DIOSES DE IMPORTACIÓN
Mira, si eres cristiano, deberías saber que estás adorando al dios de los
hebreos: el dios bíblico. Un dios tribal que pertenece a cierto grupo étnico
del antiguo Medio Oriente. Porque el cristianismo, si no lo sabías, adoptó el
mismo dios que durante siglos venía adorando el judaísmo: el dios de Israel,
identificado como Yahvé. Jesús mismo era judío y practicaba el judaísmo, no el
cristianismo, que todavía no existía. Él mismo se diferenciaba claramente de
“los gentiles”, es decir, de los no judíos y los discriminaba, siendo también
reconocido por miembros de otras comunidades como judío.
Y desde sus orígenes, ese dios judaico (que también adoraba Jesús) fue asociado
a un pueblo específico del antiguo Levante. Por eso los textos más antiguos de
la Biblia hebrea representan a Yahvé como el dios nacional, guerrero y
protector de Israel, el pueblo que lo creó.
Por otra parte, si eres musulmán, estás adorando al dios
concebido por Mahoma, un líder político árabe del siglo VII, miembro de los
Quraysh en La Meca, actual Arabia Saudita. Originalmente el término
"Alá" comenzó a usarse en la Península Arábiga para referirse a un
supuesto dios supremo dentro del sistema politeísta que allí existía. Luego
vino Mahoma, y en un contexto donde coexistían politeísmo árabe, judaísmo y
cristianismo, articuló un monoteísmo radical bajo una doctrina que llamó islam,
que significa “sumisión” (a Alá), y que sirvió como herramienta de unificación
política de las tribus árabes. Ya unificadas, el islam adoptó después una
visión expansionista, describiendo el Corán a Mahoma como una
"misericordia para todos los mundos".
Y si eres budista, estás creyendo en una doctrina concebida por el guía
espiritual de un grupo étnico llamado Sakya en el actual Nepal, quien vivió
aproximadamente en el siglo V antes de nuestra era. Se llamaba Siddhartha
Gautama, pero llegó a conocerse como Buda, que quiere decir “iluminado”. Se
trata de una doctrina que no era originalmente teísta, puesto que no requiere
la creencia en un dios creador para alcanzar la iluminación (nirvana). Aunque
tampoco está exenta de pensamiento mágico-religioso, porque incluye
cosmologías, reencarnación y entidades celestiales en muchas de sus formas
históricas. Buda predicó en el valle del Ganges, pero sus enseñanzas sobre el
cese del sufrimiento (las Cuatro Nobles Verdades) se plantearon como conceptos
universales para la condición humana.
Así que, como ves, estas tres grandes religiones son originalmente de tres
lugares específicos del continente asiático: Israel, Arabia Saudita y Nepal. Y
la intención de sus creadores, habría sido inicialmente divulgar esas doctrinas
en esos lugares. Entonces te pregunto: ¿De dónde eres tú? Si eres de un país
europeo, americano, africano o de Oceanía. ¿qué haces adorando dioses asiáticos
y creyendo en sus doctrinas? Incluso si eres de otro país asiático como China,
Japón, Tailandia, Myanmar, Camboya, ¿qué haces siguiendo una religión de Nepal?
O si eres de otro país asiático como Indonesia, Malasia, Brunéi, Irán o
Turquía, ¿qué haces practicando una religión árabe? ¿Ya te diste cuenta de que
estás adorando dioses ajenos?
Y es que las religiones nacen en coordenadas geográficas muy concretas. Tienen
clima, paisaje, lengua materna, y hasta acento cultural propios. Sin embargo,
hoy miles de millones de personas adoran dioses surgidos a miles de kilómetros
de su tierra natal, y que no tienen absolutamente nada que ver con su cultura
original… sin que eso les genere la más mínima sospecha.
En efecto, la religión es un fenómeno geográfico. La historia nos muestra que
cada pueblo de la Tierra desarrolló su propio sistema religioso: en la
Mesoamérica prehispánica, las civilizaciones crearon religiones profundamente
vinculadas al maíz, al calendario solar y a la guerra ritual. Y sus dioses
hablaban náhuatl o maya, no hebreo ni árabe, y mucho menos māgadhī, el dialecto
indoario que probablemente hablaba Buda. Mientras que en la Europa nórdica los
dioses escandinavos eran guerreros, tormentosos, asociados al frío, a la
batalla, y al destino inevitable. Nada que ver con el desierto de Judea o
Arabia, ni las montañas del Himalaya, y nada que ver con teologías sobre pecado
y supuestas salvaciones.
Ocurre sin embargo que algunas religiones rompieron el molde tribal y cruzaron
fronteras, porque en algún momento decidieron que su mensaje no era local, sino
universal. Y esto pasó con el budismo, el cristianismo y el islam… Pero, ¿cómo
conquistaron nuevos pueblos? Obviamente la expansión no fue mágica ni
espontánea: el cristianismo creció decisivamente al ser adoptado por el Imperio
Romano, mientras que el islam se expandió junto con las conquistas árabes, y el
budismo viajó por rutas comerciales bajo patronazgo imperial.
Sin embargo, además, algunas promesas psicológicas universales contribuyeron a
esta expansión. Conceptos como una salvación individual, una vida eterna, una
justicia cósmica o una identidad supranacional, resultaron atractivos en
sociedades complejas y multiculturales.
Y ocurrió entonces algo muy interesante: al llegar a Europa, el cristianismo
absorbió festividades paganas y símbolos locales; así como el islam, al
expandirse hacia Persia y Turquía, se impregnó de tradiciones culturales
previas, y el budismo, al llegar a China, se fusionó con corrientes filosóficas
autóctonas. Pero ninguna de estas religiones destruyó totalmente lo anterior; lo
reconfiguró. Es decir: el dios importado aprendió el idioma local.
Como resultado, se produjo un fenómeno llamativo y a la vez irónico: un europeo
moderno reza ahora a un dios perteneciente al antiguo Levante, mientras que un
latinoamericano celebra festividades nacidas en el Mediterráneo oriental, y un
iraní de ricas raíces persas es ahora musulmán fundamentalista, y se somete
totalmente a una tradición surgida en Arabia. Después de que la cultura persa
fue pilar de la civilización: su legado incluye el zoroastrismo, una de las
religiones monoteístas más antiguas (fundada hace más de 3.000 años), que
influyó en conceptos como “cielo”, “infierno” y “juicio final” en el judaísmo,
cristianismo e islam. Sin embargo, terminó sucumbiendo ante el islam.
¿Y por qué nadie siente que adora a un dios
extranjero? Porque la religión, una vez implantada, se convierte en
identidad. Así, un mexicano cristiano no siente que adora al dios de un antiguo
pueblo semita; siente que éste forma parte de su tradición familiar. Y un turco
musulmán no percibe el islam como algo ajeno, sino que lo vive como parte de su
historia nacional. Todo por una transmisión que comienza en la infancia, antes
de que exista el análisis crítico, porque cuando algo se aprende como verdad
desde los primeros años, deja de percibirse como importación cultural.
O sea, desde la antropología cultural, el fenómeno es claro: las religiones
nacen en contextos geográficos concretos, pero aquellas que se consideran
“universales” terminan imponiéndose gracias al poder político, a la
adaptabilidad de las personas y de las mismas religiones, y al atractivo
psicológico. Sin embargo, eso que hoy parece universal, fue en su origen
profundamente local.
Al final lo extraño no es que cada pueblo haya creado sus propios dioses, lo
verdaderamente curioso es que hoy medio planeta rece mirando hacia otro lado;
hacia un lejano país que no tiene nada que ver con su cultura original.
Godless Freeman
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