20.12.11

Estamos comenzando la primera etapa que consiste en despertar; despertar de un sueño de siglos


¡DEFENDÁMONOS DE LOS DIOSES!
Salvador Freixedo


"Seréis como dioses"
Esta famosa frase bíblica, que siempre nos fue presentada como una mentira con la que Satanás intentó engañarnos a los humanos y apartarnos de los mandamientos y de la obediencia a Dios, a la luz de esta nueva manera de ver las cosas, resulta una gran verdad y una pauta a seguir, si la humanidad quiere superar el calamitoso estado en que se encuentra actualmente.
La clásica teología cristiana nos dice que Luzbel se rebeló contra Yahvé y fue derrotado; y nos dice también que, llenó de rabia contra su vencedor, le sugirió a la primera pareja humana — precisamente mediante esta frase— que no le hiciese caso a la orden de Dios de no comer la fruta del «árbol del bien y del mal». El razonamiento de Luzbel a nuestros primeros padres fue: «Os prohibe comer de esta fruta, porque la realidad es que si la coméis llegaréis a ser como él».
Esta frase fue la valiosísima confidencia que, en un momento de rabia, uno de estos falsos dioses (Luzbel) nos hizo, para vengarse de otro falso dios (Yahvé) que acababa de vencerlo tras una fiera batalla por el predomino de la raza humana. Esta frase, lejos de ser una mentira, fue el acto malhumorado de un derrotado que, en venganza por la guerra que acababa de perder, nos decía un gran secreto.
La verdad profunda de la famosa frase bíblica, podría ser interpretada así: «No le hagáis caso a los mandamientos que os dé; porque si le hacéis caso, vais a ser sus esclavos por los siglos de los siglos, ya que sus mandamientos están muy bien pensados para que no podáis progresar ni llegar, mediante una evolución natural, a ser unos seres superiores, como lo es él».
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Los cálculos de Yahvé, al igual que los cálculos de los demás dioses que a lo largo de los milenios han ido prohijando y dándoles mandamientos a los demás pueblos del mundo, han sido perfectos, tal como lo demuestra la espantosa historia humana, llena de sangre y de peleas entre todos los seres humanos. Y como ya hemos visto, una de las causas directas más importantes para esas peleas y esa sangre, son los mandamientos religiosos de cada uno de esos pueblos. Los que los tienen diferentes, pelean entre sí «para destruir a los infieles y paganos» y los que los tienen iguales, también pelean entre sí «para destruir a los herejes». Y cuando no bastan los motivos religiosos, entran en juego todas las otras estrategias que hemos descrito ampliamente en capítulos pasados.
La triste verdad es que los nombres, en vez de haber evolucionado en una línea auténticamente humana, (en la que poco a poco hubiésemos ido perfeccionando nuestra propia naturaleza y nuestras capacidades corporales y espirituales) nos hemos pasado los siglos al servicio de nuestros respectivos dioses, gastando en su honor lo mejor de nuestras riquezas y de nuestras energías físicas y empleando en su adoración y en el cumplimiento de sus deseos lo mejor de nuestras capacidades intelectuales y espirituales. Pero seguimos tan belicosos, tan separados por nuestras ideas religiosas tan patrioteros, y tan impotentes ante el hambre, las enfermedades y el dolor como lo éramos hace siglos.
Por eso ha llegado la hora de que despertemos. Yo comprendo que las ideas que estoy propugnando, y este mismo despertar al que incito no sólo al lector sino a todos los hombres pensantes y a toda la sociedad, es algo dificilísimo de ser admitido sin más ni más, ya que va contra toda una manera de pensar que está implantada profundamente en nuestro ser. Cada uno está aferrado a sus creencias, a sus tradiciones, a su cultura, a su raza, a su patria, a su lengua, sin caer en la cuenta de que todas estas cosas «importantísimas» son las que tienen a la humanidad dividida y son las que no la dejan ser feliz. Nadie está dispuesto a prescindir de ellas, porque ello, en las mentes de la mayoría, constituiría una traición «a principios éticos fundamentales». Este es el engaño maestro en que nos han hecho caer los dioses: hacernos creer que lo que nos destruye, es «sagrado» e intocable. Y por eso no hay muchas esperanzas de que todas estas ideas vayan a tener una fácil acogida en las mentes de la mayoría de la humanidad en breve tiempo.
