25.3.26

Irán está dando la batalla no solo por su país, sino por el alma del mundo que viene

 EL FUEGO Y LA PALABRA                     

Por qué la guerra de Irán define el futuro civilizatorio

En el año 680, un hombre llamado Hussein cabalgó hacia Karbala sabiendo que iba a morir. Lo acompañaban 72 hombres. Enfrente, un ejército de miles. 

Hoy, sobre el Teherán bombardeado, ese mismo espíritu vuelve a levantarse. Porque la guerra que Estados Unidos e Israel han desatado contra Irán no es solo una guerra por petróleo o por rutas marítimas. Es una guerra por la supervivencia de una forma de estar en el mundo.

Ese Hussein no es un personaje del pasado. Es una presencia viva en la conciencia del Irán contemporáneo. Para los chiitas, Hussein es el Señor de los Mártires, aquel que enseñó que el verdadero triunfo no consiste en sobrevivir sino en testimoniar la verdad hasta las últimas consecuencias.

En Karbala no se libró una batalla militar; se libró una batalla por el significado del liderazgo en la comunidad islámica, una batalla entre la justicia encarnada en un hombre que no aceptaba pactar con la tiranía y la opresión disfrazada de legitimidad califal.

La agresión desatada por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica no es muy distinta de la que enfrentó Hussein en el año 680. Los nombres han cambiado, los misiles reemplazaron a las espadas, los drones sobrevuelan donde antes solo había jinetes. Pero la esencia permanece intacta: un poder arrogante que exige sumisión incondicional y un pueblo que, contra toda lógica estratégica, se niega a doblegarse.

La orfandad del derecho internacional

Nada revela con mayor crudeza la podredumbre del orden internacional contemporáneo que la reciente votación en el Consejo de Seguridad de la ONU. El 11 de marzo, trece de los quince miembros del órgano que supuestamente debería velar por la paz y la seguridad internacionales aprobaron una resolución redactada por Baréin que condena “enérgicamente los flagrantes ataques de la República Islámica de Irán contra los territorios de Baréin, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Jordania”.

El texto exige a Teherán el cese inmediato de sus ataques y condena las acciones iraníes que obstaculizan la navegación en el Estrecho de Ormuz. Pero en sus 135 palabras de condena, no hay una sola mención a los bombardeos estadounidenses e israelíes que, desde el 28 febrero, han masacrado a miles de iraníes, asesinado al líder supremo Alí Jamenei y a varias figuras clave del liderazgo persa.

La hipocresía es tan monumental que ni siquiera intenta disimularse. Trece países votaron como si la guerra hubiera comenzado por generación espontánea, como si Irán hubiera despertado una mañana y decidido, sin provocación alguna, lanzar misiles contra sus vecinos. La resolución construye una realidad paralela donde los agresores son invisibles y los agredidos se convierten mágicamente en victimarios.

Rusia y China, vale la pena señalarlo, se abstuvieron. No ejercieron su derecho a veto, pero al menos tuvieron la decencia de no sumarse a la farsa. El representante chino, Fu Cong, explicó con claridad las razones de Pekín: “Estados Unidos e Israel actuaron sin autorización y, en medio de negociaciones, lanzaron un ataque contra Irán, lo que supone una violación de la Carta de la ONU. Este conflicto no tiene legitimidad ni base jurídica”.

Su homólogo ruso, Vasili Nebenzia, fue aún más cáustico al decir que “quien lea esta resolución creerá que Irán atacó sin motivo, mientras los verdaderos agresores quedan fuera del texto. Y el Consejo de Seguridad lo acaba de respaldar”.

La abstención de Rusia y China en la votación de la ONU no debe leerse como desinterés ni como calculada frialdad. Debe leerse como lo que es: la constatación de que ambos gigantes euroasiáticos están atrapados en sus propias guerras —una en Ucrania, otra en una competencia existencial por la supremacía tecnológica— y no pueden, sin suicidarse estratégicamente, abrir un frente directo con Washington en este momento.

Pero de ahí a concluir que han abandonado a Irán hay un trecho que solo recorren los análisis simplistas. Su apoyo silencioso —en inteligencia, en defensa, en tecnología, en el ámbito nuclear— es tan real como opaco. Y lo más importante: ambos saben que la resistencia iraní es hoy su mejor activo.

El cálculo de Pezeshkian y la naturaleza de la resistencia

En medio de la tormenta, el presidente iraní Pezeshkian ha tenido la lucidez de establecer con precisión quirúrgica las condiciones para un alto al fuego. En contacto con los jefes de gobierno de Rusia y Pakistán, Pezeshkian declaró que “la única forma de terminar la guerra iniciada por la provocación de Israel y Estados Unidos es aceptar los derechos legítimos de Irán, pagar indemnizaciones y una obligación internacional firme para que no vuelvan a agredir”.

