17.2.26

Ha pasado la hora de las advertencias. Ha llegado la hora de la responsabilidad

LA SOCIEDAD DE ESPECTADORES

En La sociedad del espectáculo, Guy Debord destacó cómo las imágenes y la representación mediática habían superado la realidad, transformando la sociedad en un gigantesco teatro donde todos se convertían en espectadores en lugar de actores. Pero hoy, parece que hemos entrado en una sociedad donde no solo nos domina el espectáculo, sino que nos hemos convertido en espectadores pasivos de nuestro propio destino.

En esta nueva era, la ilusión ya no se limita a la pantalla, sino que está en nuestras propias vidas. Ya no participamos en la construcción de nuestra historia; la consumimos, siempre al margen, siempre a merced de quienes orquestan este espectáculo. Ya no actuamos, reaccionamos. Ya no vivimos, "vemos" cómo se desarrolla la vida.

Y lo más grave es que muchos parecen encontrar una reconfortante comodidad en esta posición. Ya no se trata de un simple fenómeno de consumo de imágenes; es la completa absorción del ciudadano en una realidad virtual que le es impuesta. Ya no buscamos comprender, ya no buscamos saber, nos conformamos con simplemente presenciar.

La sociedad del espectador es mucho más perversa que la del espectáculo, pues implica una auténtica abdicación de la voluntad y el pensamiento crítico. El espectador no se conforma con ser pasivo ante una imagen; elige activamente no intervenir, permanecer como espectador de su propia vida, de la injusticia, de la manipulación. Se acabó la rebelión, se acabó la toma de posición, solo una mirada distante a un mundo que agoniza lentamente. No somos solo testigos, sino actores de nuestra propia desaparición.

Esto no es simplemente un cambio social; es una decadencia. Es la decadencia de un pueblo que ha perdido la voluntad de actuar, que prefiere observar y entretenerse en lugar de alzarse para cambiar lo que necesita cambiar. Es una pasividad sistemática, donde la gente prefiere perderse en distracciones fútiles, con el pretexto de que nada está a su alcance, o de que el compromiso es demasiado costoso, demasiado difícil. Pero en esta abdicación, la historia continúa desarrollándose; y quienes actúan hoy escribirán la historia del mañana, mientras ustedes permanecen al margen de este espectáculo deshumanizado, dejando que otros desempeñen su papel sin siquiera alzar la voz.

En este mundo donde la información es fácilmente accesible, donde la evidencia de crímenes y abusos de la élite abunda en todas las plataformas, ahora cabe preguntarse: ¿Por qué persisten en esta inercia culpable, esta indiferencia patológica ante la rapacidad de una oligarquía que se alimenta de su sumisión silenciosa? Su incapacidad para reaccionar, para posicionarse, para actuar, los convierte en cómplices por omisión, testigos impotentes que simplemente observan cómo se desata su propia desgracia sin romper jamás sus cadenas.

En todas partes, la verdad sale a la luz. Escándalos financieros, manipulaciones políticas y abusos de poder se documentan, exponen y difunden por internet. Se acumulan pruebas abrumadoras, desde paraísos fiscales y fraude electoral hasta malversación de fondos públicos, explotación de las masas, destrucción de ecosistemas para obtener ganancias desorbitadas, e incluso prostitución y asesinato de menores, como se vio en los casos de Epstein. Y, sin embargo, en lugar de provocar una revuelta, en lugar de exigir responsabilidades, simplemente se hunden en esta vergonzosa pasividad. Ya saben, ya ven, pero eligen cerrar los ojos, dar la espalda y hundirse en una inercia que nos condena a todos a la impotencia. Porque sí, la inacción también es una forma de decisión.

Se han convertido en espectadores, no por falta de medios, sino por falta de voluntad. La tecnología les ofrece una ventana al mundo, pero la usan para navegar por imágenes triviales, para satisfacer sus instintos más bajos o para refugiarse en una burbuja de comodidad. Han sido condicionados a consumir sin pensar, a seguir sin cuestionar. La élite, por su parte, ha explotado esta debilidad colectiva, alimentando esta cultura de la distracción, esta suave lobotomía que les adormece el cerebro. Son testigos de un crimen sistémico, pero prefieren la comodidad de la ignorancia a la disrupción de la verdad.

¡Lo más insoportable es que eres responsable! Tú, y solo tú, eres responsable de este silencio. Ya no basta con expresar indignación en la intimidad de tus pensamientos, darle "me gusta" a una publicación en redes sociales o firmar una petición en línea sin ningún seguimiento. Esta indignación selectiva, la que nunca se extiende más allá de la pantalla de un teléfono inteligente, es una forma de complicidad activa. Tus acciones son solo una apariencia de compromiso, gestos fútiles que alimentan la maquinaria mientras te dan la ilusión de estar del lado correcto de la historia. Eres cómplice no solo de la injusticia, sino también del sistema que la perpetúa, porque es la inacción la que permite que este sistema perdure.

