11.5.21

Como el solista de jazz, que improvisa, pero en el marco de la ejecución de la orquesta

LA NATURALEZA DEL HOMBRE                                  

El individuo, factor de la evolución

     Sin duda, somos el producto de la evolución, hagámosla o no remontarse a la nube pre-atómica o al átomo primitivo, y poseemos no sólo el potencial dinámico que actualizamos y actualizaremos en el curso de nuestra existencia para ser y para vivir, sino también las posibilidades que corresponden a toda nuestra descendencia posible. Pero somos, igualmente, el factor de la duración que progresa a través de nosotros.

     En efecto, hacemos entre nuestras posibilidades una elección constante, merced a la cual nos realizamos de un cierto modo, mientras que otras personalidades, también virtuales en nosotros, son teóricamente posibles. Ahora bien: los genes que contienen nuestras células reproductoras, y que traerán a nuestros hijos una parte de su dotación hereditaria, dependen no sólo de lo que recibimos sino también de lo que somos efectivamente en el momento de la procreación.

     No es indiferente que seamos un bárbaro de notables posibilidades en potencia virtual, o un hombre cultivado, en el sentido de realizado por adaptación a un medio exigente. Por cierto que no transmitiremos nuestra cultura, pero la inteligencia organizadora incorporada en nuestras células genitales se cargará, por lo menos parcialmente, con los dinamismos correspondientes a nuestros hábitos y nuestros herederos los recibirán en forma de tendencias y hasta, si dichos hábitos se han reproducido idénticos a sí mismos durante numerosas generaciones, en forma de instintos.

     Los genetistas no están todavía todos de acuerdo acerca de la herencia de los "caracteres adquiridos". El fenómeno nos aparece, no obstante, como indiscutible no sólo desde el punto de vista de la lógica, puesto que hábito e instinto son de la misma naturaleza dinámica, sino también desde el de la experiencia. El perrito de buena raza que indica la presa ante la caza cumple un acto esencialmente contrario a su naturaleza de carnicero: lo debe a un aprendizaje hereditario de numerosas generaciones. Asimismo, la diferencia entre nuestros animales domésticos y sus primos salvajes salta a la vista: es el producto de una adaptación a condiciones de vida particulares.

     En lo que atañe al hombre, la diferenciación de raza o de capa social no es menos evidente. Se manifiesta, en particular, en el seno de un grupo étnico homogéneo, por la existencia de tipos biopsíquicos que corresponden a las varias funciones desempeñadas, y se transmiten hereditariamente: el descendiente de un linaje de aristócratas y el de un linaje de campesinos se distinguen y se reconocen, de modo general, a simple vista. Nuestra adaptación al medio produce, por tanto, una modificación de nuestro ser biopsíquico y dicha modificación se transmite en alguna medida a nuestra posteridad. Vale decir que dependemos de la evolución adaptativa de nuestros antepasados lejanos e inmediatos.

     Nuestra dotación hereditaria no nos llega del origen de los tiempos en el estado primitivo sino ya elaborada en el curso de una evolución de la que cada individuo es el factor al mismo tiempo que depende de ella. Somos herederos, pero tenemos algún imperio sobre nuestra herencia merced a nuestras posibilidades de adaptación al mundo que nos presiona. 

El individuo, parte del universo

     El término "mundo" que acabamos de emplear para expresar el medio en el seno del cual evolucionamos, es equívoco y exige una precisión importante. Da, en efecto, la impresión de que nos consideramos como sumergidos en un universo al que nos ligan relaciones de interacción, pero que es otra cosa que nosotros. Tal concepción sería evidentemente errónea. No estamos en el cosmos como el marinero en el buque, agregado a él aunque dependiente de su existencia y de su naturaleza y con algunas posibilidades de maniobrarlo. Somos, por el contrario, una parte del universo. Nos diferenciamos en él y no de él, y lo que llamamos el mundo oponiéndolo a nosotros sólo es, en la realidad, lo que queda del mundo después de que arbitrariamente nos hayamos excluido de él.

