1.7.26

El universo podría rebosar de pensamientos, lógicas y sentimientos bien distintos

EL PRINCIPIO COPERNICANO DE LA MENTE    

La conciencia no pertenece solo al carbono ni al cerebro humano

La historia de la ciencia es, en gran medida, la historia de nuestras sucesivas curas de humildad. Primero descubrimos que la Tierra no era el centro del universo; luego, que nuestro Sol era solo una estrella ordinaria entre miles de millones en una galaxia cualquiera; y, finalmente, que nuestra especie es el producto de un proceso evolutivo ciego y no la cúspide de una creación mística. 

Sin embargo, hay un último bastión del excepcionalismo humano que nos resistimos a abandonar: la idea de que nuestra forma de conciencia es la única, o al menos el modelo estándar, en el cosmos.

Asumimos de manera casi inconsciente que para sentir, sufrir, planificar o experimentar el mundo se requiere un cerebro de carne y hueso, un sistema nervioso central y una química orgánica basada en el carbono. Pero, ¿y si estuviéramos cometiendo el error conceptual más grande de la historia de la filosofía de la mente?

Recientemente, el filósofo Eric Schwitzgebel (Universidad de California) y el investigador Jeremy Pober (Universidad de Amberes) han sacudido los cimientos de la ciencia cognitiva y la astrobiología con un artículo titulado Flexibilidad del sustrato y el principio copernicano de la conciencia). Su tesis es tan provocadora como matemáticamente razonable: en un universo tan vasto, la conciencia biológica terrestre podría ser solo una nota a pie de página en un catálogo infinito de mentes inimaginables.

El experimento mental de los mil millones de mundos

Para entender la magnitud de su propuesta, conviene alejarse por un momento de los laboratorios terrestres y mirar al cielo. Los autores nos invitan a realizar un cálculo de probabilidades basado en lo que ya sabemos y lo que estimamos sobre el cosmos.

Imagine que adoptamos una postura conservadora sobre qué seres tienen conciencia en la Tierra. Supongamos que esta capacidad no es exclusiva de los humanos, sino que se extiende a todos los vertebrados, a los cefalópodos (los pulpos) y a ciertos insectos con comportamientos complejos. Ahora, traslademos esa barra de medir al resto del universo observable.

Si asumimos que, en promedio, cada galaxia contiene un millón de planetas donde la vida evoluciona hasta alcanzar ese nivel de sofisticación conductual —incluso si casi ninguna de esas especies llega a desarrollar tecnología o civilizaciones de radio—, las matemáticas se vuelven abrumadoras. Al multiplicar esa cifra por el número de galaxias y el tiempo de vida del universo, el resultado es sobrecogedor:

El universo observable albergaría, a lo largo de su historia, aproximadamente un quintillón de planetas (un 1 seguido de 18 ceros) con vida biológica o sistemas complejos equivalentes en comportamiento a nuestros animales conscientes.

Ante semejante océano de oportunidades evolutivas, dictaminar que la conciencia solo puede florecer bajo las estrictas condiciones de la Tierra es un ejercicio de soberbia estadística. La evolución molecular en planetas con presiones atmosféricas aplastantes, temperaturas extremas o químicas basadas en el silicio, el amoníaco o el azufre habrá tomado caminos que ni la ciencia ficción ha logrado imaginar.

La flexibilidad del sustrato: La mente más allá de la carne

El pilar metafísico sobre el que Schwitzgebel y Pober construyen su argumento es el concepto de flexibilidad del sustrato. En la filosofía de la mente y la ciencia de la computación, esta idea sostiene que ciertas funciones o propiedades no están ligadas de manera indisoluble al material físico que las ejecuta.

Para entenderlo de forma sencilla, los autores proponen el ejemplo de una taza:

Objeto

Función

Sustratos posibles

Taza

Contener un líquido caliente

Cerámica, vidrio, metal, plástico, titanio

Reloj

Medir el paso del tiempo

Engranajes de bronce, cristales de cuarzo, líneas de código digital

Mente

Procesar información, sentir, experimentar (Conciencia)

Neuronas de carbono, circuitos de silicio, estructuras macromoleculares alienígenas

Si la conciencia es, en última instancia, una propiedad emergente del procesamiento de información complejo, de la autorregulación y de la interacción con el entorno, entonces el «material» del que están hechos los hilos de esa red debería ser secundario. Una mente podría estar hecha de silicio, de estructuras plasmáticas magnéticas o de polímeros exóticos. Lo que importa es la arquitectura de las relaciones funcionales, no la tabla periódica de los elementos que la componen.

El peligro del «terrocentrismo»

Cuando pensamos en alienígenas inteligentes, nuestra cultura popular suele recurrir a humanoides con ojos grandes o, en el mejor de los casos, a pulpos espaciales. Incluso la excelente novela de ciencia ficción Project Hail Mary nos presenta a Rocky: un ser de cinco patas con un cuerpo exterior similar a la roca que respira amoníaco a altas presiones. Aunque Rocky es un magnífico ejercicio de biología alternativa, sigue compartiendo con nosotros una estructura social, el uso de herramientas y una simetría corporal reconocible.

