EL HOMBRE QUE NO TIENE PRECIO
DISCIPLINA, ESPÍRITU
Y CIVILIZACIÓN
Una civilización no desaparece solo cuando es invadida, fragmentada o privada de su soberanía. Puede conservar fronteras, edificios públicos, ejércitos, universidades y banderas, y aun así estar muerta.
Su fin comienza cuando quienes la habitan dejan de distinguir entre vivir y funcionar, entre deseo y voluntad, entre libertad y la mera posibilidad de elegir entre bienes equivalentes. Es esta muerte interior la que prepara el camino para todas las demás.
Cada sistema político produce su propio modelo de humanidad. El liberalismo ha engendrado un individuo que se considera origen, medida y dueño de sí mismo. Un ser convencido de que la felicidad consiste en expandir su propia esfera de placer, reducir toda restricción y transformar el mundo en materia a su disposición.













