LECCIONES PREMATURAS DE UN CONFLICTO INACABADO
La justicia tiene los ojos vendados por un buen motivo: porque la imparcialidad y el respeto a la verdad deben prevalecer sobre cualquier otra consideración. Pues bien: el primer principio general que podemos inducir de esta guerra es la dificultad de emitir juicios objetivos sobre un acto o sobre un conflicto sin que nos influya la simpatía o antipatía que sentimos por el actor o por alguna de las partes.
Esta característica tan humana nubla nuestra capacidad de análisis y nos empuja a pontificar sobre valores para encubrir inconscientemente nuestros sesgos y dobles raseros. En el caso que nos ocupa, me resulta imposible no sentir una profunda aversión hacia un régimen demente, siniestro y liberticida como el iraní, que, además de patrocinar el terrorismo, reprime a tiros a manifestantes desarmados matando a miles de ellos. Pero, precisamente por ser ésta la realidad, la realización de este ejercicio resulta tan aleccionadora.La guerra preventiva
El actual conflicto en Irán —otra «operación militar
especial», supongo— es, una vez más, una guerra no aprobada por ningún Congreso
ni comunicada formalmente al adversario. Ha constituido, en esencia, un ataque
realizado por sorpresa en medio de unas negociaciones un día después de que el
mediador ―el ministro de Exteriores de Omán― hubiera afirmado que iban bien
encaminadas. Al hacerlo, EEUU e Israel han obtenido la ventaja táctica de la
sorpresa y descabezado el régimen iraní, pero al precio de perder parte de su
autoridad moral y el relato de la propaganda, fuera y dentro de Irán.
Lamentablemente, hoy la oposición interna al régimen parece más débil que antes
del ataque.
Según los atacantes, se trata de un ataque «preventivo».
Este concepto escapa de la doctrina de la guerra justa, que sólo admite el uso
de la fuerza militar en legítima defensa y, además, de forma restrictiva.
Naturalmente, existen muchos precedentes de ataques preventivos, pero quizá el
más famoso es el que realizó Japón en Pearl Harbour en 1941. En aquella
ocasión, Japón también obtuvo la ventaja táctica de la sorpresa (relativa),
pero resultó efímera, pues al perder el relato de la propaganda, facilitó la
hasta entonces impopular entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial (que
deseaban sus líderes, pero no su pueblo).
El día después del ataque, el entonces presidente Roosevelt
acudió al Congreso a pedir la declaración de guerra con un discurso que se
haría famoso: «Esta fecha quedará marcada por la infamia, pues los Estados
Unidos de América fueron atacados repentina y deliberadamente por las fuerzas
navales y aéreas del Imperio de Japón cuando estaban en paz con esa nación y
seguían manteniendo conversaciones con su Gobierno con miras a mantener la paz
en el Pacífico».
Por favor, relean el párrafo anterior, pero reemplazando EEUU por Irán y el «Imperio de Japón» por EEUU: ¿encuentran muchas diferencias entre aquella «infamia» y el actual ataque? Imaginen ahora que, en vez de bombardear una base naval en un lejano archipiélago perdido en medio del océano, los japoneses hubieran bombardeado la Casa Blanca matando a Roosevelt, a su mujer y a parte de su gobierno. ¿Cómo sería calificado semejante ataque? Imaginen que, para más inri, ese mismo día los japoneses hubieran bombardeado por error una escuela infantil.
Es lo que ha ocurrido en una escuela de la
ciudad iraní de Minab, en la que han muerto, según UNICEF, 168 niñas. El
gobierno norteamericano sigue lanzando cortinas de humo sobre su presunta autoría,
aun después de que apareciera prueba fehaciente de que la escuela ―colindante
con unos barracones de la Guardia Islámica― había recibido el impacto de un
misil Tomahawk.
