LA MEDICINA OFICIAL COMPLETAMENTE EQUIVOCADA
VIRUS: UN ERROR DE INTERPRETACIÓN (I)
El sarampión como ejemplo
Distinto a lo que la mayoría cree, no existe tal cosa como
un virus causante de enfermedades. Las suposiciones sobre la existencia de los
virus se basan en erradas interpretaciones que hemos arrastrado históricamente
y no en engaños o en malas prácticas deliberadas, como yo mismo había supuesto
antes. En la actualidad, nuevos y mejores hallazgos “científicos” explican el
origen, el tratamiento y la prevención de todo tipo de enfermedades, no sólo
las “virales”. Incluso, fenómenos tales como la aparición –simultánea o cercana
en el tiempo– de síntomas que hasta ahora habían sido interpretados como
consecuencia de un contagio por transmisión de patógenos, pueden ser explicados
desde otra perspectiva gracias a estos nuevos hallazgos. El resultado supone
una nueva concepción de la vida que realmente viene de antiguo, y de la
integración cósmica de todos los procesos.
Esta “nueva”, o mejor dicho redescubierta, manera de ver las cosas sólo puede surgir fuera de la “ciencia”, entre otros motivos, porque los implicados en las instituciones científicas no cumplen con el primer y más importante deber científico, que no es otro que cuestionar y dudar constantemente de todo. De otra manera, ya hubiesen descubierto que las interpretaciones erróneas no sólo llevan mucho tiempo construyéndose, sino que, además, debido a los procesos “anticientíficos” de los años 1858, 1953 y 1954, se han convertido en un dogma.
La transición hacia una nueva explicación de la salud, la
enfermedad y la curación sólo será posible en la medida en la que todos los
terapeutas y científicos implicados puedan mantener su reputación intacta con
ello. Abundan explicaciones, tanto desde el punto de vista histórico como desde
la nueva concepción de la biología y de la vida, para todo tipo de emociones,
de ignorancia y de comportamientos. Y ésta es la segunda buena nueva; la
reversión y el perdón son tanto más efectivos cuando mejor se puedan comprender
las cosas y aprender para el futuro.
Sin embargo, me consta que, para mucha gente, puede ser
difícil de aceptar intelectualmente la explicación de la realidad que ofrezco
en este artículo, en particular para aquellos directamente implicados en el
tema, como son los médicos, los virólogos o aquellos empleados en el sector de
la salud en general, y en especial para quienes han sido afectados por
diagnósticos erróneos o que, debido a éstos, hayan perdido a seres queridos. La
propia dinámica de las teorías de la infección, como en el caso del siDA, BsE,
sArs, MErs, Corona y las diversas gripes animales, puede desembocar en el
colapso del orden público; por tanto, pido por favor que todos aquellos que
lleguen a descubrir los hechos concernientes a la “no existencia” de los
supuestos virus, traten el tema de una manera lo más sistemática, objetiva y
desprovista de emociones posible.
La situación actual
Todas las suposiciones que identifican a los virus como
agentes causantes de enfermedades no son correctas y se basan en errores de
interpretación fácilmente reconocibles, comprensibles y demostrables. Las
causas reales de las enfermedades y de aquellos fenómenos adscritos a los virus
ya han sido investigados y están al alcance de todos. En lugar de trabajar con
virus, todos los científicos en el laboratorio trabajan con componentes típicos
de células o de tejidos moribundos. Creen que dichas células y tejidos mueren
porque han sido infectados por un virus. En realidad, esos tejidos y células de
“laboratorio” están muriendo de envenenamiento e inanición como consecuencia de
las condiciones metodológicas requeridas por el ensayo. En éstos, los virólogos
retiran la solución nutritiva en la que conservan a las células y tejidos y los
envenenan con antibióticos tóxicos para después exponerlos a sangre, saliva y
otros fluidos corporales presuntamente infectados. De esa manera, creen que la
muerte de las células y los tejidos es provocada por los virus, pero en
realidad ésta ha ocurrido por sí misma sin la intervención de material
“infectado” alguno. ¡Y los virólogos no han caído en la cuenta de esto!
Según la lógica científica, deberían haberse llevado a cabo
necesariamente pruebas de control con este nuevo método descubierto para la
supuesta multiplicación de virus, por las cuales descartar que el método mismo
haya sido el que haya generado dichos resultados o los haya distorsionado. En
estas pruebas adicionales –las pruebas de control– deberían haberse adicionado
sustancias estériles o tejidos sanos de personas y animales a las moribundas
células y tejidos bajo investigación. ¡Estas pruebas de control jamás se han
llevado a cabo en esta “ciencia” hasta hoy! En el marco del proceso judicial
del virus del sarampión, encargué a un laboratorio independiente la realización
de estas pruebas de control, con el resultado de que los tejidos y las células
murieron de manera idéntica a como lo habrían hecho si hubieran entrado en
contacto con material supuestamente infectado.
El objetivo de las pruebas de control es descartar que el
método o técnica empleado sea el que genere el resultado. Las pruebas de
control son la máxima obligación y el fundamento exclusivo según un resultado
pueda ser considerado científico. Como veremos más adelante, durante el proceso
judicial sobre el virus del sarampión, el perito elegido por el jurado
determinó que las publicaciones científicas sobre las que se fundamenta toda la
virología no contienen ningún tipo de prueba de control. De ahí extraemos la
conclusión de que los científicos implicados actúan de manera muy poco
científica sin percatarse de ello.
La explicación de esta manera de proceder, incompatible con
cualquier pretensión científica, tiene un punto de partida histórico: en junio
de 1954 fue publicada una especulación contradictoria y anticientífica según la
cual se consideraba la muerte de células y tejidos en un tubo de ensayo como un
posible indicio de presencia de un virus. Seis meses después, el 10.12.1954, el
autor de esta deliberación recibió el Premio Nobel de Medicina por otro tema
distinto de naturaleza igualmente especulativa. Con esta distinción,1 la especulación de junio de 1954 fue elevada al
rango de hecho científico y hasta hoy no ha sido cuestionada. Desde entonces,
la muerte de células y tejidos en un tubo de ensayo se considera como prueba de
la existencia de los virus.
