LOS MERCADERES DEL MIEDO
Vivimos en un mundo que parece haberse vuelto loco. Como si un gigantesco espejo distorsionador se hubiera erigido entre los seres humanos y la realidad, invirtiendo valores, tergiversando lo evidente y premiando las conductas más depredadoras.
En esta vasta comedia del absurdo, un puñado de
depredadores ha logrado la hazaña histórica de convencer a miles de millones de
personas de que la servidumbre es una condición normal, que la precariedad es
inevitable y que la obediencia es una virtud.
Durante generaciones, estos autoproclamados amos han prosperado gracias a un mecanismo tan simple como efectivo: el miedo. Un miedo que se alimenta, se refina y se transmite como una herencia. Un miedo que se ha convertido en una infraestructura invisible sobre la que se sustenta todo el orden social.
A su alrededor gira una corte de guardianes de la narrativa,
sacerdotes seculares, gestores de símbolos y creadores de ilusiones. Uniformes
impecables, ceremonias solemnes, tradiciones meticulosamente conservadas: todo
conspira para crear la impresión de que quienes habitan los palacios están
destinados a ser admirados. El espectáculo es tan antiguo que termina
pareciendo natural. Sin embargo, tras la fachada dorada, a menudo solo subsiste
un principio básico: la acumulación de poder por parte de quienes ya lo poseen.
La ilusión se nutre de la sangre y la agitación de la
historia. Asesinatos, ataques, revoluciones fallidas, golpes de estado y
guerras sirven entonces de combustible para una gigantesca maquinaria
narrativa. Cada crisis se convierte en una oportunidad para reforzar la
creencia de que las mismas élites son indispensables para la estabilidad del
mundo que, en realidad, están contribuyendo a desestabilizar.
En esta visión distorsionada de la realidad, ideólogos,
expertos, propagandistas y guardianes de la ortodoxia actúan como magos
modernos. Su función no es tanto explicar su realidad fabricada como envolverla
en una niebla tan espesa que impide discernir sus verdaderos mecanismos.
Dividen, categorizan, enfrentan entre sí y canalizan la ira con precisión
quirúrgica.
Su hazaña más notable es transformar al depredador en
filántropo y el saqueo en un deber civilizador. La historia está repleta de
ejemplos donde quienes amasaron fortunas colosales mediante la explotación, la
rapacidad o sistemas profundamente desiguales fueron posteriormente aclamados
como benefactores de la humanidad. Las compañías coloniales que despojaron a
continentes enteros de sus recursos fueron presentadas como agentes de progreso.
Los industriales del siglo XIX, que construyeron sus imperios sobre el arduo
trabajo de obreros y niños, son ahora honrados por sus fundaciones benéficas y
bibliotecas. Los imperios financieros que provocan devastadoras crisis
económicas son rescatados con fondos públicos en nombre de la estabilidad,
mientras que se insta a los ciudadanos que pagan la factura a actuar con
responsabilidad.
Cuando la Compañía Británica de las Indias Orientales saqueó los recursos de vastos territorios en Asia, se presentó como un motor de comercio y civilización. Cuando Cecil Rhodes extendió su influencia en África para construir un imperio colonial, fue aclamado como un visionario. Cuando ciertos magnates de la Revolución Industrial, como los barones ladrones del Nuevo Orden Mundial, amasaron enormes fortunas en condiciones sociales a menudo brutales, pasaron a la historia como mecenas ilustrados.
Más recientemente, los líderes de las principales instituciones
financieras responsables de la crisis de 2008 nunca sufrieron consecuencias
comparables a las que afrontaron los millones de personas que perdieron sus
empleos o sus hogares como resultado de sus decisiones.
La regla parece inmutable: el ladrón de poca monta es señalado, mientras que el gran depredador recibe una medalla. Quien roba una caja registradora es un criminal; quien se apropia de una industria, un país o una generación entera se convierte en un magnate, un estratega o un estadista. Cuanto mayor es la magnitud del saqueo, más se disfraza con un lenguaje de legitimidad.
El pillaje organizado perpetrado por esta casta de parásitos
simplemente cambia de vestimenta; ayer iba armado con una espada, hoy viste un
traje a medida, rodeado de abogados, asesores de imagen y ceremonias oficiales.
Así, su obra maestra consiste en transformar al depredador en benefactor y al
saqueo en una institución respetable.
Mientras la atención se centra en enemigos cuidadosamente
designados, los verdaderos centros de poder permanecen en la sombra. Las masas
discuten, se insultan y se enfrentan por causas sucesivas, a menudo efímeras. Se
agotan en guerras culturales perpetuas mientras la riqueza sigue ascendiendo a
las mismas cotas.