     La materia de nuestro cuerpo viene de la tierra y vuelve a ella en un constante proceso de renovación. Está sometida, cuando constituye nuestro organismo, a las mismas leyes físicoquímicas que cuando forma un perro, un árbol o una montaña. Nuestra organización biopsíquica es debida a una inteligencia intencional de igual naturaleza, aunque, por una parte, de modalidad diferente, que la que ordena la materia inorgánica y los otros seres vivientes, y no somos, verosímilmente, sino el punto de llegada provisional de una progresión evolutiva que abarca el cosmos entero.

     Sólo por una ilusión racional consideramos a la Naturaleza como nuestro marco. Tenemos conciencia de nuestra autonomía porque se expresa en decisiones deliberadas. Admitimos nuestra dependencia del medio porque nos es sensible, y porque tenemos que adaptarnos a cada instante a los seres y a las cosas que nos rodean. Pero desconocemos nuestra naturaleza cósmica, porque somos del mundo en cuanto somos nosotros mismos. Nos encontramos un poco en la situación de uno de nuestros órganos que estuviera dotado de conciencia: se daría cuenta de que está ligado al resto del organismo y depende de él, pero tendría tendencia a considerarlo como simple condición exterior de su funcionamiento.

     Esta comparación no es plenamente satisfactoria, porque poseemos con respecto al resto del mundo una autonomía mucho más amplia que el órgano con respecto al resto del organismo, precisamente por el hecho de que razonamos. Pero dicha autonomía racional que nos hace creernos independientes de la Naturaleza es, en realidad, el resultado de una modalidad de la inteligencia cósmica que nos es propia, aunque ciertos animales gozan de ella en menor grado. No somos nosotros quienes nos alzamos por encima del mundo por nuestra razón sino el mundo el que, en nosotros, se afirma racional.

     Eso no significa que nuestra autonomía sea ilusoria, sino simplemente que es relativa, no al cosmos, sino a nuestro medio, vale decir, a todo aquello que, en el cosmos, no es nosotros, pero dicha autonomía no es absoluta, ni mucho menos. Dependemos del resto del mundo en una doble medida: de él adquirimos los productos químicos indispensables para nuestra formación y nuestro funcionamiento, y él ejerce sobre nosotros una presión disolvente que debemos resistir. El medio cósmico nos es, por tanto, doblemente necesario: nos suministra los elementos materiales de nuestro ser, y nos obliga a realizarnos adaptándonos a él, concentrándonos, en un esfuerzo constante, en la lucha por nuestra autonomía personal que llevamos no sólo en contra de nosotros mismos sino también en contra de las condiciones de nuestra existencia.

     Este combate, que compromete nuestro yo biopsíquico entero, no es un factor negativo de nuestro desarrollo. Corresponde, por el contrario, a la ley fundamental de nuestra progresión dinámica. Nos realizamos adaptándonos, y nos adaptamos a nuestro medio porque no tenemos en él nuestro lugar preparado, como lo tiene una joya en su cofre, sino que debemos conquistarlo. 

Dependencia cósmica del hombre

     Pero no por eso somos extraños en el conjunto del mundo. ¿Cómo el cosmos sería hostil o aun indiferente a una parte de sí mismo? Sin embargo, posee su orden mecánico que nuestra autonomía relativa y nuestra fantasía racional vienen a perturbar.

     Estamos en el cosmos como el pez en el agua. Este último tiene que resistir la presión que ejerce sobre él la masa líquida en la que está sumergido, y vencer la resistencia que opone a sus movimientos. Pero se encuentra bien en ella y no podría adaptarse a otro medio. Al igual que la necesidad de la lucha adaptativa, comprobamos la ayuda que nos presta el resto del mundo. Él es nuestro proveedor de materias primas: el aire que respiramos le pertenece, como las plantas y los animales que comemos. Es nuestro proveedor de energía: sin los rayos solares, toda vida desaparecería del globo y moriríamos de hambre y de frío. Nos protege en contra de las temperaturas extremas, por los sistemas reguladores que constituyen la atmósfera y los océanos. Nos ata, por atracción, al suelo sobre el que vivimos, suficientemente para que tengamos imperio sobre él pero sin prohibirnos el movimiento.

