internacional humanitario, documentadas en informes de la ONU, y el apoyo casi incondicional de Occidente rara vez se cuestionan de raíz. Durante el conflicto entre Israel y Hamás de 2023, surgieron declaraciones internas israelíes e investigaciones periodísticas sobre el uso de doctrinas extremas, incluidas las llamadas «órdenes de Aníbal», lo que dejó ambigua la responsabilidad y la proporcionalidad ante la ausencia de una investigación forense totalmente independiente.

Durante la crisis de la COVID-19, surgieron patrones comparables en la gobernanza mundial de la salud pública. Se implementó una estrategia de vacunación prácticamente uniforme a nivel mundial, a pesar de las significativas diferencias de riesgo entre los grupos de población. Se dio un espacio limitado a las voces críticas, mientras que cuantiosos fondos públicos se destinaron a un grupo muy reducido de empresas farmacéuticas. Gradualmente, se ha reconocido que ciertas intervenciones carecían de transparencia y conllevaban riesgos tangibles.

Incluso ámbitos que durante mucho tiempo se han considerado marginales, como la ufología, exhiben dinámicas similares. Décadas de clasificación y marginación contrastan con los testimonios recientes de pilotos militares y audiencias parlamentarias. La pregunta ya no es si estamos solos, sino cuándo se vuelve posible el contacto consciente colectivo.

En este contexto más amplio también se incluyen testimonios sobre redes organizadas de abuso sexual y ritual. A nivel mundial, se estima que entre 1,2 y 1,7 millones de niños son víctimas de trata cada año, y una proporción significativa nunca es identificada ni recuperada oficialmente. Casos como los de Dutroux y Epstein revelan patrones recurrentes de obstrucción, falta de pruebas y omisión de procesamiento, lo que indica vulnerabilidades estructurales en los sistemas judiciales y políticos.

En conjunto, estos casos no constituyen anomalías aisladas, sino una dinámica sistémica recurrente. La pregunta central sigue siendo: ¿Nuestros sistemas están diseñados para controlar el poder o para protegerlo?

El trauma colectivo y la pérdida de la autodeterminación

Las guerras, los trastornos masivos y la inseguridad económica dejan huellas que se extienden a lo largo de generaciones. La investigación psicológica y epigenética demuestra que el trauma puede transmitirse no solo culturalmente, sino también biológicamente. Además, la investigación de la consciencia y la terapia de regresión exploran cómo las experiencias que se extienden más allá de una sola vida pueden persistir, ofreciendo una perspectiva más amplia, basada en el alma, sobre los miedos y patrones recurrentes.

Esto ayuda a explicar por qué la crítica del sistema a menudo provoca resistencia emocional incluso cuando los argumentos son válidos. El miedo constriñe la imaginación.

Desde una perspectiva basada en el alma, surge una pregunta más profunda: ¿somos realmente una experiencia única y temporal, o más bien un campo continuo de conciencia —una energía del alma— actualmente encarnada en un cuerpo humano? Permitir esta posibilidad replantea el trauma no como un fracaso personal, sino como una experiencia dentro de un proceso de aprendizaje más amplio que trasciende una sola vida.

El papel de la conciencia en el cambio

Las investigaciones sobre la consciencia, la coherencia cardiocerebral y el cambio impulsado por la intención demuestran efectos mensurables en la fisiología y el comportamiento. Instituciones como IONS y estudios sobre meditación y respiración demuestran que la regulación interna produce un impacto externo. Pioneros como Joe Dispenza integran estos hallazgos con la epigenética y la neurociencia; publicaciones recientes revisadas por pares sugieren que el entrenamiento mental dirigido puede influir en la expresión genética.

Los conocimientos de la física cuántica sugieren que la observación y la expectativa no son procesos pasivos. La realidad no se configura viendo primero y creyendo después; más bien, la creencia suele preceder a la percepción. Muchas personas viven según la premisa inversa: esperar pruebas externas antes de permitir la convicción interna. De este modo, el cambio depende de las circunstancias en lugar de surgir de una creencia elegida conscientemente.

