ANESTESIA GENERAL
Llamamos locura a aquello que se desborda, a aquello que ya
no cabe en las etiquetas de la razón cómoda. Pero quizá la única verdadera
sinrazón nace precisamente ahí: cuando el corazón, ese músculo indisciplinado,
empieza a pensar más rápido que la cabeza. Vivimos entonces con demasiada
intensidad, con demasiada precisión, demasiado cerca de la realidad. Sufrimos
más, sí, pero ese es el precio de la lucidez. El mundo prefiere mentes frías,
ordenadas e impenetrables.
Cualquiera que aún reaccione es tildado de loco. Cualquiera cuyo corazón no se ha puesto en espera para permitir que la maquinaria social funcione a la perfección. La locura hoy en día no es delirante: es rechazar la anestesia. Es sentir con demasiada intensidad en un mundo que valora la insensibilidad como una habilidad profesional.
Cuando el corazón está herido, no pide permiso. Ignora tanto
la retórica como las buenas maneras. Pone el dedo en la llaga, precisamente
donde todos han jurado no volver a mirar. E inmediatamente, lo llamamos
irracional. Patologizamos lo que es simplemente un exceso de lucidez. Llamamos
«inestabilidad» al simple acto de negarse a aceptar lo inaceptable.
La normalidad contemporánea se basa en un pacto tácito: no
sentir demasiado, no pensar demasiado y, sobre todo, no conectar ambas cosas.
Se tolera el corazón mientras siga siendo decorativo, un toque de alma para los
discursos de fin de curso. Pero si realmente se involucra, si interfiere con
las cifras, las decisiones, las renuncias, entonces se convierte en una amenaza
pública.
El loco en este mundo no es el que pierde el equilibrio. Es
el que se niega a perder el rumbo. El que no se conforma con medias verdades,
mentiras educadas, ni cobardía colectiva disfrazada de pragmatismo. Tocar el
corazón es romper el equilibrio de los hipócritas. Es recordarnos que detrás de
los sistemas se encuentran las decisiones; detrás de las decisiones, las
responsabilidades; y detrás de las responsabilidades, los rostros.
Así que preferimos corazones endurecidos. Cuestan menos.
Protestan menos. Aceptan lo absurdo siempre que esté bien presentado. Se
ofenden cuando se les indica y olvidan cuando se les ordena. Llaman
"madurez" a lo que a menudo no es más que una rendición prolongada. Y
miran con una mezcla de desprecio y preocupación a quienes, claramente, no han
recibido la información.
Pero hay una verdad simple: son los corazones heridos los
que siguen en pie cuando todo lo demás se derrumba. No porque sean más fuertes,
sino porque no han cortado su conexión con lo que duele. El dolor no es un
fallo técnico; es una señal. Ignorarlo nunca ha arreglado nada.
Así que sí, cuando el corazón está herido, vacilamos.
Perdemos la paciencia. Nos volvemos disruptivos. Nos volvemos inaccesibles. A
veces perdemos el sentido de la proporción, pero eso se debe a que el mundo
mismo perdió el suyo hace mucho tiempo. Esta «locura» no es una patología: es
una reacción saludable a un entorno enfermo.
Si eso es estar loco, entonces el verdadero peligro no es el
exceso de sensibilidad, sino su ausencia. Quien no siente nada no grita:
sonríe. Y mientras tanto, el mundo se vacía.
Un corazón roto no es un problema que se pueda resolver. Es
un recordatorio de la importancia de la vida.
https://www.verdadypaciencia.com/2026/01/anestesia-general.html

No hay comentarios:
Publicar un comentario