Pensemos, si no, en la situación actual del Líbano; Irak e Irán se destrozan mutuamente con una santa ferocidad inspirada por Alá, aproximándose ya a la espantosa cifra de quinientos mil muertos. El primero, por vengar viejas ofensas patrias de los iraníes, y éstos, por el honor nacional y por la extensión de una santa revolución islámica. Drusos y cristianos se matan, animados por un heredado rencor religioso. Los palestinos se aniquilan entre sí, para demostrar cuál de los dos bandos tiene un mayor ardor patriótico. Siria y Libia colaboran en la guerra santa contra el gobierno cristiano del Líbano. Norteamericanos y franceses vuelan por los aires a impulso de una dinamita empapada de odio racial y religioso; y en la base de todo este caos, y como origen de todo él, el ciego fanatismo religioso de Israel, que un buen día y contra todo derecho (inspirados por las palabras de Yahvé, ¡pronunciadas hace ya 4.000 años!), despojaron de su patria a los palestinos, convirtiéndolos en un pueblo errante y desesperado. De víctimas de los nazis, los israelíes se han convertido en los nazis del Medio Oriente. ¿Por qué todo este horrendo infierno del Líbano? Por ideas «sagradas» defendidas con furor por fanáticos irracionales, que en vez de usar la cabeza, se dejan llevar por sus sentimientos.
Sin embargo, a pesar de las mil dificultades, hay en la actualidad mejores perspectivas de las que había, por ejemplo, a principios de siglo. Aceleradamente van apareciendo en todas las sociedades y naciones más individuos en los que estas ideas caen como en un campo abonado, y se puede decir que las nuevas generaciones vienen en cierta manera predispuestas para aceptar muchos de estos nuevos enfoques, y para lanzar por la borda buena parte de las sacras tradiciones que heredaron de sus mayores. Y estas nuevas tendencias ya se van haciendo sentir en nuestra moderna sociedad.
Un ejemplo de esto fueron los 40.000 jóvenes norteamericanos que se negaron a ir a pelear a la absurda guerra de Vietnam, refugiándose en el Canadá y enfrentándose así a la estupidez de unos gobernantes imbuidos de unas rancias ideas patrióticas. (El día que los jóvenes de todo el mundo se nieguen a enrolarse en los ejércitos, a los políticos paranoicos y a los generales patriotas les va a ser mucho más difícil organizar esos juegos mortales que hasta ahora han afligido a la humanidad).
Otro ejemplo de esta nueva tendencia, es la creación del Mercado Común Europeo, —hoy amenazado por la miopía patriotera de algunos politicastros— en el que podemos ver una clara tendencia hacia una progresiva integración en una sociedad más unida y coordinada. Este, en apariencia pequeño logro, es un paso de gigante en una Europa profundamente dividida por siglos de guerras interminables y naturalmente separada por culturas, lenguas, patrias y razas. Algo por el estilo se puede vislumbrar en algún internacional programa de televisión que hemos visto (y que se transmite simultáneamente en varios países europeos) en el que discretamente los jóvenes participantes se mofan de los respectivos patriotismos, incluido el propio. Es como un comienzo de reflexión y de autocrítica, en áreas que hasta ahora habían sido consideradas como «tabú» y por lo tanto intocables e incambiables.
Estamos comenzando la primera etapa que consiste en despertar; despertar de un sueño de siglos; y por eso no hay que extrañarse de que sea grande la resistencia, (sobre todo en los políticos viejos con grandes intereses creados), a salir de la modorra en que la humanidad ha estado sumida por tanto tiempo. Cuando uno despierta de un largo y profundo sueño, tarda tiempo en caer en la cuenta de la realidad circundante. Estamos cayendo en la cuenta, lentamente, de la situación en que nos encontramos. Una vez que lo hayamos conseguido, —y para ello ayudará grandemente el seguir los pasos que apuntamos en el capítulo anterior— estaremos en posición de planificar nuestra evolución, en una línea completamente humana, teniendo como meta nuestro propio perfeccionamiento, tanto en el orden fisiológico como en el psicológico y espiritual, de modo que en un futuro, no demasiado lejano, alcancemos el rango y la categoría a que estamos destinados dentro de nuestra propia escala cósmica. Porque el hombre lleva dentro de sí una semilla que tiene que hacer germinar para continuar así su interrumpida ascensión hacia esta categoría, libre ya de la esclavitud a que otros seres «superiores» lo han tenido sometido.