Los indicios aparentes de la existencia de los virus
Todavía hay más. La muerte de tejidos y células también es
descrita como el aislamiento del virus, en vista de que –presuntamente– se ha
introducido a la muestra del laboratorio material de un organismo externo. Sin
embargo, en el sentido estricto de la palabra aislamiento, un virus nunca se ha
aislado, es decir, nunca se ha representado como un todo ni se ha caracterizado
bioquímicamente. Las fotos del microscopio electrónico muestran en realidad
componentes normales de células y de tejidos moribundos. Puesto que los
implicados sólo CREEN que los tejidos y las células al morir se transforman
completamente en virus, dicha muerte se describe también como multiplicación de
éstos. Hasta hoy, los implicados sólo se limitan a creer, ya que el descubridor
de este método publicó un artículo de fe que, gracias a su premio Nobel, se
convirtió en el referente. Esto será ampliado más adelante.
Esta mezcla sin purificar, compuesta por células y tejidos
moribundos provenientes de monos o fetos de res y por antibióticos tóxicos, es
catalogada como una vacuna “viva atenuada” apta para su uso ya que,
aparentemente, contiene virus debilitados. La muerte de tejido y células –a
causa de inanición y envenenamiento, y no por una supuesta “infección”– se
interpretó y se sigue interpretando erróneamente como prueba de la existencia
de virus, así como prueba de su aislamiento o de su multiplicación.
De esta manera, la mezcla tóxica resultante, considerada
como vacuna “viva atenuada”, contiene proteínas y ácido nucleico (ADN, ARN)
ajenos al cuerpo humano, antibióticos citotóxicos, así como microbios y esporas
de todo tipo. La vacuna se les administra a los niños en el hombro en una
cantidad que, de ser inyectada en vena, podría causar la muerte con toda
seguridad. Sólo en casos de desconocimiento absoluto y de confianza ciega en
las autoridades estatales, que “prueban” y autorizan las vacunas, puede alguien
describirlas como un “pequeño e inofensivo” pinchazo. Estos hechos demostrables
constatan la peligrosidad y negligencia de aquellos científicos y políticos que
alegan que las vacunas son seguras, que no causan efectos secundarios y que
previenen contra las enfermedades. Nada de esto es verdadero ni corroborable;
al contrario, al mirar de cerca desde una perspectiva científica, no se
encuentra ninguna utilidad, sólo se encuentran confesiones sobre la falta de
pruebas2acerca de su utilidad.
De los componentes de células y tejidos muertos se extraen
componentes específicos que son erróneamente interpretados como virus y
conceptualmente añadidos a un modelo de virus. En la totalidad de la literatura
“científica” nunca aparece un virus real y completo. El proceso de construcción
de un consenso con respecto a qué es y qué no es un virus enfrentó a los
implicados en arduos debates que se demoraron décadas en el caso del virus del
sarampión. En el caso del supuesto Coronavirus-2019 de China (renombrado
entretanto a 2019-nCoV), este proceso de construcción de un consenso ha tardado
sólo un par de clics de ratón.
De la sucesión molecular de pequeños fragmentos de ácido
nucleico proveniente de células y tejidos muertos, cuya composición bioquímica
ha sido previamente determinada, con un par de clics de ratón y un programa
informático se construye, según requisitos, un presunto material genético mucho
más largo y, en teoría completo, de un virus antiguo o nuevo. En realidad,
estas manipulaciones, llamadas alignement (procedimiento de alineación), no
arrojan como resultado un material genético “completo” de un virus, al cual se
le denomina genoma. Durante el proceso de construcción conceptual de la “cadena
de material genético viral”, las secuencias que no encajan se “pulen” y las que
faltan se completan. De esta manera se inventa una “secuencia de material
hereditario” que ni existe, ni se encuentra como un todo, ni se ha verificado.
En resumen, de pequeños trozos, previamente ordenados dentro
de un modelo de cadena de material genético viral, se construye conceptualmente
un trozo más grande que en realidad no existe. Por ejemplo, en la construcción
“mental” de la cadena de material genético del virus del sarampión faltan, en
los fragmentos de moléculas celulares bajo estudio, la mitad de las sucesiones
moleculares que debieran representar un virus. Estas se generan bioquímicamente
de manera artificial o en directo se inventan libremente.3
Aquellos científicos chinos que en definitiva alegan que,
mediante determinados ácidos nucleicos provenientes en su mayoría de serpientes
venenosas se ha podido construir el genoma del nuevo virus corona 2019 de
China.4,son víctimas, como todos nosotros, de un desarrollo
erróneo a escala global. Cuantas más cadenas de material genético “viral” sean
inventadas, tantas más similitudes “coincidirán” con todo lo que hay. Pero,
esta equivocación tiene una explicación. Gran parte de la ciencia académica
funciona así: una teoría es inventada, uno se mueve dentro de esa teoría, se le
denomina ciencia y se presupone que este actuar reflejaría la realidad. La
realidad es que sólo se refleja aquella suposición original.5
Los tests de los virus
Ante la falta de pruebas de control, los involucrados aún no
se han dado cuenta, hasta hoy, que los tests de detección de “virus” siempre
detectan como “positivos” a un determinado número de personas en función de
cómo se configure el procedimiento de la prueba o test. Para la comprobación
del supuesto virus se emplea una plantilla que realmente no proviene de ningún
“virus” sino de los tejidos, células y suero (sangre sin componentes sólidos)
fetal con los que se ha trabajado, provenientes principalmente de animales como
monos y vacas. En vista de que estos animales y las personas son
bioquímicamente muy parecidos, está claro que sus componentes –erróneamente
interpretados como “virus”– van a ser detectados en todas las personas por el
procedimiento del test del virus. Algunos “virus” y sus respectivas vacunas –
(pero no el “virus del sarampión”) proceden de fetos humanos abortados. Resulta
obvio que, por un lado, los tests detecten únicamente moléculas presentes en
cualquier ser humano y, por otro lado, que las vacunas puedan desencadenar reacciones
alérgicas muy peligrosas definidas como “enfermedades autoinmunes”.
