HIPERVIGILANCIA Y GUERRA
La democracia que se resquebraja desde dentro del cuerpo
No hace falta vivir en un frente de guerra para sentir que
el mundo se ha vuelto más estrecho, más urgente, más duro. En los últimos meses
(o años) hemos asistido en tiempo real a una sucesión ininterrumpida de
conflictos: guerras declaradas o prolongadas, bombardeos en ciudades densamente
pobladas, invasiones, desplazamientos en masa forzados, niños y familias en
precariedad extrema, y una retórica política cada vez más cercana a la amenaza
de genocidio.
Al mismo tiempo, nuestras pantallas se han llenado de titulares dramáticos y
algoritmos que premian lo más trágico, lo más violento y lo más polarizante. No
es solo miedo, es hipervigilancia crónica. Y esa hipervigilancia no se queda en
la cabeza, se instala en el cuerpo, y desde ahí afecta directamente a la forma
en que pensamos, dialogamos y decidimos.
En el contexto actual, esa hipervigilancia se alimenta por
varios flujos simultáneos: noticias de guerra, discursos de emergencia, datos
económicos cada vez más estridentes y la presencia de imágenes de violencia que
llegan a la intimidad de nuestro día a día a través del teléfono, el ordenador
o la tele.
Lo que no solemos nombrar es que vivir en este estado continuo de alerta no
solo genera ansiedad o insomnio, sino que reconfigura cómo procesamos la
información. El sistema nervioso no está diseñado para mantenerse en alerta
constante. Funciona en ciclos: estrés, pausa, recuperación.
Pero el entorno geopolítico, mediático y económico actual rompe esos ciclos. La
guerra, la amenaza bélica, la saturación informativa y la inestabilidad
económica se convierten en un “estado de fondo”, un ruido de fondo que nunca se
apaga. Y cuando el cuerpo se habitúa a ese sonido, el cerebro deja de funcionar
desde la curiosidad y la reflexión para hacerlo desde la supervivencia.
Guerra, genocidio y nuestras democracias internas
No es exagerado decir que lo que ocurre en Ucrania, en Gaza, en Irán o en otras
zonas de conflicto también está ocurriendo, en otro formato, en el interior de
nuestros cuerpos.
Informes de organizaciones sanitarias y de salud mental han
advertido en los últimos meses que la exposición continuada a noticias de
guerra, genocidio y violencia masiva aumenta de forma significativa la
ansiedad, el miedo, la sensación de impotencia y la percepción de peligro,
incluso en personas que viven en países “estables”.
La guerra no solo destroza territorios, familias y ciudades; también reconfigura
el paisaje mental y emocional de quienes la miramos desde lejos, pero con mucha
cercanía emocional.
Esa reconfiguración tiene un coste político: cuando el cuerpo está en modo
amenaza, el cerebro se vuelve más reactivo, más binario, menos capaz de
sostener la complejidad. El pensamiento crítico se reduce porque la
neurobiología prioriza la supervivencia, no la deliberación.
Se activan menos las regiones asociadas al razonamiento complejo, a la empatía,
a la contención de impulsos y se refuerzan las que responden de forma rápida y
automática. En el terreno social, eso se traduce en discursos más polarizados,
en mayores tendencias a la deshumanización del otro, en la proliferación de
relatos únicos y en la desconfianza hacia cualquier información que no encaje
con la propia narrativa.
El miedo que se cuela en lo cotidiano
El problema no es solo macro, no solo geopolítico; es micro, cotidiano. El
miedo a la guerra, a la economía armamentística, a la inestabilidad, a la
pérdida de derechos y a la impotencia se cuela en las conversaciones de
WhatsApp, en los comentarios de redes, en la mirada que cruzamos con la persona
desconocida en el metro o en el supermercado.
La desconfianza se vuelve un hábito: pensar que el otro va a
manipular, explotar, engañar, desinformar. Esa desconfianza pequeña, cotidiana,
es el combustible silencioso de las grandes estructuras de conflicto.