Nótese la inteligencia de la fórmula. Pezeshkian no pide una victoria militar (sabiendo la capacidad nuclear del enemigo y las locuras de sus gobernantes). No exige la retirada incondicional de las fuerzas enemigas. Lo que plantea es, en el fondo, una reivindicación del derecho internacional que la ONU acaba de pisotear, el reconocimiento de que Irán tiene derechos legítimos, que la agresión debe ser reparada y que debe haber garantías creíbles de no repetición. Son las tres patas de cualquier arquitectura de paz genuina, exactamente lo que el Consejo de Seguridad negó al redactar una condena unilateral.

Pero el mensaje de Pezeshkian tiene también una dimensión más profunda, al establecer condiciones tan claras, el presidente iraní está diciendo al mundo en otras palabras “nosotros no buscamos la guerra, pero tampoco aceptamos la rendición. Estamos dispuestos a negociar, pero no a someternos” Es la misma actitud que Hussein encarnó en Karbala cuando, ante la exigencia de jurar lealtad a Yazid, respondió: “Nunca me someteré como un esclavo”.

Esa frase resuena hoy con una actualidad estremecedora, porque lo que Estados Unidos e Israel están exigiendo de Irán no es simplemente una concesión táctica o un ajuste en su programa nuclear. Es, como lo expresó sin pudor el teniente general retirado Michael Flynn, un cambio de régimen que permita a Washington “tener una relación positiva con un nuevo régimen iraní, sea cual sea el régimen que surja de las cenizas”, con el objetivo último de debilitar a China. En otras palabras, lo que se demanda es la rendición existencial de Irán, la entrega de su soberanía, la cancelación de su historia.

Y es aquí donde el cálculo de Pezeshkian se encuentra con el espíritu de Hussein. Porque una nación que lleva siglos negociando su identidad entre imperios sabe que hay líneas que no se cruzan. Sabe que aceptar la humillación no es un precio que se paga una vez, sino una condena perpetua. Sabe, como lo expresó con crudeza el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, que “el mapa del país representa todo de lo que cada iraní se enorgullece y por lo que está dispuesto a sacrificar su vida para protegerlo”. 

Por qué Irán no puede ser derrotado

Hay una pregunta que los estrategas militares occidentales no logran responder: ¿cómo es posible que Irán, sometida a décadas de sanciones, asesinatos selectivos, sabotajes sistemáticos y ahora a una guerra abierta que ha decapitado a su liderazgo político y religioso, siga en pie? ¿Cómo puede un país que ha perdido a su Líder Supremo, a varios comandantes de la Guardia Revolucionaria y a cientos de sus científicos e ingenieros, continuar lanzando misiles y drones contra las bases estadounidenses en la región?

La respuesta no está en los arsenales ni en la tecnología militar. Está en algo que los manuales del Pentágono no logran codificar: la densidad histórica de una cultura que ha hecho de la resistencia su seña de identidad. Desde los “diez mil inmortales” de la dinastía aqueménida hasta los combatientes de la Guerra Irán-Irak en los años ochenta, pasando por la epopeya de Karbala, Irán ha construido una relación con la muerte y el martirio que Occidente no puede comprender.

En ese sentido, la afirmación de que Irán “está a punto de caer” revela más sobre las ilusiones de sus agresores que sobre la realidad del conflicto. Los mismos que hoy pronostican el colapso inminente de Teherán son los que hace años vaticinaban que las sanciones doblegarían al régimen, que las protestas internas lo derribarían, que el aislamiento internacional lo asfixiaría. Y sin embargo, Irán sigue ahí, resistiendo, adaptándose, encontrando resquicios en el cerco, construyendo alianzas alternativas con Rusia y China, desarrollando su propia industria de defensa.

La historia de Irán, desde la invasión árabe del siglo VII hasta la guerra impuesta por Irak entre 1980 y 1989, es la historia de un pueblo que ha aprendido a sobrevivir a los imperios. El persa sigue hablándose catorce siglos después de la conquista islámica. La cultura iraní sigue siendo una referencia en el mundo musulmán. El chiismo, con su énfasis en el martirio y la justicia, sigue siendo una fuerza movilizadora. Pretender que todo eso se desvanece con unas cuantas bombas es la clase de arrogancia que ha llevado a Estados Unidos de derrota en derrota, de Vietnam a Afganistán, de Irak a Siria.

El Sur Global ante el espejo

Lo que hace que esta guerra sea diferente, lo que la eleva por encima de la interminable lista de conflictos que asolan Asia Occidental, es su dimensión civilizatoria. No se trata únicamente de quién controla qué franja de territorio o qué oleoducto. Se trata de si el mundo que emerge de la crisis del orden unipolar será un mundo de soberanías respetadas o un mundo donde el más fuerte impone su ley sin contrapesos.