El empleo de suero fetal, considerado tejido líquido,
ralentiza enormemente la muerte de las células y de los tejidos bajo estudio,
hasta el punto en que, sin su utilización, los experimentos difícilmente
podrían llevarse a cabo. Sólo el empleo de suero fetal sirve a los científicos:
ni el suero de seres vivos adultos ni ningún otro producto sintético es
equivalente. Dicho suero fetal no sólo está altamente contaminado, sino que además
se obtiene de la manera más cruel posible de fetos animales y de sus madres sin
anestesia alguna. Contiene todos los tipos de microbios conocidos e
imaginables, sus esporas y una cantidad desconocida de proteínas. De este suero
fetal se obtienen –así como de tejidos de riñones de simios– los componentes
que conceptualmente conforman el modelo de virus, que no existe en realidad, y
que la totalidad de la literatura “científica” nunca ha podido demostrar como
un “virus” completo.
Estas sustancias son las bases de las vacunas, lo que hace
entendible por qué especialmente las personas vacunadas son más proclives a
resultar “positivas” en todos los “tests” de virus a los que se sometan. Los
tests sólo comprueban la presencia de los componentes animales de los supuestos
“virus” tales como proteínas animales y ácidos nucleicos, que, con frecuencia,
son idénticos o parecidos a las proteínas y ácidos nucleicos presentes en
humanos. Los tests virales, por tanto, no comprueban nada específico y en
ningún caso la presencia de un “virus”, de manera que dichos tests no tienen
ninguna validez. Sólo sirven, como en el caso del Ébola, VIH, gripe y demás,
para causarle un shock paralizante al paciente, que por sí mismo puede llevarle
a la muerte, o a un tratamiento erróneo más o menos peligroso o mortal.
Cabe aquí mencionar que todas las pruebas de detección de un
virus nunca dicen “sí” o “no”, sino que se configuran de manera que sólo a
partir de una determinada concentración se valora una muestra como “positiva”.
De esta manera mu- chas, pocas o ninguna persona o animal pueden
arbitrariamente resultar positivos en función de cómo se haya configurado el
test. La dimensión de esta ilusión científica queda patente tan pronto como
síntomas “normales” son descritos como SIDA, BSE, gripe, SARS, sarampión etc.
exclusivamente cuando se presenta un resultado “positivo” de un test.
Detalles determinantes
Hasta 1952, los virólogos creían que un virus era una
proteína o una encima tóxica, que era directamente venenosa y que de alguna
manera se multiplicaba dentro del cuerpo humano y se propagaba entre humanos y
animales. La medicina y la ciencia descartaron esta idea en 1951, ya que los
supuestos virus nunca fueron visibles bajo el microscopio electrónico, y, ante
todo, porque sí se llevaron a cabo pruebas de control. De esta manera, se
reconoció que también en la descomposición de órganos y tejidos de animales
sanos se generaban los mismos deshechos que anteriormente se catalogaban como
“virus”. La virología se había contradicho a sí misma y se había rendido.
La esposa de Francis Crick, posteriormente galardonado con
el premio Nobel, dibujó en 1953 una doble hélice y la publicó en la famosa
revista científica Nature como un presunto modelo científico de un material
genético, lo cual desencadenó un revuelo y una expectativa con muchas
consecuencias posteriores y dio origen a la llamada genética molecular. De
pronto se buscaban las causas de las enfermedades en los genes. La idea de lo
que era un virus cambió de la noche a la mañana: ya no era una toxina, sino una
secuencia genética peligrosa, un material hereditario, una peligrosa cadena de
material genético viral. Fueron químicos jóvenes quienes fundaron la nueva
virología del gen. Estos químicos no tenían ni idea de biología ni de medicina,
pero contaban con recursos ilimitados para investigar. Ni ellos mismos sabían
que la vieja virología se había rendido.
Hace más de 2000 años ya dijo Jesús: “Perdónalos, porque no
saben lo que hacen”. En el año 1995, una vez hicimos la pregunta de la
demostración y publicamos las respuestas, podemos añadir: y porque no pueden
admitir que lo que han aprendido y practicado no es cierto y, aún más, que es
peligroso para la salud. Porque hasta la fecha, nadie ha tenido la amplitud de
miras ni el valor de decir la verdad y se han desarrollado todo tipo de
conceptos carentes de demostración científica acerca del “sistema inmune” o de
la “epigenética” para sostener unas teorías inventadas y ajenas a la realidad.
En 1858, la teoría de las células y de la enfermedad causada
por un veneno (lat. Virus) de Virchow se elevó al rango de dogma y de ella se
derivó por primera vez, por lógica forzosa, la idea de un virus no definido.
Más tarde, apareció la idea de las bacterias patógenas, después la idea de las
toxinas bacteriales, tras ella la idea del virus-toxina hasta desembocar en la
renuncia de dicha teoría en 1952. Desde 1953, se desarrolló la idea del
virus-gen a partir de la idea original de Virchow del veneno causante de
enfermedades, y ésta sirvió como base para la elaboración de la teoría de los
genes cancerosos. La “guerra contra el cáncer” se fundamentó durante la era
Nixon y, posteriormente, la idea del gen capaz de cualquier cosa. Todas las
ideas sobre los genes fueron completamente contradichas en el año 2000. En ese
año se publicó con datos incoherentes el llamado Proyecto Genoma Humano con la
ridícula afirmación de que había podido descifrarse todo el genoma humano, aun
cuando más de la mitad tuvo que ser inventado.
