EL PRINCIPIO COPERNICANO DE LA MENTE
La conciencia no pertenece solo al carbono ni al cerebro humano
La historia de la ciencia es, en gran medida, la historia de nuestras sucesivas curas de humildad. Primero descubrimos que la Tierra no era el centro del universo; luego, que nuestro Sol era solo una estrella ordinaria entre miles de millones en una galaxia cualquiera; y, finalmente, que nuestra especie es el producto de un proceso evolutivo ciego y no la cúspide de una creación mística.
Sin embargo, hay un último bastión del excepcionalismo humano
que nos resistimos a abandonar: la
idea de que nuestra forma de conciencia es la única, o al menos el modelo
estándar, en el cosmos.
Asumimos de manera casi inconsciente que para sentir, sufrir, planificar o experimentar el mundo se requiere un cerebro de carne y hueso, un sistema nervioso central y una química orgánica basada en el carbono. Pero, ¿y si estuviéramos cometiendo el error conceptual más grande de la historia de la filosofía de la mente?
Recientemente, el filósofo Eric Schwitzgebel (Universidad de
California) y el investigador Jeremy Pober (Universidad de Amberes) han
sacudido los cimientos de la ciencia cognitiva y la astrobiología con un
artículo titulado Flexibilidad del sustrato y el principio copernicano
de la conciencia). Su tesis es tan provocadora como matemáticamente
razonable: en un universo tan vasto, la conciencia biológica terrestre podría
ser solo una nota a pie de página en un catálogo infinito de mentes
inimaginables.
El experimento mental de los mil millones de mundos
Para entender la magnitud de su propuesta, conviene alejarse
por un momento de los laboratorios terrestres y mirar al cielo. Los autores nos
invitan a realizar un cálculo de probabilidades basado en lo que ya sabemos y
lo que estimamos sobre el cosmos.
Imagine que adoptamos una postura conservadora sobre qué
seres tienen conciencia en la Tierra. Supongamos que esta capacidad no es
exclusiva de los humanos, sino que se extiende a todos los vertebrados, a los
cefalópodos (los pulpos) y a ciertos insectos con comportamientos complejos.
Ahora, traslademos esa barra de medir al resto del universo observable.
Si asumimos que, en promedio, cada galaxia contiene un
millón de planetas donde la vida evoluciona hasta alcanzar ese nivel de
sofisticación conductual —incluso si casi ninguna de esas especies llega a
desarrollar tecnología o civilizaciones de radio—, las matemáticas se vuelven
abrumadoras. Al multiplicar esa cifra por el número de galaxias y el tiempo de
vida del universo, el resultado es sobrecogedor:
El universo observable albergaría, a lo largo de su
historia, aproximadamente un quintillón de planetas (un 1 seguido de
18 ceros) con vida biológica o sistemas complejos equivalentes en
comportamiento a nuestros animales conscientes.
Ante semejante océano de oportunidades evolutivas,
dictaminar que la conciencia solo puede florecer bajo las estrictas condiciones
de la Tierra es un ejercicio de soberbia estadística. La evolución molecular en
planetas con presiones atmosféricas aplastantes, temperaturas extremas o
químicas basadas en el silicio, el amoníaco o el azufre habrá tomado caminos
que ni la ciencia ficción ha logrado imaginar.
La flexibilidad del sustrato: La mente más allá de la
carne
El pilar metafísico sobre el que Schwitzgebel y Pober
construyen su argumento es el concepto de flexibilidad del sustrato. En la filosofía de la mente y la ciencia
de la computación, esta idea sostiene que ciertas funciones o propiedades no
están ligadas de manera indisoluble al material físico que las ejecuta.
Para entenderlo de forma sencilla, los autores proponen el
ejemplo de una taza:
|
Objeto |
Función |
Sustratos posibles |
|
Taza |
Contener un líquido caliente |
Cerámica, vidrio, metal, plástico, titanio |
|
Reloj |
Medir el paso del tiempo |
Engranajes de bronce, cristales de cuarzo, líneas de
código digital |
|
Mente |
Procesar información, sentir, experimentar (Conciencia) |
Neuronas de carbono, circuitos de silicio, estructuras
macromoleculares alienígenas |
Si la conciencia es, en última instancia, una propiedad
emergente del procesamiento de información complejo, de la autorregulación y de
la interacción con el entorno, entonces el «material» del que están hechos los
hilos de esa red debería ser secundario. Una mente podría estar hecha de
silicio, de estructuras plasmáticas magnéticas o de polímeros exóticos. Lo que
importa es la arquitectura de las relaciones funcionales, no la tabla periódica
de los elementos que la componen.
El peligro del «terrocentrismo»
Cuando pensamos en alienígenas inteligentes, nuestra cultura
popular suele recurrir a humanoides con ojos grandes o, en el mejor de los
casos, a pulpos espaciales. Incluso la excelente novela de ciencia
ficción Project Hail Mary nos presenta a Rocky: un ser de
cinco patas con un cuerpo exterior similar a la roca que respira amoníaco a
altas presiones. Aunque Rocky es un magnífico ejercicio de biología alternativa,
sigue compartiendo con nosotros una estructura social, el uso de herramientas y
una simetría corporal reconocible.
