9.4.26

Reconciliar dos formas de conocimiento: Racionalidad e intuición radicada en el cuerpo

 EL “SÉPTIMO SENTIDO”                       

Lo usas a diario… sin darte cuenta

Es probable que lo hayas usado varias veces, aunque ni siquiera hayas sido consciente de ese extraordinario “súper poder”. Estás buscando algo en un cajón oscuro, mueves la mano y de repente “sabes” que el objeto está ahí, aunque ni siquiera lo hayas tocado. O caminas por un espacio y, sin mirar, sientes que estás demasiado cerca de una pared.

No es intuición ni magia, sino algo mucho más interesante: tu cerebro está utilizando señales sutiles para construir una percepción del entorno incluso antes de que se produzca el contacto directo. Es como si, de cierta forma, pudiéramos “sentir” a distancia.

Durante años, esta idea ha estado más cerca del misterio que de lo científico, pero una investigación realizada recientemente en la Queen Mary University le ha puesto nombre y ha explicado este fenómeno: tacto remoto, y es nuestro séptimo sentido.

Cuando “tocar” no implica contacto

Tradicionalmente, hemos entendido el tacto como algo que implica contacto físico, pero lo cierto es que esta definición se queda corta con los nuevos descubrimientos. En dicho estudio, los investigadores exploran cómo las personas son capaces de localizar objetos ocultos en texturas granulares, como arena de la playa, sin verlos.

Específicamente, constataron que podemos detectar un objeto enterrado en la arena a una distancia aproximada de 7 centímetros con el 70% de precisión. Lo interesante no es solo que podamos hacerlo, sino cómo lo hacemos: detectando cambios sutiles en la presión, vibración y resistencia del entorno. Es decir, no tocamos el objeto directamente, sino que percibimos cómo este altera el medio a su alrededor.

Por ejemplo, imagina que metes la mano en un recipiente lleno de arroz. Aunque no veas lo que hay dentro, puedes notar pequeñas diferencias, ya sean zonas más compactas o ligeras variaciones en la resistencia al mover la mano. Tu cerebro recoge toda esa información y la convierte en una especie de “mapa invisible”.

La clave radica en que el cerebro no necesita señales directas y perfectas, se basa en indicios para completar la información. A partir de estímulos casi imperceptibles, puede hacer inferencias rápidas, como saber que si algo ofrece más resistencia al tacto, es probable que haya algo sólido cerca.

Gracias al procesamiento predictivo, nuestro cerebro no espera a recibir toda la información, sino que anticipa constantemente lo que hay fuera y ajusta su percepción del mundo en tiempo real. Generalmente este proceso se produce por debajo del nivel de la conciencia y los sentimientos. Por eso, a veces, tenemos la sensación de “saber” algo antes de confirmarlo básicamente.

No es un superpoder, es mera adaptación.

Puede parecer extraordinario, pero en realidad es un sentido que se ha ido desarrollando a lo largo de miles de años de evolución ya que nuestra supervivencia también dependía de la capacidad para detectar lo que no vemos con claridad. Nuestros antepasados ​​debían ser capaces de moverse en la oscuridad, explorar un entorno sin ver muy bien y reaccionar ante lo incierto uniendo pequeños trozos de información.

El tacto remoto es una adaptación, una especie de percepción “extendida” para compensar la falta de información directa. De hecho, ni siquiera se limita únicamente al tacto.

Por ejemplo, recuerdas esas veces en las que has sentido que hay alguien detrás de ti aunque no lo hayas visto o cómo has notado cambios en el ambiente aunque no sepas exactamente qué los ha provocado o de qué se trata. Muchas veces, lo que llamamos intuición, es tan solo el cerebro interpretando señales débiles que no llegan a la conciencia de forma clara.

Volver a confiar en lo que sentimos

En un mundo donde confiamos cada vez más en tecnologías, datos y algoritmos, este tipo de percepción pasa desapercibida. Pero sigue ahí, cada vez que tanteas en la oscuridad, que notas algo cerca o que tu cuerpo se anticipa al entorno antes de que puedas explicarlo racionalmente.

Esa capacidad para percibir más allá del contacto directo es el resultado de un sistema perceptual mucho más fino de lo que creíamos que puede detectar cambios en las microcorrientes de aire, variaciones casi imperceptibles en la luz, sonidos que no llegan a ser conscientes o variaciones en las texturas que el cerebro usa para llegar a una conclusión.

Por desgracia, vivimos en una sociedad que privilegia lo que se puede medir, verbalizar y demostrar, lo cual deja fuera una enorme cantidad de información implícita. Sin embargo, ignorarla puede volvernos más torpes para leer el entorno, más dependientes de confirmaciones externas y, de cierta forma, más desconectados de nuestro cuerpo.

Recuperar esa confianza en nosotros mismos no es una invitación a caer en lo sobrenatural ni a renunciar al pensamiento crítico, sino a entrenar una atención distinta y mucho más sutil. Significa darte permiso para notar antes de interpretar. Por ejemplo, cuando algo “no te cuadra” en una situación, en vez de descartarlo por irracional, puedes explorarlo con curiosidad preguntándote: ¿qué he percibido?

En el fondo, se trata de reconciliar dos formas de conocimiento que nunca debieron separarse: la que pasa por la racionalidad y una más intuitiva que comienza en el cuerpo.

https://maestroviejo.blog/el-septimo-sentido-que-usas-a-diario-sin-darte-cuenta/  

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