Hasta hoy, la población no es consciente de que los
académicos implicados muy difícilmente van a reconocer parte de su culpa en
estos desarrollos erróneos con tan enormes repercusiones.
Los supuestos bacteriófagos
Lo que se conoce como bacteriófagos o fagos fueron el modelo
para la idea, desarrollada en 1953, del virus-gen en el cuerpo humano, animales
y plantas. Su existencia se conocía desde 1915, pero no fue hasta la
introducción del microscopio electrónico en 1938, cuando se pudo fotografiar a
estos fagos, aislarlos completamente como partículas y determinar y
caracterizar bioquímicamente todos sus componentes de una vez. El aislamiento,
que conlleva concentrar las partículas y separarlas de todos los demás
componentes (= aislamiento) para posteriormente fotografiarlas en dicho
aislamiento y caracterizar dichas partículas aisladas químicamente, nunca se ha
llevado a cabo con los supuestos virus que afectan a humanos, animales y
plantas por el mero hecho de que no existen.
Los investigadores de bacterias y fagos que, por el
contrario, sí trabajan con estructuras reales, son los que aportan el modelo de
cómo podrían verse los virus que afectan a personas, plantas y animales. Estos
“especialistas en fagos” han pasado por alto en la caracterización de estos
fagos como devoradores de bacterias, que el fenómeno de creación de estas
partículas no es más que un efecto extremo del cultivo de bacterias de manera
endogámica en laboratorio. Este efecto, la formación y liberación de fagos
(devoradores de bacterias, alias virus de las bacterias), no se encuentra en
bacterias auténticas recientemente obtenidas de organismos o del entorno. Las
bacterias no cultivadas se transforman en las conocidas como formas de
supervivencia, las esporas, cuando a dichas bacterias se les retiran lentamente
las soluciones nutritivas o las condiciones de vida se vuelven imposibles. Esta
forma de espora les permite sobrevivir largo tiempo o hasta “infinito” de
manera que, una vez que vuelvan a darse las condiciones de supervivencia
necesarias de dichas esporas, volverán a surgir automáticamente nuevas
bacterias.
Sin embargo, si estas bacterias son aisladas para luego ser
multiplicadas una y otra vez, pierden poco a poco todas sus cualidades y
capacidades. Muchas de ellas mueren durante el proceso de cultivo endogámico,
pero no automáticamente, sino que se transforman abruptamente en pequeñas
partículas que, dentro de la concepción de la teoría del bien y el mal, son
interpretadas erróneamente como bacteriófagos. En realidad, estas bacterias
están constituidas por los “fagos” y se reconvierten nuevamente en estas formas
de vida cuando las condiciones de supervivencia no son las idóneas. Günther
Enderlein (1872–1968) describió este proceso de generación de bacterias a
partir de estructuras invisibles, así como su evolución a formas más complejas
y su vuelta a la etapa anterior.
Basado en estos motivos rechazó la teoría de las células
según la cual la vida procede de las células y está celularmente
organizada. Yo mismo, siendo un joven estudiante, aislé uno de estos
“fagos” encontrado en un alga marina y en su momento creí haber descubierto el
primer virus “inofensivo”, el primer “sistema de virus-huésped”.
La concepción de que las bacterias son organismos que pueden
vivir autónomamente sin otros seres vivos no es correcta. De manera aislada
mueren automáticamente transcurrido un tiempo. Los implicados no han caído en
la cuenta de que tras el “aislamiento” exitoso de una bacteria una parte de la
muestra se congela y se trabaja con ella durante décadas. El concepto de la
bacteria, la idea, de que puede ser un organismo vivo autónomo, es un artefacto
de laboratorio, es un error de interpretación.
La suposición resultante de que las bacterias no mueren es
también incorrecta. Inmortales son las bacterias únicamente cuando se
encuentran en simbiosis con muchas otras bacterias, hongos y posiblemente con
muchas otras formas de vida desconocidas, o difícilmente caracterizables, como
las amebas. Las amebas, bacterias u hongos, crean esporas tan pronto como las
condiciones de vida dejan de ser las óptimas y despiertan tan pronto como éstas
vuelven a un nivel óptimo. Si se compara con el ser humano se llega a la misma
conclusión: Sin un entorno vivo, del cual, y con el cual se pueda vivir, nada
puede existir.
Esto va más allá. No sólo la concepción antes mencionada se
cae por su propio peso, también la idea y la suposición del hecho aparentemente
comprobado de una materia muerta. Las observaciones y suposiciones de una
“materia activa” (como los físicos la denominan) y animada es desestimada como
vitalismo anticientífico. Sin embargo, hay indicios de que todos los elementos,
a los que la “opinión predominante” de la “ciencia” no les concede ninguna
fuerza vital, se desarrollan desde la sustancia original de la vida: la
sustancia de la membrana del agua. De los elementos se originan los ácidos
nucleicos y en torno a ellos la vida biológica en forma de amebas, bacterias,
tardígrados (osos de agua) y otras formas cada vez más complejas. Hay dos
saberes que fundamentan este enfoque. El primero de ellos puede uno verlo en sí
mismo y en otros, en concreto que la vida biológica en forma de nuestro cuerpo
es una materialización de unidades de conciencia.
Las interacciones y cambios concretos de nuestros órganos y
psique, causados por choques de información como por ejemplo una palabra
hiriente o liberadora, son entendibles y corroborables en uno mismo y en otros
y permiten una cierta predictibilidad. Con ello se cumplen los tres criterios
de la caracterización científica. Estos conocimientos y este saber acerca de
las interrelaciones nos liberan de la mentalidad dualista de bueno-malo llena
de miedo y de los consiguientes patrones de conducta. Con esta iluminadora
comprensión se explican los fenómenos de la enfermedad, la curación, las crisis
en los procesos de curación, los bloqueos en dichas curaciones y los fenómenos
de la sucesión de enfermedades, alias contagios en la antigua manera de pensar.