Si queremos superar el mito del "Estado profundo", no necesitamos invocar una organización secreta que opere en la sombra. En un análisis crítico del poder contemporáneo, lo que algunos denominan con este término no es tanto una conspiración invisible como un conjunto de redes de influencia perfectamente identificables, compuestas por grandes fortunas heredadas, grupos industriales estratégicos, multinacionales energéticas, instituciones financieras, consultoras, gigantes tecnológicos y actores capaces de ejercer una influencia desproporcionada sobre las decisiones públicas.
Su
verdadera fuerza no reside en el secreto absoluto, sino en su visibilidad
cotidiana. Forman parte de consejos de administración, financian centros de
estudios, participan en importantes foros económicos, se reúnen con líderes
políticos y dan forma a una parte de la agenda pública sin necesidad de
ocultarse.
Los principales fabricantes de armas, las petroleras multinacionales y los imperios financieros no necesariamente constituyen un bloque homogéneo que persigue una única agenda; sin embargo, comparten un interés común en preservar un orden económico del que son los principales beneficiarios.
A esto se suman los nuevos centros de poder surgidos de la revolución digital. Empresas como Google, Meta, Amazon, Apple y Microsoft ejercen ahora una influencia sobre la información, la comunicación, el consumo e incluso el debate público que ninguna empresa privada podría haber imaginado hace apenas unas décadas.
Sus líderes son conocidos, entrevistados, aclamados
por los medios de comunicación e invitados a las conferencias internacionales
más prestigiosas. La paradoja reside aquí, ya que el poder más estructurador de
nuestra sociedad no siempre está oculto; de hecho, a menudo se manifiesta
abiertamente, pero siempre bajo la apariencia tranquilizadora de innovación,
éxito empresarial o progreso tecnológico.
Desde esta perspectiva, la cuestión fundamental no es si una mano invisible dirige el mundo en secreto, sino más bien cómo ciertas concentraciones extraordinarias de riqueza, propiedad, datos, poder de influencia y acceso a quienes toman las decisiones pueden moldear las prioridades colectivas.
El poder contemporáneo no necesariamente se oculta, ya
que aparece con frecuencia en las portadas de revistas de negocios, en los
podios de cumbres internacionales y en las clasificaciones de las personas más
ricas del mundo. Es precisamente esta normalización de la influencia lo que a
veces dificulta cuestionarla.
Así, aunque la cuestión del agotamiento de los recursos y
los «límites al crecimiento» no es nueva, a menudo ha servido como un espejo
distorsionador que refleja tanto preocupaciones legítimas como estrategias de
influencia mucho más opacas. En Estados Unidos, en particular, la idea del
inminente agotamiento del petróleo resurgió varias veces durante el siglo XX,
solo para ser contradicha o refutada regularmente por los avances en las
técnicas de extracción y el descubrimiento de nuevos yacimientos. Sin embargo,
esta narrativa de escasez nunca ha sido neutral, ya que ha alimentado una
crítica constructiva de la obsesión por el productivismo, al tiempo que ha
proporcionado un lenguaje conveniente para que ciertos actores económicos
legitimen sus propios intereses.
Así, en la década de 1970, durante las crisis del petróleo,
varias grandes empresas del sector fueron sospechosas de una conducta
coordinada destinada a restringir la oferta e inflar artificialmente los
precios, en un contexto ya tenso por las decisiones de la OPEP y la
inestabilidad geopolítica. Al mismo tiempo, la labor del Club de Roma y su
informe fundamental, *Los límites del crecimiento*, contribuyeron a popularizar
la idea de un límite físico inminente para la capacidad de desarrollo de la
humanidad. Sin poner en duda la relevancia de las advertencias ambientales a
largo plazo, estos escenarios se han utilizado en ocasiones en el discurso
político y económico de forma muy distinta a su intención original.
Al mismo tiempo, la industria armamentística ha encontrado
en la escasez de recursos y las tensiones que genera un argumento recurrente
para justificar conflictos y la lógica de la seguridad militar del
abastecimiento. La competencia por las materias primas —petróleo, gas,
minerales estratégicos— se convierte entonces en una narrativa estructurante
que sirve tanto para denunciar los excesos de un modelo extractivista como para
legitimar estrategias de poder, intervención o control territorial. Así, la
misma idea —la de los límites— oscila constantemente entre una advertencia
ecológica sincera y un instrumento de justificación política, según quién la
utilice.
El mecanismo es siempre el mismo: crear una figura que
genere repulsión, concentrar toda la atención colectiva en ella y luego dejar
que el público descargue su ira en esa dirección. Así, el foco ilumina al
personaje elegido mientras quienes construyeron la escena permanecen ocultos
tras el telón.
La ira se convierte entonces en materia prima. La
indignación se transforma en mercancía. El conflicto se convierte en una
industria en sí misma. Porque en este sistema, las crisis ya no son solo
catástrofes que resolver, sino oportunidades que explotar, palancas de poder,
fuentes de lucro o legitimidad política.