     Dependemos, por tanto, de la Tierra pero también del Sol y, por eso mismo, del conjunto del sistema sideral, puesto que la posición relativa de los astros y sus movimientos, condicionan la cantidad de energía que nos llega. Este nuestro análisis es muy superficial e ignoramos una buena parte de las influencias cósmicas que se manifiestan sobre nosotros. A lo más, podemos aprehender algunas indicaciones. Algunos animales captan las direcciones del espacio que, para ellos, es tan heterogéneo como el tiempo para nosotros: ¿estamos seguros de que los factores de tal conocimiento que se nos escapa no actúan, sin embargo, sobre nosotros de otro modo?

     La Luna rige, en alguna medida, el funcionamiento de los órganos genitales femeninos: ¿podemos certificar que su papel se limita a eso cuando la sabemos capaz de levantar varios metros de los océanos? Los rayos cósmicos emitidos por las estrellas cercanas y lejanas nos penetran: ¿cómo suponer que pasan sin dejar rastros a través de nuestro organismo, mucho más sensible que la placa fotográfica que impresionan? Los planetas, en sus movimientos, modifican sin cesar los campos electromagnéticos en los cuales la Tierra está ubicada: ¿sería posible que quedáramos indiferentes a su paso, cuando reaccionamos ante la menor variación de los campos terrestres de misma naturaleza? No es admisible que nuestra evolución esté determinada por los astros, como lo enseñan los astrólogos, y menos todavía por el planeta que dominaba el cielo en el instante de nuestro nacimiento, instante que no es un principio, como se lo creía otrora, sino simplemente un cambio de condiciones de vida en el seno de un medio cósmico constante. Pero no por eso dejaremos de comprobar que el mundo sideral actúa sobre nuestro cuerpo y, a través de nuestra duración cenestésica [*], en nuestra vida psíquica, exactamente como lo hacen los temporales y algunos vientos, que despiertan en nosotros sentimientos y tendencias por lo general adormecidos.

[*] Conjunto de sensaciones internas del organismo que proporcionan conciencia del estado y funcionamiento del propio cuerpo.

     Las búsquedas serias todavía quedan por hacerse en este dominio como en el de una cierta metapsíquica y una cierta magia que convendría quitar de una vez por todas a los mistificadores e iluminados y que nos revelarían sin duda, entre otros datos, un aspecto, a menudo presentido pero científicamente desconocido, de la influencia del medio cósmico sobre el hombre. De cualquier manera, debemos retener nuestra doble dependencia del resto del mundo. Por una parte, nos ofrece las condiciones materiales de nuestra existencia y nuestro desarrollo. Por otra parte, actúa constantemente, y por medios diversos y cambiantes, sobre el curso de nuestra evolución. 

Ritmo cósmico y ritmo biopsíquico

     Debemos notar, sin embargo, que nuestras relaciones con el resto del mundo son esencialmente dinámicas. Somos un fragmento del cosmos, pero un fragmento moviente de un cosmos moviente. Sabemos que duramos según el ritmo personal de nuestra intención directriz. Cualquier influencia cósmica actúa, por tanto, no sobre un yo monolítico que arrastrara como el imán arrastra un pedazo de hierro, sino en nuestra duración biopsíquica cuyo flujo maleable modula en la medida de nuestras reacciones adaptativas.

     Pero, por otra parte, también el cosmos dura, evolucionando según un ritmo propio, y formamos parte de dicho ritmo. Somos un instrumento de una inmensa orquesta. Nuestra parte se funde en la armonía del conjunto, pero no por eso conserva menos sus caracteres propios. Para que podamos hablar de armonía, es preciso que no nos apartemos de la intención general. Estamos en la situación del solista de jazz, que improvisa su parte, pero en el marco de la composición que la orquesta ejecuta. Estamos asidos por el ritmo del conjunto que nos arrastra, y presiona así nuestro juego personal.

     Eso no puede ser de otro modo, ya que nuestro ritmo vital es modificado por la mera audición de una pieza de música, o la simple contemplación de un ballet. Nuestro medio cósmico es infinitamente más poderoso que un espectáculo, y siempre está presente, pero notamos menos su acción precisamente porque es habitual, siendo imposible compararnos a lo que seríamos sin él. Sabemos, empero, que al ritmo cósmico del día y la noche corresponde una modificación de nuestra tensión psíquica, que varía con nuestro temperamento y depende de nuestro sistema nervioso vagosimpático.