Virus, es hora de que te vayas.
La pesadilla de los científicos materialistas parece haberse
hecho realidad: la materia, en apariencia inanimada, es materia animada y
vital. El vitalismo, según el cual hay una fuerza vital inherente a todo, fue
combatido por los filósofos griegos post-socráticos Demócrito y Epicurio y por
la Ilustración que se remitió y legitimó expresamente en ellos. La
fundamentación explícita era evitar que se repitiera el abuso de la fe que se
había dado a lo largo de la historia. Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, los
ilustrados obviaron que al negar y desestimar como no cuantificable a la conciencia,
al espíritu y a sus áreas de efecto, se convirtieron ellos mismos de manera no
intencionada en destructores de la vida y en enemigos mortales del hombre.
Ellos adaptaron en su concepción materia- lista del mundo, punto por punto,
todas las interpretaciones históricas del dualismo del bien y el mal,
características de los filósofos, de las religiones y de los teóricos del
estado.
Estas interpretaciones del bien y el mal, descubiertas y
descritas por Silvio Gesell (en el campo de la medicina) y por Iván Illich (en
general), se incrementan constantemente por motivos de beneficio
económico, con consecuencias fatales. Nuestro sistema monetario, con su
inherente imposición de crecimiento constante y creciente, genera crisis
cíclicas y conlleva ganadores cada vez más poderosos y simultáneamente pobreza
y miseria crecientes. Los implicados, que desconocen los obstinados y
matemáticos mecanismos propios del sistema monetario, interpretan esto como la
existencia de un principio independiente de maldad. Las personas éticamente
puras del lado de los ganadores entienden sus ganancias, inevitablemente
generadas, como gracia o elección divina. Esto no sólo fue la base del
maniqueísmo (Mani = fundador de la religión, sus seguidores = maniqueos), sino
que además fue y es la fuerza de empuje de los aspectos peligrosos y las
repercusiones de la industrialización, como ya detectaron Max Weber y
otros.
Resurrección de la virología abandonada en 1951/1952 por
el ganador del premio Nobel, John Franklin Enders
El contexto más amplio del desarrollo erróneo de la biología
y medicina, el dogma infundado de la llamada teoría celular según la cual el
cuerpo se desarrolla a partir de células y no de tejidos, ya ha sido tratado en
diferentes publicaciones de la revista WissenschaftPlus desde 2014. En 1858 fue
libremente inventada la teoría celular de la vida, la “patología celular”, base
exclusiva hasta hoy de la biología y medicina. Ésta alega que todas las
enfermedades provienen de una célula que se degenera creando un veneno, virus en
latín, que enferma. Dos puntos fundamentales fueron condición indispensable y
base de la aceptación global actual de la patología celular, sobre la que se
desarrollaron necesariamente las teorías de la infección, del cáncer, de los
genes y del sistema inmune:
a. La teoría celular sólo pudo imponerse gracias
a que Rudolf Virchow ocultó conocimientos cruciales sobre los tejidos. Los
conocimientos ya existentes en 1858 acerca de la constitución, función e
importancia central de los tejidos en el desarrollo y visibilidad de la vida
refutaban en lo fundamental a la teoría de la célula y las teorías de ella
derivadas del cáncer, los genes y la inmunidad.
b. Las teorías de la infección sólo pudieron
establecerse como un dogma global gracias a las políticas concretas y a la
euge- nesia del Tercer Reich. Antes de 1933 determinados científicos se
atrevían a contradecir estas teorías, después de 1933 estos científicos
críticos fueron apartados. Cabe mencionar que tanto los expertos de uno y otro lado se
encontraban mayoritariamente en Alemania por aquel entonces.
Para trabajar con “virus” y poder llevar a cabo pruebas
aparentes de infección, los “primeros” virólogos previos a la renuncia de la
virología en 1952 estaban obligados a licuar y filtrar los tejidos “enfermos” y
descompuestos. El filtrado concentrado contenía, según se creía, el veneno de
la enfermedad, una toxina, que era constantemente producida por las células
enfermas. Un “virus” era hasta 1952 un veneno patógeno en forma de una proteína
que, como una enzima, de manera desconocida causaba un daño que desembocaba en
una enfermedad y que podía propagarse. La idea de un virus tras 1953, año de la
publicación de una supuesta sustancia genética en forma de hélice alfa, era una
perniciosa sustancia genética envuelta en una capa de proteína. Entre 1952 y
1954 tuvo lugar un cambio de paradigma de cómo debía de imaginarse un virus.
Con los líquidos filtrados de órganos o fluidos
descompuestos, que supuestamente contenían dichas proteínas y enzima que
representaban al virus, se llevaron a cabo “experimentos de infección” con
animales. Los resultados debían demostrar que había un virus presente y que
causaba la enfermedad que se le atribuía. Lo que nunca se mencionó públicamente
es que los síntomas atribuidos al virus nunca pudieron replicarse en los
experimentos con animales, sólo se consiguieron síntomas “similares”. Estos
síntomas similares en animales se equiparaban con las enfermedades humanas.
Esto no puede considerarse como una comprobación científica, al contrario.
Aún hoy faltan en los “experimentos de infección” pruebas de
control, es decir, la comprobación de que los síntomas provoca- dos sean
causados por un virus y no por la “manipulación” de las muestras durante el
llamado “experimento de infección”. Con el fin de descartar que no fueron los
fluidos de tejidos descompuestos los que causaron los síntomas en las pruebas
con ani- males, se debería de haber llevado a cabo exactamente el mismo
procedimiento, pero con otros fluidos esterilizados, para comparar. Esto en
cambio nunca ha ocurrido. Hasta hoy se llevan a cabo experimentos crueles con
animales durante los que –como, por ejemplo, para demostrar la transmisibilidad
del sarampión– se inmoviliza y rasura a un mono en una cámara de descompresión
y se le introduce supuesto líquido infectado mediante una sonda por la nariz
hasta llegar a la tráquea y los pulmones. Los mismos daños en el animal serían
causados por el empleo de una solución de sal de cocina, de sangre
esterilizada, pus o saliva. Los síntomas provocados, que sólo son “parecidos” a
los del sarampión, son equiparados igualmente a los del sarampión.