Si realmente deseas un cambio, se necesitarán más que palabras. Se necesitarán acciones. Acciones concretas que desafíen el orden establecido. Esto comenzará por dejar de apoyar la corrupción, de condonar a quienes te explotan, de tolerar la indiferencia como forma de gobierno, de consumir los productos de tus opresores. ¡Y son muchos! Es hora de afrontar la magnitud del escándalo, de dejar de creer que el esfuerzo individual es inútil ante un poder inmenso. Porque la verdad es muy simple: es mediante la inacción que consientes la perpetuación de este sistema. Tu silencio es consentimiento.

Las injusticias no desaparecerán solas. La élite que nos oprime, que nos manipula y nos explota, no renunciará a su poder voluntariamente. Así que, la decisión es suya: tomar la antorcha de la rebelión o convertirse en un engranaje más de esta máquina cruel e inmoral. Depende de usted juzgar su propia complicidad, medir el alcance de su responsabilidad. No permita que la historia los olvide como una generación de espectadores pasivos que no vieron, no hicieron, no entendieron nada. ¡Se acabó el tiempo de la inacción! Es hora de actuar.

Todos saben quién en su familia es la enfermera que participó en las inyecciones masivas, la subyugación de la población, el exterminio de una generación de nuestros mayores, todo por una paga extra a fin de mes. Todos saben quién es este policía, este "perro guardián" del Estado, que golpea a manifestantes pacíficos, que destruye vidas en nombre del orden. Todos saben quién es este juez que absuelve a violadores, que deja escapar a monstruos en un torbellino de justicia de dos niveles, mientras las cárceles se llenan de quienes no pueden permitirse defenderse. Todos saben quién es este alto funcionario que malversa fondos públicos, que roba a gran escala y se va con maletas llenas de dinero, mientras la gente muere lentamente. Todos saben quién es este banquero, este depredador que desposee a sus clientes, que convierte la miseria en un negocio lucrativo. Pero nadie se atreve a nombrarlos, nadie quiere confrontarlos.

Es tu vecino, un familiar, un amigo; son todos en tu círculo social. Estas son las personas que ves a diario, aquellos que conoces íntimamente, pero a quienes prefieres no ver como realmente son. Son responsables, igual que tú, porque les permitiste que se salieran con la suya. Prefieres olvidar lo que hacen, invitarlos a comer, a tomar algo, a compartir tus momentos, porque en el fondo, eres igual. Por tu inacción y pasividad, te has convertido en tirano en potencia; simplemente no tienes las agallas para admitirlo. Te acurrucas en una cómoda ceguera, fingiendo ignorancia, alineando tus tranquilas y pequeñas vidas mientras aceptas que otros se sacrifiquen, que otros sufran, solo para que puedas seguir viviendo en la ilusión de tu seguridad. Los ves, pero eliges apartar la mirada. Eres cómplice, y el sistema prospera gracias a tu silencio.

Te guste o no, la negación no es la solución. Es una elección: la elección de huir de la verdad a toda costa. La negación es el arma de los cobardes, de quienes se niegan a afrontar las consecuencias de sus actos, de quienes han optado por ignorar lo que saben perfectamente. Cuando la historia se vuelva en tu contra (como ya ha sucedido antes... ¡recuérdalo!), cuando llegue el momento de rendir cuentas, no pidas ayuda. ¡No la recibirás!

Y ya es demasiado tarde. El momento en que pudiste involucrarte, en que pudiste actuar, quedó atrás. Quienes vieron, quienes supieron y no hicieron nada ya no pueden alegar inocencia. Eres responsable de este mundo que se derrumba.

Hemos vivido tiempos oscuros, y vendrán más. Libros, artículos, testimonios, pruebas: todo ha sido arrojado a tu indiferencia. Y has elegido, una y otra vez, mirar hacia otro lado, escudarte en excusas patéticas. "¡No es mi culpa!", "¿Qué puedo hacer?", "Es demasiado tarde". ¡Pero eso no es cierto! Podrías haber actuado. Podrías haberte plantado. Podrías haber dicho "¡No!". Pero cada vez, preferiste la comodidad de la inacción, la facilidad de la indiferencia. Y lo insoportable es que hagas pasar esta inacción, esta pereza de compromiso, esta cobardía sistemática, por resignación o sabiduría. Pero en el fondo, es una sumisión voluntaria. Has cedido el campo a quienes te aplastan, y te has resignado a ello.

