LA PORRA O LA IRA
Ya no podemos hablar de la realidad sin que una porra nos
parta la cabeza. Ya no podemos gritar nuestra ira sin que caiga sobre nosotros.
Ya no podemos marchar, congregarnos, alzar una pancarta, alzar la voz, mirar
hacia arriba, sin que una porra nos vuelva a poner en orden. Una orden sorda,
una orden brutal, una orden que no responde, sino que golpea.
Hablar se convierte en un riesgo. El silencio, en una
cuestión de supervivencia. La ira, mientras tanto, se convierte en un delito.
Hemos llegado a este punto absurdo y trágico en el que nos preguntamos si vale la pena seguir enfadados. No porque la ira sea injustificada, sino porque tiene un precio demasiado alto.