Los fluidos presuntamente infectados son pasados por un
filtro impermeable a bacterias y/o calentados ligeramente. De esta manera
deducen los científicos que el sufrimiento y la muerte de los animales en los
experimentos de infección no será provocado por bacterias, sino por patógenos más
pequeños, los virus. Los implicados ignoran hechos ya conocidos anteriormente,
como que existen un número extremadamente más alto de bacterias desconocidas
que conocidas, que muchas de ellas son resisten- tes al calor y que sus esporas
no se pueden filtrar. Aquí también es importante mencionar que de igual manera
no hay indicios de que las bacterias provoquen enfermedades. Toman parte a
menudo en procesos de enfermedad como lo hacen los bomberos para apagar un
incendio. No son causantes, sino parte de los procesos de reparación con pleno
sentido biológico. Como prueba aparente del supuesto papel negativo de las
bacterias tenemos sólo –como en el caso de los virus– experimentos con animales
extremadamente crueles y sin sentido que adolecen del mismo problema: la falta
de pruebas de control.
Enders y la Polio
Hasta el año 1949, los virólogos reproducían los presuntos
virus-proteína poniendo un fragmento de material descompuesto proveniente de un
“tejido infectado” por el virus sobre una lámina de tejido “sano” del mismo
tipo. La propagación de la descomposición, que era visible y pasaba del tejido
“enfermo” al sano, se interpretó erróneamente como la multiplicación y
propagación del virus, del veneno patógeno. Las pruebas de control, llevadas a
cabo en 1951 por primera vez por los virólogos de entonces, constataron que se
trataban de procesos de descomposición normales y no de un virus presente
únicamente en tejidos “enfermos”.
Enders “descubrió” por casualidad en 1949 –en un momento en
el que no pudo disponer de tejido nervioso reciente y “sano”– que también otros
tejidos distintos a los nerviosos se veían afectados por la descomposición
cuando entraban en contacto con fragmentos de cerebro de una persona muerta por
“polio”. Hasta entonces los virólogos tenían la creencia de que cada virus
podía reproducirse únicamente en aquellos tejidos a los que podía dañar. Por el
supuesto “descubrimiento” de que los “virus” pueden multiplicarse en otros
tejidos dentro del cuerpo humano sin dañarlos, Enders y sus colaboradores
obtuvieron el 10 de junio de 1954 el premio Nobel de Medicina.
Desde entonces, el presunto “virus de la Polio” se
reproducía mezclando piel humana de un feto y tejido muscular de un feto con
fragmentos de cerebro de personas muertas por polio y llevando la mezcla a la
descomposición. El filtrado resultante se consideraba que contenía el virus. El
famoso Jonas Salk tomó esta idea sin mencionar a sus descubridores. El filtrado
de piel y músculo de feto humano lo empleó Salk como vacuna contra la Polio y declaró
ante el New York Times que la vacuna era efectiva y segura, lo cual le generó a
Salk ganancias de millones, gracias a la vacuna contra la Polio. Por supuesto,
no implicó a los descubridores de esta idea de emplear tejidos de fetos humanos
descompuestos.
Por estos motivos, Enders trabajó bajo mucha presión para
desarrollar una nueva técnica sobre la cual pudiera reclamar sus derechos desde
el principio. Decidió apoyarse en el segundo ámbito más lucrativo de la teoría
de la infección: la sintomática definida como sarampión. Así, Enders trasladó
la idea y los métodos de la bacteriología y creyó que los fagos eran los virus
de las bacterias.
Análoga a la técnica ya conocida de demostrar la acción
bactericida de añadir fagos a un césped bacteriano (placa Petri con una
gelatina que contiene bacterias y alimento para las mismas), Enders desarrolló
una para los virus en la que, a un frotis de tejido, se le añadían fluidos
presuntamente infectados. De manera análoga a la muerte de las bacterias por
los fagos, la muerte del frotis de tejido con la presencia del supuesto virus
del sarampión fue equiparada con la prueba de su existencia, de su aislamiento
y de su reproducción. Exactamente este mismo protocolo es el empleado hoy
para el sarampión y, con pequeños cambios, para la “comprobación” del resto de
virus causantes de enfermedades. La mezcla de tejidos y células muertas es
calificada como vacuna “viva atenuada”. No obstante, si los científicos sólo
aíslan proteínas individuales del virus, asumen que éste ha “muerto”; y si se
emplean estos componentes individuales para las vacunas, hablamos entonces de
vacuna inactiva o muerta.
En comparación con otras vacunas, Enders asoció un notorio
alto número de muertos y afectados por la vacunación de Polio de Salk a la
contaminación de la vacuna con otros virus humanos desconocidos; argumento al
que, por otra parte, se aferran sin fundamento los conspiradores del “bien y el
mal” con sus suposiciones acerca de los virus creados en laboratorio y las
armas biológicas. Enders trabajó por tanto con tejidos de riñones de mono y de
suero fetal (sangre sin componentes sólidos) provenientes de caballos y terneros,
y no de humanos.
Hay cuatro diferencias determinantes que distinguen la
comprobación de los fagos de las bacterias, que realmente existen, de la
comprobación, según Enders, de los presuntos “virus” de humanos y animales.
