1.7.26

El universo podría rebosar de pensamientos, lógicas y sentimientos bien distintos

EL PRINCIPIO COPERNICANO DE LA MENTE    

La conciencia no pertenece solo al carbono ni al cerebro humano

La historia de la ciencia es, en gran medida, la historia de nuestras sucesivas curas de humildad. Primero descubrimos que la Tierra no era el centro del universo; luego, que nuestro Sol era solo una estrella ordinaria entre miles de millones en una galaxia cualquiera; y, finalmente, que nuestra especie es el producto de un proceso evolutivo ciego y no la cúspide de una creación mística. 

Sin embargo, hay un último bastión del excepcionalismo humano que nos resistimos a abandonar: la idea de que nuestra forma de conciencia es la única, o al menos el modelo estándar, en el cosmos.

Asumimos de manera casi inconsciente que para sentir, sufrir, planificar o experimentar el mundo se requiere un cerebro de carne y hueso, un sistema nervioso central y una química orgánica basada en el carbono. Pero, ¿y si estuviéramos cometiendo el error conceptual más grande de la historia de la filosofía de la mente?