Personalmente, estoy cansado. Cansado de gritar al vacío. Cansado de dedicar meses, años, a demostrar lo obvio: que las élites nos aplastan, nos mienten, nos matan, y dejamos que se salgan con la suya. Soy un escritor comprometido, un testigo activo, pero también exasperado. Porque a pesar de todo lo que se dice, de todo lo que se demuestra, nada cambia. El pueblo no tiene lecciones que aprender de mí. Son responsables de su propia decadencia. Ya sea trabajador o intelectual, conoce la verdad. Todos saben exactamente qué se esconde tras la fachada lisa y bien engrasada de su vida cotidiana. Sin embargo, eligen mirar hacia otro lado. Han elegido la negación. Y esta negación es, a mi juicio, el mayor de los crímenes.

¿Cuántos de quienes me siguen en este blog se han tomado el tiempo de compartir mis escritos, de difundirlos para crear conciencia? ¿Cuántos han comprado un libro para apoyarme, o incluso se han tomado unos segundos para dejar un comentario alentador? Sin embargo, cada día tengo más de 2000 lectores, un público fiel, pero que se conforma con leer en silencio, sin dar el siguiente paso. Mis artículos son gratuitos y se ofrecen a quienes se dignen a prestar atención, pero para mí no son gratuitos ni en tiempo ni en energía. Cada uno requiere horas de investigación, días de reflexión, una inversión constante de mi parte para ofrecer análisis precisos y perspicaces.

Y, sin embargo, a nadie parece importarle. Como si se hubiera convertido en algo común, como si la verdad fuera un bien gratuito, una rutina cuyo valor ya ni siquiera se reconoce. El esfuerzo, la autenticidad de este trabajo, este deseo de despertar conciencias, se pierde en un océano de indiferencia. Ya nadie recompensa este trabajo, nadie agradece a quien lo realiza. Todo esto se ha vuelto normal, previsible, como si leer a un predicador en el desierto ya no tuviera ninguna consecuencia; como si estas palabras, estos análisis, fueran un insignificante ruido de fondo. 

Aun así, les digo "¡gracias!". A ustedes, a todos los que me apoyan, que se toman el tiempo de comentar, comprar mis libros, leer y compartir cada día. Toman una decisión que no siempre es fácil, pero es la correcta. Entienden que cada pequeño gesto, cada momento invertido en esta búsqueda de la verdad, tiene un impacto. Son ustedes quienes, lejos de buscar la salida fácil o la ilusión de una comodidad pasiva, asumen la responsabilidad de contribuir al cambio: para ustedes mismos, para los demás y para el futuro.

Para ser honestos y estar plenamente agradecidos con estos lectores diarios, sepan que es para ustedes que se escribe cada palabra, cada artículo, cada libro. Son mi fuente de inspiración, mi motivación, y es para ustedes que esta lucha continúa. Gracias por estar entre quienes saben que esta actitud es la que un día marcará la diferencia. Gracias por estar entre quienes creen que lo que hoy parece anónimo y silencioso, un día tendrá un impacto real.

Tú que sabes que la costumbre de ser servido, de consumir sin reciprocidad, está tan arraigada en la mente de las personas que ha generado un deterioro mental, una esclerosis del pensamiento crítico. La indiferencia se está convirtiendo en la norma, y ​​el sacrificio de quienes siguen luchando por ofrecer una verdad que otros no quieren escuchar es lo único visible: el eco del vacío de una sociedad que ya no sabe ver.

Pero hay algo peor: los sitios de noticias y los agregadores de artículos están ahí para desviar nuestra escritura, al igual que hacen con nuestros lectores, transformándonos en meras fuentes de ingresos al solicitar donaciones con el pretexto de "apoyar el periodismo independiente", ¡algo que no hacen, ya que ni siquiera escriben! Lejos de ser solidarios, los comentarios que generan suelen ser acusatorios, nunca constructivos. Ataques personales, juicios, pero sin un verdadero deseo de avanzar en el debate, de fomentar la reflexión. Todo esto en un sistema donde la información real ya ni siquiera circula.

Vivimos en una sociedad donde la verdad es una carga que es mejor ignorar, porque afrontar la realidad requeriría demasiado coraje.  Durante años, nos hemos agotado intentando dar la alarma, sacudir conciencias, hacer todo lo posible por despertar a un pueblo adormecido por el yugo de su ilusoria comodidad. Hemos examinado cada día, cada mes, cada año, esperando ver una oleada de conciencia, un grito de rebelión. Pero lo único que cosechamos es indiferencia, rechazo, incluso odio. Cada esfuerzo, cada palabra, cada acción termina en un fracaso absoluto. Y al gritar constantemente al viento, queda claro que hemos llegado a un callejón sin salida.