Estas diferencias hacen aún más evidente lo erróneo de las hipótesis de Enders;
quien debido a su premio Nóbel –y a pesar de sus dudas claramente formuladas–
llevó a todo el gremio, y con él a todo el mundo (ver sólo el pánico del
coronavirus) a una trampa… con la excepción de un bonito e inquebrantable
pueblo suabo a orillas del lago Constanza:
- Los
fagos de las bacterias son aislados en realidad, y en un sentido pleno de
la palabra “aislamiento”, con métodos estándares (centrifugación por
gradiente de concentración). Justo tras el aislamiento son fotografiados
en el microscopio electrónico; y en un paso es determinada tanto su pureza
como la composición bioquímica de sus componentes: las proteínas y el
material hereditario contenido.
- En
el caso de todos los “virus” de humanos, animales o plantas, nunca se ha
aislado un virus, tampoco se ha fotografiado en aislamiento y sus
componentes no se han representado bioquímicamente. Lo que ocurrió fue un
proceso de construcción de un consenso que, a lo largo de los años, fue
identificando componentes individuales de células muertas y asignándolos
conceptualmente a un modelo de virus. En este proceso de interpretación
estaban los fagos, que sirvieron como modelos para los primeros “virus”
dibujados.
- Los
tejidos y células empleados para la “comprobación y reproducción” de los
“virus” son previamente tratados de manera muy concreta antes de ser
expuestos a la “infección”. Primero se les retira el 80% de la solución
nutritiva para dejar hambrientas a las células y que absorban mejor a los
virus. La muestra es expuesta a antibióticos para descartar que sean las
bacterias –siempre presentes en los tejidos y en los sueros– las causantes
de la muerte del tejido. Desde de 1972, la Bioquímica reconoció que los
antibióticos empleados ya dañan y matan a las células por sí mismos sin
que los virólogos tuvieran este hecho en cuenta. Los factores de
“inanición” y “envenenamiento”, que en evidencia causan la muerte de las
células, son en cambio interpretados erróneamente como prueba de la
presencia, aislamiento, efecto y multiplicación de los supuestos virus.
- Las
pruebas de control obligatoriamente requeridas por la ciencia, con las
cuales se podría descartar, que en lugar de un virus lo que hay es
solamente componentes típicos de células erróneamente interpretados como
virus, no se han llevado nunca a cabo. Estas pruebas de control sí se
llevaron a cabo en el caso de los fagos con su correspondiente
comprobación, aislamiento y caracterización tanto bioquímica como mediante
el microscopio electrónico.
Las especulaciones de Enders del 1 de junio de 1954 acerca
de la posible comprobación de un “agente” que “eventualmente pudiera” tener un
papel en el sarampión fueron elevadas al rango de “hecho científico” tras ganar
el premio Nobel por su “vacuna de la Polio”, hecha con fetos humanos. No sólo
eso, dichas especulaciones acabaron siendo la base fundacional de la nueva
virología genética después de 1952. Unos meses después de ganar el premio
olvidó y ocultó sus dudas expuestas en la publicación de 1954. Él supuso
–molesto por el robo de la idea de la vacuna de la Polio por Jonas Salk– que
todos los futuros desarrollos referentes a una vacuna del sarampión se basarían
en su técnica.
Enders, en el proceso de matar sus cultivos de tejido de
manera inintencionada (sin pruebas de control –¡lo que juega un rol principal
en la defensa frente a la imposición de la vacuna del sarampión!–, añadió un
frotis de un joven de 11 años, supuestamente enfermo de sarampión, llamado
David Edmonston a su muestra de tejido, lo que dio al modelo original del virus
del sarampión, así como a la vacuna, el nombre de “cepa Edmonston”. Aquí cabe
mencionar que la sin- tomatología adscrita a una enfermedad concreta cambia con
el tiempo y en aquel entonces la enfermedad del joven fue identificada como “sarampión”.
Incluso hoy una enfermedad puede tener distintas definiciones según el país.
Como ya hemos mencionado, la muerte del tejido de muestra fue conceptualmente
englobada dentro de un modelo de virus. Una parte de la mezcla de tejido
inintencionadamente muerto de simio y de suero fetal de ternero se congela
para, a través de la sucesiva inoculación de tejidos muertos, fabricar
nuevamente “virus del sarampión” y “vacunas vivas atenuadas” del mismo. Es
decir, el cultivo celular original que dio lugar al “virus” y a la “vacuna” se
renueva progresivamente.
La importancia de la victoria en el proceso judicial del
virus del sarampión
Los puntos decisivos del proceso judicial del virus del
sarampión (2012 – 2017) como los dictámenes periciales, protocolos y sentencias
a los que en lo sucesivo me voy a referir, se pueden encontrar de manera
gratuita en internet en www.wissenschafftplus.de/blog/de.
otros dictámenes periciales y refutaciones de las suposiciones del virus del
sarampión, que el jurado no tomó en cuenta, pueden encontrarse publicadas entre
2014 y 2017 en diversas ediciones de la revista WissenschafftPlus.
El trasfondo del proceso judicial del virus del sarampión
comenzado en 2011 fue, nada más y nada menos, la protección de la exigencia de
vacunarse obligatoriamente contra el sarampión. Una antigua ministra federal de
justicia me llamó y me preguntó por pruebas actuales con las que evitar la
imposición de la vacunación obligatoria frente al sarampión. Un fiscal superior
nos dio el consejo de organizar un concurso para así asentar, en el juicio
resultante, un precedente judicial en el derecho civil que asentara que no hay
pruebas científicas para las suposiciones acerca de la existencia de un virus del
sarampión, ni de la supuesta seguridad y eficacia de una vacuna contra el
mismo. Esto funcionó completamente y se puede comprender si se sabe que la
publicación de John Franklin Enders del 1 de junio de 1954 se convirtió en la
única y exclusiva base de toda la nueva virología del gen; es decir en la base
de la producción de vacunas con “virus vivientes”, después de que la vieja
virología se auto disolviera en 1951–1952.