     Asimismo, nos damos perfectamente cuenta de que nuestros ritmos respiratorios y circulatorios varían, entre otros factores, con la presión atmosférica, y de que la altura y el temporal actúan poderosamente sobre ellos. Experimentamos, como los demás animales, aunque en un grado menor que algunos de ellos, los efectos del ritmo de las estaciones, y los poetas no hacen por mera casualidad de la primavera la época de la alegría, del verano la de la plenitud vital, del otoño la de la tristeza y del invierno la del ensimismamiento. Y ¿cómo ignorar que el clima es, en parte, responsable del ritmo de nuestra actividad? Somos una caja de resonancia que responde no solamente a las vibraciones de sus propias cuerdas intencionales sino también a la armonía ambiente del universo. Estamos en el seno del cosmos como al lado de un ser querido, cuyos sentimientos y pensamientos percibimos sin que tenga que expresarlos por la palabra. No se trata aquí de una metáfora literaria. El resto del mundo nos penetra de un modo positivo, como lo prueba, en particular, la radiestesia, que permite a algunos privilegiados tomar conciencia de una realidad que, para nosotros, permanece desconocida.

     Existe todo un aspecto del cosmos que escapa a nuestros sentidos, pero interviene, sin embargo, en nosotros a cada instante. El mundo se presenta como un inmenso campo de fuerzas complejas que se combinan en una interacción permanente, y constituimos una de ellas, insignificante con respecto al conjunto. Pero un campo de fuerzas no es un conglomerado de movimientos debidos al azar sino una simetría, en el sentido etimológico de la palabra. Ya Pitágoras lo había comprendido cuando buscaba la clave numérica del orden moviente del mundo, y también esos filósofos que consideraban a la música como la expresión unitaria del hombre y de su medio cósmico. Convendría recomenzar esas búsquedas a la luz de los recientes descubrimientos de la ciencia. Pero, cualquiera sea el resultado eventual, nuestra dependencia dinámica del resto del mundo ya no se puede cuestionar otra vez. 

EL "CUERPO CÓSMICO"

     Esta dependencia se afirma en forma tan estrecha que hasta se nos hace difícil fijar los límites de nuestro ser en el seno del cosmos. A primera vista, sin embargo, la cosa es sencilla. Nuestros límites son aquellos de nuestro cuerpo, vale decir, la piel que abarca nuestro organismo todo y lo separa del resto del cosmos: cuanto está dentro es nuestro; cuanto está fuera nos es extraño. Pero ya surgen dificultades. Nuestro sistema piloso está hecho de centenares de miles de "plantas", cuyas raíces son subcutáneas pero cuyos "tallos" crecen fuera de lo que hemos considerado como nuestro cuerpo. Ahora bien: nuestro pelo no es un ornato parasitario. Nace de nosotros, es una diferenciación de nuestros tejidos y desempeña funciones bien determinadas.

     Por otra parte, nuestro organismo no asimila, es decir, no transforma en materia viva todos los elementos físico-químicos que absorbe. Algunos de ellos no hacen sino pasar en él sin sufrir modificación alguna. Luego, no le pertenecen en ningún momento. El límite de la piel es, por tanto, algo arbitrario. ¿Diremos, entonces, que las fronteras de nuestro ser no pueden deslindarse desde el exterior y que tenemos que considerar como nosotros mismos no lo que abarca un tejido cualquiera sino lo que organiza nuestra inteligencia intencional?

     Es innegable que un elemento químico se vuelve parte de nosotros cuando está organizado y solamente en ese caso. Pero tropezaríamos con una nueva dificultad de consecuencias incalculables, puesto que nuestra inteligencia inmanente no organiza sólo lo que incorpora a nuestro organismo sino también una fracción más o menos grande del mundo exterior, y tendríamos que incluir en nosotros toda nuestra obra, en el sentido más amplio de la palabra. Hasta deberíamos, quizá, ir más lejos y preguntarnos en qué medida podemos considerar exterior a nuestro ser el resto del mundo por entero, puesto que participamos de su armonía en una estrecha interdependencia, recibiendo de él ciertos datos de nuestro yo, pero modificándolo por nuestra vida misma.