Irán está librando hoy una batalla que no le pertenece exclusivamente. Está librando la batalla del Sur Global contra la arrogancia imperial. Está demostrando que un país mediano sometido al asedio más feroz que se recuerda, puede plantar cara a la hiperpotencia y a su principal aliado regional sin rendirse. Y al hacerlo, está enviando un mensaje a todos los pueblos que aspiran a la soberanía, el imperio no es invencible, la dignidad tiene un precio pero también un premio, y rendirse nunca es la única opción.

Esto no debe leerse, sin embargo, como un juicio apresurado contra Rusia y China. Quienes desde la comodidad del análisis simplista se apresuran a condenar la “ambigüedad” de Moscú y Pekín olvidan un dato elemental, ambos operan en tableros de millones de piezas, con pesos y contrapesos que exceden con creces la ecuación bilateral con Irán.

La ayuda no siempre es visible para que sea efectiva. Rusia, pese a estar librando su propia guerra existencial contra la OTAN en Ucrania, ha mantenido con Teherán una cooperación estratégica silenciosa que atraviesa múltiples dimensiones, inteligencia compartida, defensa aérea, transferencia tecnológica y, sobre todo, un respaldo en el ámbito nuclear y científico que resulta tan crucial como opaco para la mirada occidental.

China, por su parte, juega sus propias cartas en una región donde también tiene intereses vitales —incluyendo sus relaciones con los países del Golfo—, pero eso no ha impedido que en los foros multilaterales sostenga una posición que al menos se abstiene de condenar a Irán, negándole a Washington la legitimidad que busca.

No toda solidaridad se exhibe en titulares, y la geopolítica de las grandes potencias euroasiáticas no se dirime en tuits ni en declaraciones rimbombantes. Lo que para el ojo inexperto parece tibieza, puede ser, en realidad, la forma que adopta el apoyo cuando se mide en siglos y no en ciclos de noticias.

La anticultura de la cancelación

Hay un aspecto de esta guerra que merece una reflexión aparte, su dimensión cultural. No es casual que los bombardeos estadounidenses e israelíes hayan apuntado no solo a instalaciones militares, sino también a sitios de profundo valor simbólico para la identidad iraní. No es casual que el líder supremo fuera asesinado. No es casual que las amenazas de Trump incluyan la posibilidad de modificar las fronteras de Irán, como si el país fuera una parcela en una transacción inmobiliaria.

Lo que está en juego es, en el fondo, la supervivencia de una experiencia civilizatoria que se niega a disolverse en el crisol homogeneizador de la globalización anglosajona. Irán representa, para bien y para mal, la posibilidad de una modernidad no occidental, de un desarrollo tecnológico y científico que no implique la renuncia a las propias raíces culturales y religiosas. Esa posibilidad es una herejía para la ideología dominante, que solo concibe un camino hacia el futuro, el que pasa por Washington, Londres y Tel Aviv.

La “anticultura de la cancelación” de la que hablábamos no es otra cosa que la pretensión de borrar toda experiencia histórica que no se ajuste al molde. Del mismo modo que se derriban estatuas incómodas en nombre de una pureza ideológica imposible, se bombardea Teherán para quebrar la espina dorsal de una civilización que lleva siglos resistiendo. Pero lo que los estrategas del Pentágono no terminan de entender es que las culturas no se aniquilan con bombas. Se transforman, se adaptan, se repliegan, pero jamás desaparecen.

El futuro civilizatorio

Llegados a este punto, es necesario formular la pregunta con toda su crudeza ¿qué pasaría si Irán cayera? ¿Qué significaría para el Sur Global la derrota de la única potencia regional que se ha atrevido a desafiar abiertamente el orden unipolar?

Las consecuencias serían catastróficas, y no solo para los iraníes. Una derrota de Irán enviaría un mensaje aterrador a todos los pueblos que aspiran a la soberanía: el imperio siempre gana, resistir es inútil, lo único sensato es negociar la rendición en los mejores términos posibles. El eje de la resistencia se desmoronaría, Hezbolá quedaría aislado, Hamas sería aniquilado, los hutíes perderían su principal sostén. Y entonces, con Irán doblegado, Washington podría concentrar todos sus recursos en el verdadero objetivo: China.

Michael Flynn lo dijo sin ruborizarse: “Tenemos que permitir que Israel termine el trabajo. Cuando lo haga —y va a llevar un tiempo—, permitirá que Estados Unidos se centre completamente en China. Debemos centrarnos en el principal adversario del siglo XXI, y ese es China”. La guerra contra Irán no es, desde la perspectiva estratégica estadounidense, un fin en sí mismo. Es un paso necesario para completar el cerco sobre Pekín, para privar a China de un socio energético clave, para demostrar a los aliados asiáticos que la disuasión estadounidense sigue siendo creíble.