Evolucionemos racionalmente y sin miedo
Por eso las palabras claves para los tiempos futuros serán las palabras evolución y racionalidad. Por encima de las palabras patriotismo, tradición, fe y todas las demás que la estulticia o los intereses creados de unos cuantos (instrumentos de los dioses) han ido creando a lo largo de los siglos para tener a los hombres entontecidos con falsos valores y peleando entre sí.
Una evolución racional y conforme a las necesidades y a las capacidades humanas, que lejos de excluir todos los otros valores dignos, los englobará y los realzará, pero colocándolos en el lugar que les corresponde dentro de la realización total del hombre como ser autónomo y realmente inteligente.
Y los dioses, que se busquen algún otro antropoide sobre el que parasitar. Primero lo perfeccionarán fisiológicamente, para que su cerebro sea capaz de producir lo que a ellos les interesa, y luego le darán mandamientos religiosos, principios éticos y ardores patrióticos, para que su cerebro no siga evolucionando y se limite a producir las ondas que a ellos les gustan. Y el pobre antropoide sacralizará esos mandamientos y pensará que el propósito de su vida es cumplir esos mandamientos... ¡sin saber que esos mandamientos son los que lo hacen un esclavo! No quiero terminar sin insistir en algo que considero importante. Ya hemos dicho que tenemos que evolucionar:
1) Intelectualmente, conociendo cada día más cosas; y capacitándonos para comprender mejor el mundo y el universo que nos rodea.
2) Moralmente, siendo cada día mejores, más respetuosos de los derechos de los demás y del recto orden de la naturaleza, y defendiendo el bien y la justicia que sean beneficiosos para la humanidad; (no el bien y la justicia que se nos diga en ningún «libro sagrado»). Y por fin, y éste es el punto en que quiero hacer hincapié porque ha sido malamente distorsionado por todos los doctrinarios religiosos, tenemos también que evolucionar
3) Estéticamente, cambiando nuestros gustos primitivos y materialistas en otros más dignos de mentes evolucionadas. Pero en este evolucionar estético, está incluido algo que ha sido siempre mirado muy sospechosamente por los ascetas de todas las religiones, y contra lo que han tronado todos los moralistas aguafiestas, que tanto han florecido en todas las sectas del cristianismo: la «fruido», es decir el goce de las muchas cosas bellas y buenas que hay en este mundo. No sólo hay que amar la belleza, sino que hay que tratar de crearla según las fuerzas de cada uno, y hay que disfrutarla; porque la belleza sólo tiene sentido si es disfrutada por alguien.
Según la teología clásica (la que los dioses falsos, disfrazados de Dios verdadero, nos inculcaron) este mundo es un valle de lágrimas a donde venimos a hacer méritos (mediante el sacrificio y la renunciación) para la vida futura. Pero según la nueva teología que estamos empezando a construir, este mundo es un peldaño en el infinito ascender de todo el Universo, de lo menos perfecto a lo más perfecto; y el sufrir «para hacer méritos para otra vida» es algo que no tiene sentido. Al igual que tampoco tiene sentido el dejar de disfrutar las cosas buenas y bellas que nos brinda la vida, pudiéndolas disfrutar sin menoscabo de nadie. No hacerlo, es menospreciar algo que nos ha sido dado precisamente para que lo disfrutemos. Embellezcamos por tanto nuestro planeta y nuestras vidas todas y aprendamos a gozar, sin miedo de que al hacerlo estamos yendo contra algún mandamiento. Quitémonos de la mente el complejo de que todo lo sabroso es pecado.
Toda la enorme distorsión a que el sexo ha sido sometido en el seno del cristianismo, se debe, en el fondo, a esta filosofía y al consiguiente complejo que a lo largo de los siglos ha ido generando en las mentes y en las almas de los buenos cristianos. El sexo por ser una gran fuente de placer, es mirado con recelo por los doctrinarios cristianos, y la mortificación que produce la privación antinatural de él, es algo que los dioses han sabido aprovechar muy bien, valiéndose de todas las normas de decencia social, de todas las doctrinas, de todos los votos de castidad, de todas las virginidades, de todas las «guías de moral» y de todos los principios de honestidad cristiana con que las sociedades occidentales han sido santificadas (y mortificadas) durante tantos siglos.
Usando la terminología de los creyentes en un Dios personal, disfrutar de la vida sin menoscabo de nadie, es «dar gloria a Dios», al usar inteligentemente las cosas que El les ha dado. No disfrutar de todos aquellos placeres que están a nuestra mano, bien sea por «ofrecérselos a Dios», o por la idea de que puede ser pecado, es actuar neciamente, víctimas de complejos y de ideas absurdas que ya va siendo hora que sacudamos con decisión de nuestras mentes. ¿Qué clase de Dios es ese que tiene celos del placer de sus criaturas? ¿Qué clase de padre es ese que a todos sus hijos, sin excepción, les exige el sufrimiento? Y, ¿qué clase de creador inmediato es ese que no ha sido capaz de crear ni un solo ser humano que le haya salido bueno, puesto que a todos los tiene que hacer sufrir para purificarlos, y a todos los tiene que «redimir» para «salvarlos»? Convenzámonos de que Dios que pide dolor y sacrificios, es un dios falso; y Dios que pide adoración, es un dios vanidoso y, por lo tanto, también falso.
Hombre del siglo XX, ¡rebélate contra tanta aberración que te ha sido predicada como «palabra de Dios»! Lo que hasta hoy se te ha presentado como «palabra de Dios», no son más que mentiras de los dioses. Rebélate contra ella y contra ellos. Comienza a vivir, por fin, como ser racional, usando sin miedo tu propia mente, que es el gran don que el verdadero Dios te ha dado para que te defiendas de los dioses y de los pobres hombres que aquellos usan como sus representantes. Luchemos todos por hacer un mundo más feliz en el que en vez de ser fieles a una fe y a unos principios que nos separan de otros hombres, seamos fieles a la racionalidad y al amor que nos hace a todos hermanos.
DEFENDAMONOS DE LOS DIOSES (Capitulo final)
 

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