Como sabía que el Instituto Robert Koch (IRK), en contra de
su obligación legal, no había publicado un solo documento sobre la supuesta
existencia del virus del sarampión, exigí para la obtención de un premio de
100.000 euros la presentación de una publicación científica del IRK que
incluyera una argumentación pormenorizada y científica que evidenciara la
existencia del virus del sarampión. Un joven médico proveniente del Sarre me
presentó seis publicaciones, ninguna de ellas del IRK: la publicación original
de Enders del 1 junio de 1954 y otras cinco que se refieren exclusivamente a
Enders, entre ellas la única revisión sistemática del estudio del virus del
sarampión. En este trabajo se relata con detalle la ardua búsqueda de un
consenso, que duró décadas para determinar qué componentes de los tejidos
moribundos debían ser incluidos en el modelo del virus del sarampión y cuáles
no. Además, se describe cómo el modelo del virus del sarampión fue modificado
constantemente.
Yo le respondí al joven médico que, en las publicaciones
presentadas, no se veía en ninguna parte estructuras virales, sino componentes
y estructuras propias de las células. Él, por su parte, me urgió a pagarle la
suma completa del premio con el fin de evitarme una ardua (como así fue)
“disputa legal”. Luego, interpuso una demanda judicial ante el jurado
provincial de Ravensburg sin presentar las seis publicaciones. El jurado falló
en mi contra sin ni siquiera haber tenido en la mano las seis publicaciones ni
haberlas incluido en el acta. Además, la condena impuesta por el jurado
provincial de Ravensburg tuvo lugar en condiciones fuera de lo común.
El demandante, en el juicio de apelación ante el tribunal
Superior de Justicia de Stuttgart, reconoció ante el juez que no había leído
las seis publicaciones. Él confiaba, por tanto, exclusivamente en la “ardua
disputa legal” como única vía para derrotarme a mí y, por ende, derrotar la
refutación central del concepto de vacunación.
Probablemente fue víctima él mismo de la creencia errónea de
los virus al confiar en sus colegas, los mismos que tampoco se percataron del
desarrollo erróneo de la medicina desde 1858. El no querer comprobar ni poner
en duda sus hipótesis, los hizo tanto agresores como víctimas de la creencia en
las teorías de la infección y en la confianza en las vacunas.
Es creíble que el demandante, que me presentó a mí las
publicaciones, pero no al jurado, nunca leyera los textos. Como mínimo él no
los buscó, ya que son exactamente las únicas publicaciones, entre los más de
30,000 artículos científicos que tratan el “sarampión”, que hacen referencia a
la hipótesis de que el sarampión existe. Todos los demás, cuya cantidad es
imposible de manejar por una sola persona, parten “a priori” del hecho de que
el virus del sarampión existe y se limitan a remitirse “a la cita de la cita”
sin tratar el tema de la existencia directamente. En conclusión, todo se
retrotrae a la aparente “demostración” llevada a cabo por Enders el 1.6.1954.
El jurado del tribunal de distrito de Ravensburg se decidió
en 2014 a procesar la demanda interpuesta por el ya enton- ces médico y
concluyó que, para el pago del premio, no era necesario presentar publicaciones
del Instituto Robert Koch. También se concluyó que tampoco era necesario que la
comprobación de la existencia del virus fuera presentada en una única
publicación, sino que la exigencia de comprobación del concurso podía cumplirse
con la suma de 3366 publicaciones (la suma de publicaciones citadas en los 6
artículos presentados como evidencia) de los años 1954 a 2007.
El perito seleccionado por el jurado, el Prof. Dr. Dr.
Podbielski de Rostock, argumentó en consecuencia (o el jurado provincial ajustó
su decisión de apertura a la opinión del experto): “Tengo que aclarar con
respecto a la terminología, que las comprobaciones en el sentido clásico como
en la matemática y la física no se pueden dar en la biología. En la biología
sólo se puede de antemano recabar indicios, que en algún momento en su conjunto
pueden alcanzar valor probatorio”.
Debido a esta suposición extremadamente anticientífica,
fruto de la falta de pruebas de Podbielski y de su sesgo causado por las
discrepancias entre la realidad y sus creencias preconcebidas, ocurrió algo que
los investigadores de la conducta definen como conducta de desplazamiento.
Podbielski inventó, en su desesperación, una excusa a modo de escapatoria,
concretamente que la biología y la medicina que se basa en ella, la vacunación
etc. son per se anticientíficos y carecen de comprobación posible: sólo una
colección de indicios puede “en algún momento” y “de alguna manera” (=práctica)
alcanzar valor probatorio. Dicha confesión sobre la poca practicidad de la
biología y medicina actuales, así como de su evidente falta de rigor
científico, no se ha plasmado nunca de manera tan clara.
Lo más importante ahora mismo es hacer un uso efectivo, por
ejemplo por la vía legal, de estas y otras evidencias sobre la falta de rigor
científico acerca de la teoría de la infección y de las políticas de
vacunación, que ya están suponiendo una agresión a nuestros derechos
fundamentales. Desde el 13 de febrero de 2020 se estableció con carácter legal
la obligatoriedad de la vacunación del sarampión en Alemania y el 1 de marzo de
2020 se hizo efectiva dicha imposición. Esta imposición debe desaparecer.
Continuación de este artículo sobre:
1. La obligación de la ciencia a realizar pruebas de
control. En contra de la declaración judicial protocolizada del profesor
Podbielski y de sus suposiciones, ni la publicación central presentada como
prueba de la existencia del virus, ni las publicaciones subsiguientes,
contienen pruebas de control.
2. La importancia central del veredicto judicialmente
vinculante del tribunal superior de justicia de Stuttgart del 16 de febrero de
2016, número de expediente 12 U 63/15, para la totalidad de la virología y de
la vacunación.
3. Reportes y recomendaciones que ya se han llevado a cabo
para “revertir” la obligatoriedad de la vacunación del sarampión serán
expuestos en la próxima edición Nr. 2/2020 de WissenschafftPlus.
https://joanfliz.blogspot.com/2020/11/la-medicina-oficial-esta-completamente.html
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