     Para no tomar sino ejemplos sencillos, nuestras radiaciones caloríficas ¿no se difunden en derredor nuestro sin que podamos fijar un límite a su alcance? Y ¿no pasa lo mismo con las radiaciones, todavía poco conocidas en su naturaleza, que capta el radiestesista, o con el agente indeterminado de las comunicaciones telepáticas o simplemente intuitivas, y hasta con la energía enigmática que parece manifestarse en el fenómeno, aún discutido, de la telequinesia? Y no podemos olvidar nuestro pensamiento que, por varios medios, difundimos ampliamente. Por una parte, el mundo exterior nos suministra, pues, los elementos indispensables para nuestra existencia, y desempeña así para con nosotros una función análoga a la de una glándula cualquiera. Por otra parte, modificamos dicho mundo exterior imponiéndole nuestra inteligencia orgánica e incorporándole nuestras diversas "secreciones", como lo hacemos con nuestros órganos.

     La diferencia entre el cuerpo y el resto del cosmos parece, por tanto, ser, con respecto a nosotros, de grado más bien que de naturaleza, y depender del imperio más o menos efectivo de nuestra inteligencia organizadora sobre los elementos naturales. Podemos decir que el mundo exterior constituye para nosotros un verdadero "cuerpo cósmico" o, mejor todavía, el prolongamiento degradado de nuestro cuerpo. No exageremos, sin embargo, los resultados de este análisis. En nada perjudican la individualidad de nuestro ser. Nuestra duración biopsíquica es la expresión del dinamismo interno de un complejo limitado. Algunos de sus elementos provienen del mundo exterior, pero están fundidos en un conjunto cuya continuidad no les debe nada. Nuestra inteligencia intencional se proyecta sobre el resto del cosmos, pero no lo incorpora al flujo que organiza, como lo hace con los elementos físico-químicos y las imágenes con las que constituye nuestros varios estratos biopsíquicos. Nuestra duración personal está imbricada en la duración cósmica, pero no se confunde con ella.

     Ahora bien: nuestra individualidad procede no de una suma de factores ni de una suma de acciones organizadoras sino del ritmo intencional de nuestra duración, esto es, del dinamismo de actualización electiva de nuestro yo potencial. Estamos en el cosmos como una corriente en el seno del océano. Nuestros límites son imprecisos, pero nuestro movimiento, uno y único, se diferencia del conjunto del que forma parte. Nuestro "cuerpo cósmico" no es nosotros, por tanto, aunque sólo por él existimos y tenemos sentido.  

La formación cósmica de la personalidad: El suelo

     Resulta de nuestro análisis anterior que llegamos al mundo –en el momento de nuestra concepción y no de nuestro nacimiento– provistos de un cierto número de posibilidades de realización, algunas de las cuales se actualizan necesariamente, aunque con un cierto margen de variabilidad cuantitativa y cualitativa, mientras elegimos entre las otras en el curso de nuestra evolución.

     Variaciones y elecciones dependen de nuestra historia, pero también del mundo exterior, y nuestra historia misma está hecha de nuestras variaciones y elecciones pasadas. El medio cósmico es, por tanto, el factor variable de nuestra personalidad, puesto que nuestra herencia está adquirida de una vez. Adaptándonos a él, nos modelamos sobre él y recibimos de su parte una verdadera formación, en el sentido pedagógico de la palabra.

     Así, el suelo sobre el que vivimos nos suministra, por intermedio de las plantas y los animales de los que nos alimentamos, aquellos elementos físico-químicos necesarios a nuestro cuerpo. Pero los suministra en cierta proporción y de cierta manera. Sabemos, por ejemplo, que la deficiencia de yodo, que padecen algunas regiones, provoca el bocio y la idiotez, y que el porcentaje de sales calcáreas contenidas en el agua que bebemos influye en el desarrollo de nuestro esqueleto. De modo más general, no es indiferente que comamos a discreción los productos de un suelo rico, o subsistamos difícilmente sobre una tierra árida.