Las nuevas reglas
El segundo principio es que toda acción tiene consecuencias
no deseadas, pues el ser humano es falible y está sujeto a su naturaleza caída,
flaquezas que la patología del poder aumenta considerablemente. El ataque
preventivo norteamericano-israelí ha comenzado por el asesinato del mandamás
iraní y de algunos miembros de su gobierno que quizá se reunían para discutir
el avance de las negociaciones. ¿Debemos entender que son éstas las nuevas
reglas de enfrentamiento en las relaciones internacionales? Algunos
argumentarán que el hecho de que los yonquis del poder se maten entre ellos en
vez de enviar a otros a morir desde una distancia segura tiene su atractivo,
pero ¿no crea esta acción un precedente inquietante?
¿Quién confiará en una negociación para evitar un conflicto
armado si se admite la posibilidad de que una parte rompa por sorpresa la
negociación matando al máximo responsable de la otra parte? ¿No revela esta
acción, una vez más, el doble rasero que aplican EEUU e Israel («las reglas son
para ti, no para mí»)? Y si la finalidad aparente de todo este conflicto es
evitar la proliferación de armas nucleares (o más bien, la protección del
privilegio monopolístico del club que ya las posee), ¿no lanza esta acción el
mensaje contrario, esto es, que, si no quieres que te pase a ti, más vale que
te conviertas en una potencia nuclear como única forma de protección efectiva?
El supuesto objetivo del descabezamiento del régimen iraní
era propiciar la llegada de un nuevo gobierno menos hostil. Dudo sinceramente
que Israel, siempre tan bien informado a través de sus eficaces agencias de
inteligencia, lo creyera realmente, aunque otra cosa es que Netanyahu se lo
hiciera creer a Trump. En cualquier caso, como comentaba un analista, EEUU
tardó en Afganistán 20 años en pasar de los talibanes a los talibanes, pero en
Irán ha tardado sólo 9 días en pasar de Jamenei a Jamenei.
Pretextos para la guerra
Decía Tucídides que hay que distinguir entre los pretextos
de los conflictos y sus causas últimas. El tercer principio, por tanto, es que,
para justificar sus guerras, los yonquis del poder siempre buscan pretextos
para que la población les apoye, pues el hombre es un ser moral que debe
justificar en su propia conciencia algo tan extremo como matar a otro ser
humano o realizar el sacrificio último de morir por una causa. Por lo tanto, la
propaganda bélica siempre comienza dibujando el conflicto como una lucha entre
el bien y el mal, canonizando la razón propia y demonizando la del enemigo.
En esta ocasión, y a pesar de sus intentos, el gobierno
norteamericano no ha logrado aclarar qué quería prevenir con esta guerra
«preventiva», que atañía a Israel, pero no a EEUU. En efecto, las explicaciones
estadounidenses han ido variando casi de hora en hora sin pudor ni pretensión
alguna de coherencia. Primero nos dijeron que se quería evitar que Irán
construyera armas nucleares. Steve Witcoff, enviado especial y negociador
internacional amateur del presidente Trump, alertaba el 22 de
febrero de que Irán podía obtener armas nucleares «en una semana». Esto
contradecía las declaraciones de Trump de junio de 2025, cuando, tras
bombardear las instalaciones nucleares subterráneas de Irán, aseguró que habían
sido «completamente destruidas». Según la Casa Blanca, tanto la Comisión de
Energía Atómica Israelí como el jefe de Estado Mayor del ejército israelí confirmaron
que el programa nuclear iraní «se había retrasado años, repito, años».
El bombardeo de junio de 2025, por cierto, se produjo a
pesar de que las agencias de inteligencia norteamericanas concluyeran tres
meses antes que «Irán no está construyendo un arma nuclear y Jamenei no ha
reautorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003». Por lo
tanto, ¿mintió Trump en junio, ha mentido ahora, o lo ha hecho en ambas
ocasiones? Y si, según la inteligencia norteamericana, Jamenei llevaba prohibiendo
el programa de armas nucleares dos décadas, ¿por qué lo han matado? ¿Y si su
sucesor reactiva dicho programa?