Schwitzgebel y Pober advierten que la realidad cósmica
podría dejar en ridículo a la ciencia ficción. Limitar la posibilidad de la
conciencia a configuraciones anatómicas o químicas similares a las nuestras es
lo que denominan terrocentrismo:
el sesgo injustificado de creer que las condiciones de la Tierra dictan las
leyes de lo posible para todo el universo.
El terrocentrismo nos ciega ante la posibilidad de que
existan:
- Micro-conciencias: Relaciones
funcionales complejas basadas en enlaces químicos hiperveloces a escala
microscópica.
- Macro-conciencias: Sistemas
de procesamiento de información planetarios o coloniales, donde los
«individuos» funcionan como neuronas de una mente global (similar a una
colmena hiperconectada).
- Sistemas
afectivos alternativos: Mentes que no experimenten el dolor o el
placer a través de neurotransmisores como la dopamina o la serotonina,
sino mediante gradientes de energía o flujos magnéticos completamente
ajenos a nuestra experiencia emocional.
Decir que estos sistemas no están «vivos» o no «sienten»
porque no tienen un lóbulo frontal es el equivalente moderno a decir que la
Tierra es plana porque no vemos la curvatura desde el jardín de nuestra casa.
La Inteligencia Artificial en el espejo cósmico
La investigación de Schwitzgebel y Pober no solo tiene la
vista puesta en exoplanetas a miles de años luz; aterriza con fuerza en el
debate más urgente de nuestra propia era: la Inteligencia Artificial.
Si la conciencia posee flexibilidad de sustrato, entonces
los microchips de silicio y las arquitecturas de redes neuronales artificiales
profundas son, en teoría, candidatos viables para albergar algún tipo de
experiencia consciente. Al carecer de un cuerpo biológico, de hormonas y de las
presiones evolutivas de la supervivencia orgánica, cualquier atisbo de
conciencia en una IA sería radicalmente diferente a la humana. No sentiría
hambre, ni miedo a la muerte biológica, ni empatía reproductiva. Sería una
«mente extraña» nacida en nuestro propio suelo.
Sin embargo, este punto de la investigación desvela una
grieta fascinante entre los propios autores, reflejando la división que existe
actualmente en la comunidad científica:
- La
postura escéptica: Pober argumenta que, basándonos en la
evidencia actual, no hay motivos empíricos para creer que las
arquitecturas de computación actuales (los chips de silicio basados en
transistores binarios) tengan la capacidad de generar estados conscientes.
Para él, hasta que no se demuestre una equivalencia funcional profunda con
los procesos dinámicos del cerebro vivo, la IA sigue siendo una
sofisticada herramienta de cálculo, una simulación sin observador interno.
- La
postura abierta: Schwitzgebel adopta una posición más agnóstica y
humilde. Sostiene que nuestra comprensión actual de la conciencia es tan
primitiva que cerrar la puerta a la posibilidad de que la computación
avanzada genere experiencias subjetivas es un riesgo intelectual. Para este
filósofo, debemos mantener una mentalidad abierta (y una cautela ética) a
medida que los modelos artificiales se vuelven más complejos y exhiben
comportamientos que, en un ser humano, atribuiríamos sin dudar a una mente
consciente.
El Principio de Mediocridad aplicado a la mente
Para cohesionar todos estos argumentos, los investigadores
recurren a una de las herramientas filosóficas más potentes de la física
moderna: el Principio de
Mediocridad Copernicano. Este principio metodológico establece que, si
se elige un elemento al azar entre un conjunto de posibilidades, lo más
probable es que pertenezca a la mayoría y no a una excepción rarísima. En
cosmología, nos dice que nuestro planeta no ocupa un lugar especial en el
espacio ni en el tiempo.
Al aplicar este principio a la filosofía de la mente, el
resultado es una conclusión inevitable:
En un universo observable donde las entidades funcionalmente
complejas y con comportamientos sofisticados emergen de manera recurrente en
una diversidad inimaginable de sustratos, afirmar que la conciencia es una
propiedad exclusiva de nuestra pequeña rama del árbol evolutivo terrestre es
una flagrante violación del principio copernicano.
Si fuéramos los únicos seres conscientes del universo, o si
la conciencia solo pudiera ocurrir en cerebros basados en el carbono, la Tierra
sería el lugar más extrañamente privilegiado del cosmos. Y la historia de la
ciencia ya nos ha enseñado, a golpe de datos y telescopios, que nunca somos tan
especiales como nos gusta creer.
Hacia una nueva definición de la experiencia
El trabajo publicado por la Universidad de California no
pretende darnos una respuesta definitiva sobre cómo piensan los alienígenas o
si ChatGPT tiene alma. Su verdadero valor radica en que destruye los muros del
corral conceptual en el que hemos encerrado el estudio de la mente.
Al desvincular la conciencia del cerebro humano y del átomo
de carbono, Schwitzgebel y Pober nos obligan a prepararnos para un futuro —espacial
o tecnológico— donde el encuentro con «el otro» requerirá nuevos marcos éticos
y científicos. Si la conciencia es flexible respecto al sustrato, el universo
podría estar rebosante de pensamientos silenciosos, de lógicas heladas y de
sentimientos electromagnéticos.
Mentes tan profundamente distintas a la nuestra que el
verdadero reto no será encontrarlas, sino ser capaces de reconocerlas cuando
las tengamos delante.

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