9.1.26

No se trata de extinguir el deseo, sino de advertir cuándo es guía y cuándo es ilusión

DISTINGUIR ENTRE REALIDAD Y DESEO              

Desde tiempos antiguos, filósofos y pensadores han debatido sobre la capacidad de la mente para diferenciar lo que es del mundo real de aquello que solo pertenece al terreno del deseo. La pregunta no es trivial, pues toca la raíz de cómo experimentamos la existencia: ¿somos seres que contemplan la realidad con objetividad, o estamos inevitablemente condicionados por nuestras aspiraciones, miedos y sueños?

La naturaleza de la mente

La mente humana no es un espejo pasivo que refleja el mundo tal cual es; es más bien un filtro, un constructor de significados. Percibimos a través de los sentidos, pero lo que llega a nuestra conciencia ya está teñido por interpretaciones, recuerdos y emociones. En este escenario, el deseo actúa como una lente poderosa que modifica cómo entendemos la realidad.

Cuando deseamos intensamente algo —una relación, un logro, un cambio— nuestra percepción se altera. Vemos señales donde quizá no las hay, magnificamos indicios, interpretamos gestos ambiguos como confirmaciones de lo que anhelamos. El deseo nos empuja a crear narrativas que sostengan la esperanza.

El riesgo de la ilusión

Aquí surge la trampa: confundir lo que es con lo que quisiéramos que fuera. La mente, movida por el deseo, puede engañarnos. Un ejemplo claro está en las relaciones humanas: alguien que desea ser amado puede leer afecto donde solo hay cortesía. Del mismo modo, un inversionista cegado por la ambición puede ignorar los riesgos evidentes de una decisión financiera.

El deseo, entonces, puede ser un motor, pero también un velo. Puede empujarnos a actuar con energía, pero también puede aislarnos en castillos de aire. La mente, en su plasticidad, a veces prefiere protegernos con una ilusión antes que enfrentarnos con la crudeza de los hechos.

La función positiva del deseo

No obstante, no podemos demonizar al deseo. Sin él, la mente perdería su capacidad de proyectar futuros posibles. El deseo es el germen de la creatividad, de la esperanza y de la superación. Quien desea un mundo más justo trabaja por transformarlo; quien sueña con una vida mejor genera cambios en su presente.

En este sentido, aunque la mente pueda confundir realidad y deseo, esa confusión también abre las puertas a la invención y a la construcción de nuevas realidades. El deseo puede convertirse en una fuerza que da forma al mundo, siempre que sepamos reconocer sus límites.

El papel de la autoconciencia

La clave para distinguir entre realidad y deseo no está en eliminar este último, sino en desarrollar la capacidad de observarlo. La autoconciencia —ese “darse cuenta” de lo que sentimos y pensamos— nos permite cuestionar nuestras percepciones:
•   ¿Lo que creo que veo está sustentado en hechos o en mi anhelo?
•   ¿Estoy interpretando los datos de manera objetiva o seleccionando solo aquello que confirma lo que deseo?

Ejercicios como la reflexión, la escritura, el diálogo honesto con otros o incluso la práctica meditativa ayudan a entrenar esta capacidad. No se trata de extinguir el deseo, sino de aprender a reconocer cuándo es guía y cuándo es ilusión.

La tensión inevitable

La mente nunca podrá separar completamente realidad y deseo, porque ambos forman parte de nuestra condición humana. Siempre existirá un entrelazamiento: deseamos porque estamos vivos, y nuestra percepción de lo real se ve atravesada por lo que anhelamos. Pretender una mente absolutamente objetiva es una utopía.

Pero podemos aspirar a un equilibrio: vivir con la lucidez suficiente para reconocer la realidad, y con el fuego suficiente para que el deseo nos impulse a crecer. La sabiduría quizá consista en no dejar que el deseo eclipse totalmente lo real, ni que la crudeza de la realidad extinga del todo la llama del deseo.

¿La mente es capaz de distinguir entre realidad y deseo? La respuesta es ambivalente: sí, en la medida en que cultivamos la autoconciencia; no, cuando nos dejamos arrastrar por el anhelo ciego. La mente es un escenario en el que ambos se entrelazan constantemente.

Lo importante no es separarlos de manera absoluta —cosa imposible—, sino aprender a convivir con esa tensión. Saber cuándo estamos soñando y cuándo estamos despiertos. Y, sobre todo, usar el deseo como un puente creativo que nos acerque, poco a poco, a transformar la realidad en algo más digno, más humano, más nuestro.

https://maestroviejo.blog/la-mente-es-capaz-de-distinguir-entre-realidad-y-deseo/  

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