Tras el pretexto de las armas nucleares, el presidente
norteamericano argumentó que el objetivo era descarrilar el programa iraní de
misiles balísticos (nada nuevo), pero inmediatamente pasó a propugnar que el
objetivo era un cambio de régimen ―una especialidad tan americana como la
hamburguesa―, o más bien un cambio de gobierno. En otras palabras, el
advenimiento de una democracia no islamista que devolviera la libertad a los
iraníes no era imprescindible; podía mantenerse el statu quo siempre
que fuera afín a los intereses estadounidenses. Lo mismo había hecho Trump en
Venezuela, donde, para desmayo de muchos, se había conformado con domar a la
tiranía chavista olvidando los afanes de libertad del pueblo venezolano. EEUU
ya reconoce formalmente como legítimo al gobierno de Delcy Rodríguez a pesar
del probado pucherazo de las últimas elecciones.
Guerras por intereses, no por valores
El pretexto que mencionaba Tucídides intenta dotar al
enfrentamiento bélico entre naciones de una reluciente capa de justificación
moral, pero la causa última suele ser mucho más prosaica: el dinero o el afán
de poder. El cuarto principio, por tanto, es que las guerras entre naciones no
suelen lucharse por defender valores, sino intereses, aunque para consumo de
masas se venda lo contrario. Lejos de constituir una excepción, ésta ha sido la
razón última de la política exterior norteamericana desde el final de la Guerra
Fría (y, en varias ocasiones, desde antes). En efecto, en la inmensa mayoría de
las ocasiones, EEUU (como otras potencias hegemónicas del pasado) no ha luchado
por defender valores como la libertad o la democracia, sino sus propios
intereses.
Eso es precisamente lo que hizo en Irán en 1953, cuando
apoyó a Gran Bretaña en el golpe de Estado que ésta organizó para derrocar al
democráticamente elegido presidente Mosaddeq, acabar con la incipiente
democracia iraní e instaurar el Estado policial del shah. Mosaddeq
había osado nacionalizar la industria del petróleo tras intentar
infructuosamente negociar una mejora de las condiciones para los iraníes en el
leonino contrato de la Anglo-Iranian Oil Company. La
arrogancia, la codicia y el complejo de superioridad racial de la Inglaterra de
entonces —liderada por Churchill— impidieron cualquier acuerdo; Mosaddeq se
rebeló y EEUU apoyó la acción subversiva británica por miedo a que el país
cayera en la órbita soviética.
El hecho de que sean los intereses y no los valores los que
guían las relaciones internacionales explica por qué el dictador Sadam Husein
pasó de ser un aliado de EEUU en la guerra Irán-Irak (1980-1988), pudiendo
utilizar armas químicas con el tácito beneplácito norteamericano, a ser
ahorcado por sus anteriores aliados cuando sus intereses divergieron. Los
intereses —no los valores— también explican por qué un sanguinario terrorista
de Al Qaeda, por cuya cabeza EEUU ofrecía hace pocos meses una recompensa de 10
millones de dólares, es ahora recibido como presidente de Siria en la Casa
Blanca y se da abrazos con un sonriente Macron. ¿Al-Asad, no, y este
terrorista barbudo, sí?
¿Qué intereses se defienden en las guerras? En ocasiones son
los intereses de las naciones, pero generalmente (sobre todo en las democracias)
son los intereses del yonqui de poder de turno. En este sentido, los intereses
de Netanyahu y Trump divergen.
Netanyahu se enfrenta a nuevas elecciones en Israel en
octubre de este año y sabe que el ataque a Irán cuenta, según las encuestas,
con el apoyo del 82% de los israelíes. Su probable reelección le aleja, una vez
más, de un posible proceso judicial por presunta corrupción.
Por el contrario, sólo el 40% de los norteamericanos apoya
la intervención en Irán, lo que refuerza la sensación de que Trump cometió un
grave error de juicio al inmiscuirse en una guerra innecesaria y enormemente
arriesgada en la que midió mal la capacidad y voluntad de lucha de su oponente.
