LA PORRA O LA IRA
Ya no podemos hablar de la realidad sin que una porra nos
parta la cabeza. Ya no podemos gritar nuestra ira sin que caiga sobre nosotros.
Ya no podemos marchar, congregarnos, alzar una pancarta, alzar la voz, mirar
hacia arriba, sin que una porra nos vuelva a poner en orden. Una orden sorda,
una orden brutal, una orden que no responde, sino que golpea.
Hablar se convierte en un riesgo. El silencio, en una
cuestión de supervivencia. La ira, mientras tanto, se convierte en un delito.
Hemos llegado a este punto absurdo y trágico en el que nos preguntamos si vale la pena seguir enfadados. No porque la ira sea injustificada, sino porque tiene un precio demasiado alto.
Porque la ira significa una porra en la cabeza. La ira significa gas en los pulmones, arrodillarse, un ojo arrancado, una mano amputada, un cuerpo arrastrado por el asfalto. La ira se paga con heridas, cicatrices y vidas arruinadas.Así que dudamos: ¿Con ira o sin ella? ¿Dignidad o integridad
física?
Y, sin embargo, hay una ira que se niega a ser reprimida.
Una ira lúcida y profunda, que no se limita a la rabia instintiva ni a la
invectiva superficial. Una ira que nace de las entrañas, que arde en el
estómago y resuena en la garganta. Una ira que sabe cómo nombrar la injusticia,
que no se acalla con el sonido de las sirenas, el choque de los escudos ni el
olor acre del gas lacrimógeno. Una ira que no se acalla con golpes ni con
intentos de quebrantarla.
Esta ira no busca venganza inmediata; solo exige la verdad.
No es ciega; ve. No solo grita; observa, analiza, recuerda cada golpe, cada
humillación, cada mentira oficial. Es paciencia y fuego a la vez. Es la energía
lúcida que se mantiene firme cuando todo a su alrededor parece derrumbarse.
Es esta ira la que une, la que transforma el miedo en
determinación. Es la ira que se niega a dejarse intimidar por las fuerzas del
orden cuando intentan imponer silencio a porrazos. Es la ira que sabe que no es
una falla moral, sino una señal vital. La ira que habita en lo más profundo nos
recuerda que un pueblo que ya no clama ya está derrotado.
Y cuando la ira es lúcida, se convierte en un arma
invisible. Forja el espíritu, agudiza la razón, prepara palabras
inquebrantables, ni siquiera bajo el peso del gas y el hierro. Es a la vez el
eco de las injusticias pasadas y la luz de las batallas futuras. No destruye
impulsivamente; construye conscientemente. Es ira e inteligencia, rabia y
claridad.
Así, ante la porra, esta ira nunca desaparece. No se rinde.
Está en las entrañas, en lo más profundo, y espera el momento en que la
justicia finalmente pueda vencer al miedo.
https://www.verdadypaciencia.com/2026/01/la-porra-o-la-ira.html

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