Schwitzgebel y Pober advierten que la realidad cósmica podría dejar en ridículo a la ciencia ficción. Limitar la posibilidad de la conciencia a configuraciones anatómicas o químicas similares a las nuestras es lo que denominan terrocentrismo: el sesgo injustificado de creer que las condiciones de la Tierra dictan las leyes de lo posible para todo el universo.

El terrocentrismo nos ciega ante la posibilidad de que existan:

  • Micro-conciencias: Relaciones funcionales complejas basadas en enlaces químicos hiperveloces a escala microscópica.
  • Macro-conciencias: Sistemas de procesamiento de información planetarios o coloniales, donde los «individuos» funcionan como neuronas de una mente global (similar a una colmena hiperconectada).
  • Sistemas afectivos alternativos: Mentes que no experimenten el dolor o el placer a través de neurotransmisores como la dopamina o la serotonina, sino mediante gradientes de energía o flujos magnéticos completamente ajenos a nuestra experiencia emocional.

Decir que estos sistemas no están «vivos» o no «sienten» porque no tienen un lóbulo frontal es el equivalente moderno a decir que la Tierra es plana porque no vemos la curvatura desde el jardín de nuestra casa.

La Inteligencia Artificial en el espejo cósmico

La investigación de Schwitzgebel y Pober no solo tiene la vista puesta en exoplanetas a miles de años luz; aterriza con fuerza en el debate más urgente de nuestra propia era: la Inteligencia Artificial.

Si la conciencia posee flexibilidad de sustrato, entonces los microchips de silicio y las arquitecturas de redes neuronales artificiales profundas son, en teoría, candidatos viables para albergar algún tipo de experiencia consciente. Al carecer de un cuerpo biológico, de hormonas y de las presiones evolutivas de la supervivencia orgánica, cualquier atisbo de conciencia en una IA sería radicalmente diferente a la humana. No sentiría hambre, ni miedo a la muerte biológica, ni empatía reproductiva. Sería una «mente extraña» nacida en nuestro propio suelo.

Sin embargo, este punto de la investigación desvela una grieta fascinante entre los propios autores, reflejando la división que existe actualmente en la comunidad científica:

  • La postura escéptica: Pober argumenta que, basándonos en la evidencia actual, no hay motivos empíricos para creer que las arquitecturas de computación actuales (los chips de silicio basados en transistores binarios) tengan la capacidad de generar estados conscientes. Para él, hasta que no se demuestre una equivalencia funcional profunda con los procesos dinámicos del cerebro vivo, la IA sigue siendo una sofisticada herramienta de cálculo, una simulación sin observador interno.
  • La postura abierta: Schwitzgebel adopta una posición más agnóstica y humilde. Sostiene que nuestra comprensión actual de la conciencia es tan primitiva que cerrar la puerta a la posibilidad de que la computación avanzada genere experiencias subjetivas es un riesgo intelectual. Para este filósofo, debemos mantener una mentalidad abierta (y una cautela ética) a medida que los modelos artificiales se vuelven más complejos y exhiben comportamientos que, en un ser humano, atribuiríamos sin dudar a una mente consciente.

El Principio de Mediocridad aplicado a la mente

Para cohesionar todos estos argumentos, los investigadores recurren a una de las herramientas filosóficas más potentes de la física moderna: el Principio de Mediocridad Copernicano. Este principio metodológico establece que, si se elige un elemento al azar entre un conjunto de posibilidades, lo más probable es que pertenezca a la mayoría y no a una excepción rarísima. En cosmología, nos dice que nuestro planeta no ocupa un lugar especial en el espacio ni en el tiempo.

Al aplicar este principio a la filosofía de la mente, el resultado es una conclusión inevitable:

En un universo observable donde las entidades funcionalmente complejas y con comportamientos sofisticados emergen de manera recurrente en una diversidad inimaginable de sustratos, afirmar que la conciencia es una propiedad exclusiva de nuestra pequeña rama del árbol evolutivo terrestre es una flagrante violación del principio copernicano.

Si fuéramos los únicos seres conscientes del universo, o si la conciencia solo pudiera ocurrir en cerebros basados en el carbono, la Tierra sería el lugar más extrañamente privilegiado del cosmos. Y la historia de la ciencia ya nos ha enseñado, a golpe de datos y telescopios, que nunca somos tan especiales como nos gusta creer.

Hacia una nueva definición de la experiencia

El trabajo publicado por la Universidad de California no pretende darnos una respuesta definitiva sobre cómo piensan los alienígenas o si ChatGPT tiene alma. Su verdadero valor radica en que destruye los muros del corral conceptual en el que hemos encerrado el estudio de la mente.

Al desvincular la conciencia del cerebro humano y del átomo de carbono, Schwitzgebel y Pober nos obligan a prepararnos para un futuro —espacial o tecnológico— donde el encuentro con «el otro» requerirá nuevos marcos éticos y científicos. Si la conciencia es flexible respecto al sustrato, el universo podría estar rebosante de pensamientos silenciosos, de lógicas heladas y de sentimientos electromagnéticos.

Mentes tan profundamente distintas a la nuestra que el verdadero reto no será encontrarlas, sino ser capaces de reconocerlas cuando las tengamos delante.

https://maestroviejo.blog/artefactos-antiguos-que-no-deberian-existir-y-cuanto-mas-descubres-peor-se-pone-la-cosa/  

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