Cuando el cuerpo se mantiene en tensión, la sensibilidad se apaga. Dejamos de
sentir con precisión el límite entre lo que nos está pasando a nivel personal y
lo que nos está ocurriendo como colectivo. Igual que el cuerpo adormece el
dolor extremo para mantener la vida, el cerebro adormece la complejidad para
mantener la estabilidad emocional.
Y entonces, en lugar de sostener la incertidumbre, el duelo y la ambivalencia,
buscamos certezas rápidas, respuestas simples, chivos expiatorios. Cualquier
relato que nos ofrezca claridad, incluso si es falso, resulta más atractivo que
la incertidumbre real.
Y claro, no podemos sostener una democracia sana con cuerpos permanentemente en
estado de amenaza. La democracia no solo depende de unas instituciones, de unas
leyes o de unas elecciones; también depende de un tejido social capaz de
sostener el conflicto sin caer en el odio, la rigidez o la deshumanización.
El conflicto es parte de la vida; lo que se rompe no es el conflicto, sino la
capacidad de gestionarlo de forma compleja, dialogante y no violenta.
La hipervigilancia crónica favorece, en cambio, el
pensamiento binario, la reacción rápida, la agresividad verbal y la
desconfianza generalizada. En redes y en los discursos públicos se percibe un
aumento de la agresividad, la descalificación directa del otro y la dificultad
para sostener conversaciones donde coexistan más de una verdad. La capacidad de
escuchar activamente, de dudar, de matizar, de cuestionar sin perder el
vínculo, se erosiona cuando el cuerpo está en modo alerta constante.
Hacia una política del cuerpo y del pensamiento Si el problema también es
corporal y neurológico, entonces la respuesta no puede ser solo una respuesta
política, militar o mediática. También debe ser una política del cuerpo y del
pensamiento. La regulación corporal -es decir, la capacidad de volver a
conectar con el propio cuerpo, de respirar, de moverse, de descansar, de
contener el miedo- no es un ejercicio de autoayuda banal.
Es una forma de resistencia: un modo de impedir que el pánico y la
hipervigilancia se encarguen de pensar por nosotros. La neurociencia muestra
que pausas reales, movimientos lentos, respiraciones conscientes, contacto con
el suelo o con el propio cuerpo ayudan a restablecer los ciclos de estrés,
pausa y recuperación.
No anulan la tragedia, no eliminan el dolor, pero crean espacio para que el
pensamiento complejo pueda reaparecer. Un cuerpo que se sabe cansado, asustado,
vulnerable, pero que se autorregula, es un cuerpo que puede sostener la rabia
sin perder el juicio, el dolor sin perder la capacidad de analizar, la urgencia
sin perder la profundidad.
Vivir en un contexto de guerra, genocidio e invasión no es
una excusa para dejar de pensar ni para ceder a la pasividad. La anestesia, por
el contrario, es el gran aliado de las estructuras de poder que alimentan la
violencia: si los cuerpos se endurecen, si las sociedades se anestesian y si
las personas se desconectan de sí mismas, cualquier relato puede imponerse.
La guerra necesita cuerpos tensos, sociedades saturadas de miedo y personas
que, por agotamiento, dejan de preguntarse a quién beneficia qué, qué se está
ocultando, qué narrativas se refuerzan y qué alternativas se invisibilizan.
Elegir cuidar el cuerpo, pausar, respirar, moverse, dormir, no consumir
información sin filtro ni fin, no es egoísmo ni escapismo. Es, en un contexto
como este, una forma de sostener la lucidez. Un cuerpo regulado piensa mejor,
dialoga mejor y elige mejor. Y una ciudadanía que elige mejor es mucho menos fácil
de manipular y más capaz de sostener una democracia compleja, radicalmente
crítica y profundamente humana.
Miguel Jara - (https://www.migueljara.com/)
https://astillas4.blogspot.com/2026/03/hipervigilancia-guerra-y-la-democracia.html
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