Los canales de noticias 24 horas saben desde hace tiempo que
una población ansiosa permanece conectada más tiempo que una tranquila. Cada
controversia se analiza durante días, cada incidente menor se convierte en una
tragedia nacional, cada disputa alimenta un ciclo ininterrumpido de debates,
reacciones y contrarreacciones. El miedo capta la atención, y la atención
genera ingresos. En la economía de la información, la ansiedad se ha convertido
en una mercancía.
En las redes sociales, la lógica es aún más brutal. Los
algoritmos de Facebook, X (antes Twitter), TikTok y YouTube suelen favorecer el
contenido que provoca fuertes reacciones emocionales como ira, miedo,
indignación y resentimiento. Cuanto más divisivo es un contenido, más se difunde.
Y cuanto más se difunde, mayor es la interacción que genera. La confrontación
constante se convierte así en el motor del modelo económico. ¡Y la gente libra
una guerra horizontal en lugar de una vertical, dirigida hacia la cima y a quienes
realmente se benefician!
Durante décadas, la historia política ha ofrecido el mismo
espectáculo. Tras cada gran crisis —ya sean los atentados del 11 de septiembre
de 2001, la crisis financiera de 2008, la pandemia de COVID-19 fabricada, la
continua agresión rusa y el desvío de fondos a paraísos fiscales a través de
Ucrania, u otros periodos de inestabilidad— se implementan sistemáticamente
nuevos mecanismos de control, vigilancia o medidas excepcionales en nombre de
la seguridad colectiva. Pero estos sistemas existen únicamente para proteger a
los corruptos y subyugar a los ciudadanos informados. Algunos son justificados
y necesarios, mientras que otros persisten mucho después de que la amenaza
inicial haya desaparecido. Así, cada crisis tiende a fortalecer el papel de las
instituciones encargadas de gestionar sus consecuencias y a confinar a la
población dentro de un sistema tiránico de vigilancia masiva.
La industria armamentística prospera únicamente gracias a
las tensiones geopolíticas que genera. Las empresas de ciberseguridad prosperan
gracias al temor a los ciberataques que ellas mismas provocan. Los consultores
y otros expertos prosperan gracias a las crisis que prometen anticipar. Las
plataformas digitales prosperan gracias a los conflictos que amplifican. Los actores
políticos prosperan gracias a las divisiones que denuncian públicamente,
mientras las alimentan en secreto.
En este clima de tensión constante, los ciudadanos terminan
viviendo en un estado de alerta casi permanente y, por lo tanto, pierden la
racionalidad. Les resulta difícil distinguir la urgencia genuina del
espectáculo de la urgencia. Cada semana trae consigo un nuevo enemigo, una
nueva indignación obligatoria, un nuevo escándalo presentado como existencial.
La atención colectiva se dispersa, la reflexión profunda se vuelve escasa y las
causas estructurales de los problemas desaparecen tras el tumulto de reacciones
inmediatas.
El resultado es paradójico: cuanta más información poseen
las sociedades, mayor es el riesgo de que se vean abrumadas por su ruido.
Cuanto más conectadas están, más fragmentadas pueden llegar a estar. Y cuanto
más viven con miedo constante, más dispuestas están a delegar su libertad,
juicio o responsabilidad en quienes prometen tranquilizarlas. Así, la crisis
deja de ser una excepción y se convierte en un modo de gobierno, un mercado de
atención y un modelo económico.
Con el tiempo, esta lógica genera un extraño malestar
colectivo. Las víctimas admiran a sus opresores. Los explotados sueñan con
parecerse a quienes los explotan. Los símbolos de poder se convierten en
objetos de fascinación popular. Coronas, tronos, dinastías y jerarquías
perduran no solo por su imposición por la fuerza, sino porque ocupan el
imaginario colectivo.
El lenguaje mismo acaba volviéndose contra quienes lo usan.
Las palabras pierden su significado. La guerra se convierte en una operación de
mantenimiento de la paz. La vigilancia se convierte en protección. La censura
se convierte en responsabilidad. La guerra se vuelve moral. La agresión se
convierte en un ataque preventivo. El privilegio se convierte en mérito. Y cada
inversión añade una nueva capa a la niebla.
Mientras la mirada se deleita con la pompa, las ceremonias,
los escándalos cuidadosamente orquestados, las disputas partidistas y el
incesante flujo de entretenimiento, las realidades esenciales se desarrollan
tras bambalinas. Detrás del constante estruendo de las pantallas, se produce
una transformación más profunda: la erosión gradual de la autonomía
intelectual, el discernimiento crítico y la capacidad de los individuos para
interpretar el mundo que los rodea por sí mismos. Es el reinado de la
infantilización.