No sé si Israel gozará de alguna oculta capacidad de influencia sobre él o si Trump
sufrió un acceso de arrogancia aguda ―la característica más emblemática de su
Administración― tras el exitoso secuestro y arresto del ex tirano Maduro (que
yo, ciertamente sesgado, sigo aplaudiendo), pero se equivocó. El relativo
silencio de Rusia y China en las semanas previas al ataque resultaba
premonitorio: nunca impidas a tu enemigo cometer un error.
Los adivinos
El quinto principio es que el ser humano siente una
fascinación por conocer el futuro. En este sentido, sería temerario realizar
augurios en un conflicto de duración sumamente incierta y con tantos actores
potenciales, lo que aumenta la variedad de posibles escenarios y la posibilidad
de una escalada. Además, la megalomanía de Trump, el belicismo psicopático de
Netanyahu y el insondable fanatismo del régimen iraní, que lucha por su
supervivencia, añaden imprevisibilidad a la situación.
Es posible que a Netanyahu no le importara arrastrar a EEUU
a un conflicto largo que trajera caos o una guerra civil a Irán y convertirlo
en un Estado fallido. Trump, por el contrario, creía que estaba realizando una
operación quirúrgica (veni, vidi, vici), y la cercanía de las elecciones
legislativas en noviembre hace que el paso del tiempo juegue en su contra.
Por su lado, Irán es perfectamente consciente de que el paso
del tiempo aumenta el peso de su potentísima espada de Damocles económica. Para
el siniestro régimen iraní, aguantar es ganar. Finalmente, el aumento del
precio del petróleo y el desvío de recursos militares (finitos) al Golfo
Pérsico convierten a Rusia en la gran beneficiada a corto plazo.
Para calmar a quienes quieren predicciones concretas, diré
que es más fácil prever el futuro respecto de algunas fantochadas del
presidente Trump. Así, la amenaza de poner tropas en Irán («botas sobre el
terreno») es un bluf. En efecto, esto exigiría una logística inmensa en un país
lejano de casi 100 millones de habitantes, con una superficie equivalente a la
suma de España, Portugal, Francia y Alemania y un gobierno que lucharía con
uñas y dientes. No hay cosa que hiciera más feliz al gobierno iraní, como
manifestó recientemente su ministro de Exteriores, pues atraería a combatientes
de toda la zona y causaría miles de bajas al ejército estadounidense. Tras Irak
y Afganistán, esto no va a ocurrir.
La segunda baladronada de Trump es la posibilidad de que la
Armada estadounidense organice desde ya convoyes de escolta para asegurar el
libre paso por el estrecho de Ormuz. Con toda probabilidad, los portaaviones
norteamericanos y sus grupos de apoyo se encuentran a varios cientos de millas de
la zona para evitar ponerse a tiro, lo que significa que, para que esta opción
tenga visos de realismo, la capacidad militar iraní tendría que estar
enormemente deteriorada. Por ahora no es el caso, y es posible que antes de
llegar a ese punto minen el estrecho.
Repercusiones en España
Pero a los españoles no nos incumbe defender los intereses
de otros países, nos caigan mejor o peor, sino los intereses de nuestro país.
En este sentido, lo que me preocupa es que existe un precedente de cómo el
conflicto en Irán puede tener serias repercusiones políticas en España.
En efecto, cuando a principios del año 2025 se convocaron
elecciones en Canadá, las encuestas daban por ganador al Partido Conservador
tras una década de gobierno laborista. Sin embargo, Trump comenzó a realizar
comentarios groseros, humillantes y amenazantes contra aquel país. Aprovechando
la oportunidad, el laborismo buscó el enfrentamiento con Trump y ganó las
elecciones contra todo pronóstico.
Por lo tanto, lo que me preocupa es que la enésima ineptitud
de la no-oposición al apoyar exageradamente un conflicto lejano y dudoso en un
país como el nuestro haya permitido al psicópata Sánchez enarbolar su eficaz
«no a la guerra». No lo subestimen.
Fernando del Pino Calvo-Sotelo
https://www.fpcs.es/lecciones-prematuras-de-un-conflicto-inacabado/

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