Así que quizás debamos aceptar la realidad y que esta generación de beneficiarios de la asistencia social, esta masa de consumidores ciegos aferrados a su precaria comodidad, no está lista para despertar. Al contrario, prefieren ser aplastados por esta maquinaria criminal que los destruye lenta pero inexorablemente. Quizás sea hora de dejarlos caer en su letargo y dar paso a una nueva humanidad, más comprometida, más consciente, más comprometida con su propia supervivencia. Una humanidad que no busque la comodidad ni la complacencia, sino que luche por su libertad, su dignidad, su soberanía. La maquinaria criminal no puede aplastar a quienes, como yo, ya han elegido liberarse de ella. A quienes están listos para enfrentar la verdad, para abrazar la lucha, para reinventar una existencia que no esté dictada por la opresión y la comodidad.

Escribimos libros para ustedes, obras llenas de verdad, pero permanecen en los estantes como testigos inútiles de nuestros esfuerzos. ¡Y aun así, solo cuando ustedes los compran! Nuestras compras representan empleos, y si la gente realmente quisiera más verdad, nos apoyarían comprándolos, regalándolos, compartiéndolos.

También producimos programas, transmisiones en vivo y videos que desmienten las mentiras oficiales, pero ¿de qué sirve? Cada verdad que exponemos, cada persona que nombramos, nos pone en la mira de un sistema que nos persigue. Asumimos enormes riesgos para informar al público; nos exponemos a la intimidación y la difamación.

Aun así, perseveramos. Porque decir la verdad hoy significa desafiar a un poder que prefiere las sombras a la luz, pero cada acción, cada denuncia, es una lucha contra la injusticia. Aunque la mayoría prefiera mirar hacia otro lado, persistiremos, pues sabemos que es más importante perturbar la indiferencia que resignarnos a ella.

Hemos elegido ser actores, no espectadores. Preferimos afrontar la realidad, incluso en su brutalidad, en lugar de escondernos tras ilusiones y la comodidad de la inacción. Sabemos que la vida, tal como es hoy, no ofrece garantías. Pero al menos elegimos estar vivos, actuar, luchar por lo que creemos. Rechazamos la muerte dulce de quienes se dejan consumir por la pasividad y el olvido. Porque, al final, es mejor sufrir estando plenamente vivos que existir como un cascarón vacío, ya muerto por dentro.

Las personas como yo, quienes han abierto los ojos, quienes han comprendido, ya estamos reunidos, ya estamos actuando. Sabemos adónde vamos y tenemos estrategias preparadas para afrontar lo que viene. Anticipamos el colapso, preparamos soluciones y trazamos nuestro rumbo. Pero para los demás, en esta etapa de negación e ignorancia, les digo "¡qué lástima!" No estaremos ahí para siempre para abrirles los ojos, para salvarlos de sus ilusiones, para explicarles el camino a seguir. La realidad es simple: la vida es una jungla, y en la jungla, si no entiendes las reglas, si no sabes defenderte, ¡terminas convertido en comida! No podemos ser los guardianes de quienes se niegan a ver. Se acabó el tiempo de las advertencias. Quienes han optado por permanecer ciegos tendrán que afrontar las consecuencias de su propia indiferencia, porque la verdad está ahí, clara como el agua.

El tiempo de la compasión y la explicación ha terminado, y ahora se trata de encontrar una salida. Sí, son cómplices, pues el sistema sobrevive solo porque son sus aliados silenciosos, sus espectadores silenciosos. Pero sepan esto bien: cuando el viento sople con más fuerza, cuando se escuche el gran despertar, será demasiado tarde. Entonces serán los últimos en lamentarse, los últimos en comprender la profundidad del abismo en el que se han dejado deslizar. Y quienes les advirtieron, quienes lucharon en la soledad de su resistencia, finalmente se alejarán. Porque la solidaridad no es un acto de caridad, un gesto puntual o un simple favor, sino un compromiso inquebrantable.

Sepan que la rebelión no prospera con la complacencia de los cobardes. Ha pasado la hora de las lecciones y las advertencias. Y, por lo tanto, ha llegado la hora de la responsabilidad. Cuando ocurra el colapso —que ya ha comenzado— será demasiado tarde para pedir perdón a quienes, como yo, han pagado el precio de la verdad mientras ustedes, los espectadores pasivos, se negaron a escucharla...

Phil BROQ.

https://jevousauraisprevenu.blogspot.com/2026/02/la-societe-des-spectateurs.html

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