Sin embargo, nunca antes en la historia las poblaciones
habían tenido acceso a tanta información. Nunca antes habían estado expuestas a
tal aluvión de contenido contradictorio, emotivo e instantáneo. Y, sin embargo,
cada día, millones de personas dedican más tiempo a seguir los altibajos de la
vida de las celebridades, las controversias virales o los enfrentamientos entre
influencers que a comprender los mecanismos económicos, políticos o
tecnológicos que realmente dan forma a sus vidas.
Cuando una boda real o un partido de fútbol entre
millonarios atraen a cientos de millones de espectadores apenas por encima del
umbral de la pobreza, cuando las acciones más insignificantes de las
personalidades mediáticas se convierten en acontecimientos mundiales, cuando se
dedican semanas enteras de programación a las estériles controversias del
momento, todos los problemas fundamentales se desvanecen de la conciencia
colectiva. Y la reestructuración industrial, la concentración del poder
económico, la deuda pública, la transformación del trabajo y la explotación de
datos personales continúan su avance en relativo secreto.
Mientras la atención pública se centra en el último
escándalo viral, unas pocas docenas de conglomerados ejercen una influencia
cada vez mayor sobre la información, el comercio, la comunicación y la
infraestructura digital a nivel global. Empresas como Google, Meta, Amazon,
Apple y Microsoft ocupan ahora un lugar central en el flujo de información, los
intercambios económicos e incluso las interacciones sociales de miles de
millones de personas.
La desposesión ya no se manifiesta necesariamente de forma
brutal, como la censura o la coerción directa. A menudo se produce mediante la
delegación gradual. Delegamos nuestra memoria a los motores de búsqueda,
nuestra orientación al GPS, nuestra atención a los algoritmos de recomendación,
nuestra sociabilidad a las plataformas digitales y nuestras decisiones
culturales a los sistemas de sugerencias automatizadas. Cada delegación parece
inocua. Sin embargo, en conjunto, transforman la relación que los individuos
tienen con su propio juicio.
Aún más preocupante es que el lenguaje mismo se está convirtiendo
en un campo de batalla. Las palabras adquieren usos estratégicos, cambian de
significado según el contexto o se transforman en instrumentos de movilización
emocional. Expresiones como «reforma», «modernización», «seguridad»,
«libertad», «progreso» o «responsabilidad» se utilizan a veces para describir
realidades radicalmente distintas, según los intereses de quienes las emplean.
El debate, entonces, ya no se centra únicamente en los hechos, sino en las
palabras mismas.
Los ciudadanos modernos corren así el riesgo de perder lo
que, en realidad, es su principal medio de resistencia: la capacidad de nombrar
con claridad lo que observan. Cuando ya no tienen las palabras para describir
una situación, cuando ya no pueden distinguir la información del espectáculo,
el análisis de la reacción emocional, o la realidad de la puesta en escena
mediática, se vuelven más dependientes de quienes pretenden interpretar el
mundo por ellos.
La verdadera cuestión, por lo tanto, no reside simplemente
en quién ostenta el poder económico o político, sino en quién define las
categorías a través de las cuales se percibe dicho poder. Porque quien impone
las narrativas, los marcos de interpretación y el lenguaje del debate suele
ejercer una influencia más duradera que quien simplemente posee fuerza o
dinero.
Así, mientras las pantallas brillan, las ceremonias se
suceden unas a otras, los ultrajes se renuevan a un ritmo frenético y el
entretenimiento ocupa cada espacio de atención disponible, una riqueza más
preciada que ninguna otra puede verse amenazada: ¡la soberanía del espíritu
humano mismo!
La mayor victoria de los manipuladores no reside en
controlar la riqueza ni las instituciones, sino en controlar las mentes y
convencer a las personas de su incapacidad para gobernarse a sí mismas.
Consiste en hacerles creer que la desconfianza es natural, que la rivalidad es
inevitable y que los seres humanos son fundamentalmente malvados. Sin embargo,
toda esta estructura se basa en una debilidad fundamental, ya que depende del
apoyo de quienes son víctimas de ella.
El día que las personas dejen de alimentar la máquina con su
miedo, odio e indignación constante, parte de su poder se desvanecerá. El día
que redescubran el significado de las palabras, el gusto por la realidad y la
confianza en su propio juicio, los hechizos perderán su poder.
El verdadero cambio no comienza con una revolución
espectacular. Comienza cuando nos negamos a participar en la farsa. Cuando
dejamos de confundir prestigio con virtud, riqueza con mérito y autoridad con
sabiduría. Porque los sistemas basados en el miedo solo sobreviven mientras
alguien siga aceptando tener miedo.
Phil BROQ.
https://jevousauraisprevenu.blogspot.com/2026/06/les-marchands-de-peur.html

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