LA EDAD DE LOS ESCLAVOS
Lo
peor que le puede suceder a un prisionero es que acabe sintiendo los
muros de su celda como su hogar.
Cuando un ser humano llega a este estado, ya no sabe ser libre; es el máximo nivel de esclavitud al que se puede llegar.
Y parece que todos hemos llegado ya a ese punto.
Todos vemos las cadenas que nos aprisionan como algo natural y cotidiano; forman parte integral de nuestra vida de tal manera, que ya creemos que son una extensión de nuestros propios cuerpos y de nuestras propias mentes.
Una de esas cadenas que tanto nos inmoviliza, es la concepción que tenemos sobre nuestra EDAD y las obligaciones que conlleva.
Cuando venimos a este mundo, se extiende ante nosotros un terreno fértil e inexplorado, sin barreras ni muros de ningún tipo. Se trata de nuestro tiempo de vida, un mapa en blanco que debemos dibujar a medida que lo recorremos.
Pero la sociedad jamás nos permite que lo exploremos libremente, como el territorio virgen que es.
Desde muy temprana edad, el Sistema inocula en nuestro cerebro fronteras imaginarias, lineas divisorias y caminos de obligado recorrido, que acaban configurando la única forma de explorar nuestro tiempo vital.
Así es como ese territorio virgen queda dividido en regiones ficticias formadas por las diferentes edades de nuestra vida: la adolescencia, la juventud, la madurez, la vejez, cada una de las cuales debemos vivir obligatoriamente de determinada manera si queremos ser aceptados por los demás e integrarnos en los mecanismos sociales.