Cuando la creencia, la atención y la intención dan forma al comportamiento, la manifestación no se convierte en misticismo sino en psicología, neurobiología y dinámica social.

Los algoritmos como influenciadores invisibles

La IA y los algoritmos determinan cada vez más qué información se hace visible. Estos sistemas heredan los sesgos de diseñadores, financiadores y comisionados: quienes pagan definen las prioridades. Por lo tanto, la democracia cambia no de forma abrupta, sino gradual: el control se vuelve técnico en lugar de político.

Junto con los antiguos surgen nuevos sistemas

El cambio rara vez se produce a través de las estructuras de poder existentes. Los sistemas que se autosostienen son, por definición, lentos para facilitar una renovación fundamental. Por lo tanto, la verdadera transición no surge de la confrontación, sino del surgimiento de alternativas viables junto con las antiguas.

Estas alternativas ya son visibles. En todo el mundo, se experimenta con la agricultura regenerativa, los bosques de alimentos, las cooperativas locales, los proyectos comunitarios y las formas de vida y trabajo menos dependientes de los sistemas centralizados. Estas iniciativas comparten un principio fundamental: restaurar la relación entre los seres humanos, la naturaleza y...comunidad.

En la práctica, esto significa trabajar con la regeneración del suelo en lugar de la extracción; organizar la alimentación, el cuidado o la educación localmente; y crear formas de vida donde el tiempo, la atención y la ecología vuelvan a ser los protagonistas. No como un modelo a escalar, sino como una respuesta a lo que las personas experimentan en su entorno inmediato.

Al mismo tiempo, estas mismas soluciones suelen verse obstaculizadas por las regulaciones existentes. La vida autosuficiente, la construcción ecológica o la agricultura a pequeña escala a menudo chocan con marcos legales diseñados para modelos industriales a gran escala. Esta tensión revela dónde el viejo sistema intenta protegerse y dónde el nuevo ya se está convirtiendo en realidad.

Lo importante es que este movimiento no se basa solo en la protesta, sino en la encarnación. Lo que recibe atención, crece. Quienes dirigen su energía exclusivamente a lo que está mal permanecen psicológicamente conectados con el problema. Quienes, en cambio, invierten en lo que funciona, por pequeño que sea, amplían el abanico de posibilidades.

Esto puede comenzar con decisiones aparentemente sencillas: interactuar de forma diferente con la información, consumir de forma más consciente, invertir tiempo en redes locales o revalorizar el silencio y la naturaleza. Estos cambios no son meras decisiones privadas; influyen en cómo los sistemas se adaptan al comportamiento humano.

Los nuevos sistemas no necesitan ser perfectos. Solo necesitan ser habitables, humanos y replicables. Su fortaleza no reside en la escala, sino en la resonancia.

Del consumidor al participante

El verdadero cambio surge cuando las personas dejan de consumir narrativas pasivamente y comienzan a investigar activamente. Los medios de comunicación tradicionales no ofrecen una ventana neutral, sino una selección. Quienes se toman la verdad en serio comparan fuentes, toleran la incertidumbre y vuelven a confiar en su propia percepción.

La naturaleza desempeña un papel fundamental en este proceso: quienes recuerdan que la humanidad y el planeta forman un solo sistema recuperan claridad y responsabilidad. Le Rêve de Gaia, como fundación y Academia, se integra en este movimiento más amplio, no como una fuerza contraria, sino como un ejemplo vivo de que los sistemas cambian cuando cambia la conciencia.

En los sistemas naturales, la resiliencia no surge del control, sino de la diversidad, la cooperación y el tiempo. Estos mismos principios también resultan eficaces a nivel humano y social, no como teoría, sino como experiencia vivida. Quienes realmente sienten esto asumen la responsabilidad de forma natural.

Las decisiones conscientes en materia de información, consumo y colaboración no son lujos individuales, sino una palanca colectiva. Si este texto invita a la indagación independiente, a la conexión con la naturaleza y a la responsabilidad encarnada, ha cumplido su propósito. El resto no surge de la persuasión ni de la creencia, sino de la experiencia.

Antoine Prins

https://prepareforchange.net/2026/01/01/working-toward-a-sustainable-society-begins-with-yourself/



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