Irán no está peleando solo por sí mismo. Está peleando por la posibilidad de un mundo donde quepan muchas voces, muchas historias, muchas formas de entender la vida y la política. Está peleando contra la pretensión de que solo existe un camino, una verdad, una manera de organizar las sociedades. Está peleando, en definitiva, por la diversidad del mundo, por el derecho a ser diferente sin ser aplastado.

Porque hay una verdad incómoda que los análisis geopolíticos convencionales se niegan a reconocer; si Irán cae, el camino queda despejado para el siguiente acto. Washington no se detendrá en Teherán. Con Irán doblegado, el cerco sobre Rusia y China se endurecería hasta la asfixia.

Moscú en medio de su conflicto en Ucrania, vería multiplicarse sus frentes sin un aliado estratégico en el Cáucaso y Asia Central. Pekín, privada de un socio energético clave y testigo de cómo la disuasión estadounidense se vuelve creíble, enfrentaría un escenario donde sus opciones se reducen dramáticamente entre negociar en desventaja desde una posición de debilidad, resistir un bloqueo cada vez más asfixiante mientras sus márgenes se achican, o arriesgarse a una confrontación directa que podría escalar a niveles que nadie quiere nombrar.

Ese es el verdadero significado de lo que está en juego en Irán, en lo que sostenemos que no es una guerra remota entre un país persa y una coalición occidental. Es la trinchera donde se decide si la humanidad entra en una espiral de destrucción incontenible o si, por el contrario, se abre una brecha, una ventana de tiempo, un respiro en la ofensiva imperial.

Por paradójico que suene, la resistencia iraní es hoy lo que impide que el conflicto se desplace hacia un terreno donde las potencias nucleares quedarían frente a frente sin margen de maniobra. Cada misil que Irán lanza, cada día que resiste, cada instalación destruida que obliga a Estados Unidos a desgastar su arsenal, es un día que Rusia y China ganan para reorganizarse, para fortalecer sus propias defensas, para construir alternativas.

La guerra en Irán no es, desde esta perspectiva, una catástrofe evitable. Es el precio que se paga por contener una catástrofe mayor. Y en esa trinchera, los iraníes no están peleando solo por su patria. Están peleando por la posibilidad de que el mundo multipolar —ese que tanto invocamos en nuestros análisis— no sea una quimera, sino un horizonte alcanzable. Están peleando para que exista un después.

La lección de Karbala

Cuenta la tradición chií que, antes de partir hacia Karbala, Hussein pronunció un discurso ante sus seguidores. Les dijo que quienes quisieran quedarse, lo hicieran; que no esperaba que nadie lo acompañara contra su voluntad. Y luego añadió una frase que los siglos han inmortalizado: “La muerte es inevitable, y la vida después de la muerte es eterna. Quien se una a nosotros en esta jornada, compartirá nuestra recompensa. Quien se quede, no será reprobado”.

Hussein sabía que iba a morir. Sabía que su ejército era insignificante comparado con el de Yazid. Sabía que, militarmente, la batalla estaba perdida de antemano. Pero también sabía que hay victorias que no se miden en términos de bajas o territorios. La victoria de Hussein fue plantar una semilla de dignidad que ha germinado durante catorce siglos. La victoria de Hussein fue demostrar que la verdad no necesita ganar para ser verdad.

Hoy, en las calles de Teherán, en las mezquitas de Qom, en los hospitales improvisados de Isfahan, hay miles de iraníes que, sin saberlo quizás, están encarnando esa misma lógica. Saben que los misiles siguen cayendo. Saben que sus líderes han caído. Saben que el mundo mira hacia otro lado. Pero también saben que rendirse no es una opción, no porque haya una garantía de victoria, sino porque hay cosas más importantes que la victoria.

La pregunta que queda flotando sobre el polvo de Karbala, sobre las ruinas que los bombardeos han dejado en Teherán, sobre la conciencia del Sur Global es si el mundo estará a la altura de ese ejemplo. Si, llegado el momento, habrá quienes recojan el testigo de Irán y digan, como él dijo: “No me someteré como un esclavo”. Si el futuro civilizatorio de la humanidad, del que tanto hablamos en nuestros análisis geopolíticos, será un futuro de dignidad compartida o simplemente una versión actualizada de la misma dominación de siempre.

Irán está dando esa batalla ahora. El resultado definirá no solo el mapa de Asia Occidental, sino el alma del mundo que viene.

Tadeo Casteglione

Editor general de PIA Global – Experto en Relaciones Internacionales y Análisis de Conflictos, Diplomado en Historia y Geografía de Rusia por la Universidad Estatal de Tomsk.

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