     Por otra parte, y éste es sin duda el punto más importante, los alimentos naturales que absorbemos no se pueden reducir a los cuerpos químicos que los componen. Ya fueron elaborados por una inteligencia orgánica peculiar en función de las condiciones de su medio. Somos incapaces de hacer la síntesis química de las proteínas animales, aunque conocemos o creemos conocer su composición, y todo lo ignoramos de la clorofila de las plantas que asimilamos.

     El suelo es, además, un poderoso factor de diferenciación de plantas y animales. Las especies silvestres de la Patagonia andina, en un clima semejante al de los Alpes, crecen más rápidamente que en Europa y su madera es menos dura. El avestruz argentino es más pequeño que su congénere de África del Sur, que vive en condiciones climáticas equivalentes. Lo mismo pasa con el hombre. Alexis Carrel notó con razón que no hace mucho, cuando cada uno se alimentaba de los productos de su suelo, y la endogamia era más difundida que hoy, las diferencias biopsíquicas eran manifiestas de una aldea a la otra de una misma región. Numerosos rasgos de semejante estado de cosas subsisten todavía en algunas comarcas aisladas cuya unidad étnica no es discutible, en Bretaña o Auvernia, en Francia, por ejemplo.

     Tal influencia formadora del suelo es debida no sólo a su composición química sino también a ciertos factores cuya existencia apenas vislumbramos, como los campos electromagnéticos, y otros más de los que disimulamos mal nuestra ignorancia llamándolos fuerzas telúricas. De todos modos, tenemos que concluir, con Carrel, que estamos hechos, materialmente, del limo de la tierra, precisando que la "materia prima" que sacamos del suelo no actúa solamente sobre nuestro cuerpo sino sobre el conjunto todo de nuestro ser biopsíquico. Cuando decimos que el campesino está ligado a la tierra, no es esto una imagen ni la simple expresión de una realidad psico-funcional. Alimentado exclusivamente con los productos de sus campos, forma cuerpo –literalmente– con ellos en la completa armonía de un intercambio incesante. Los desarraigados de las grandes ciudades degeneran en razón de su modo antinatural de vida, pero también de su manera de alimentarse. Los productos sintéticos y los productos importados de los que se nutren hacen de ellos perpetuos inadaptados. 

La formación cósmica de la personalidad: El clima

     La acción del clima sobre nosotros es más generalmente conocida y admitida que la del suelo. Hasta no han faltado teóricos para olvidar en su favor los datos de nuestro capital hereditario. Sin embargo, el clima, al contrario del suelo, no nos trae casi nada que entre en la composición de nuestro ser. Cualquiera sea el aspecto en que lo consideremos: temperatura, presión atmosférica, régimen de los vientos, electricidad, luz solar, nubes, lluvia o humedad, sólo se trata de un medio en cuyo seno evolucionamos sin absorber nada de importancia, salvo por intermedio del suelo.

     Nuestro cuadro climático se limita a obligarnos a elegir, en cada momento, entre nuestras posibilidades inmanentes, la que mejor nos permite adaptarnos a él en función de nuestra intención vital. Incapaces de reaccionar ante el frío, esto es, de compensar con una intensidad acrecentada de nuestros intercambios termoquímicos la pérdida de calorías absorbidas por el aire ambiente, nos morimos. Si nuestros nervios no aguantan el viento dominante de nuestra región o su tensión atmosférica, vivimos en una constante inadaptación: nuestra eficacia resulta reducida y nuestra vida abreviada.

     De ahí una primera acción del clima sobre nosotros: nos impone una elección adaptativa entre nuestras potencialidades. Nos forma, pues, por su naturaleza: el frío nos vivifica y endurece; el calor nos adormece y reblandece. Pero nuestro medio climático obra igualmente por el ejercicio de nuestras funciones adaptativas, vale decir, de nuestra inteligencia intencional, que provoca. Nos modifica, por tanto, por sus variaciones: uniforme, crea en nosotros un hábito de pereza orgánica; cambiante, nos obliga, al contrario, a una actividad incesante que actualice nuestras posibilidades dinámicas.

     Esta doble influencia del clima es un dato de la observación. Grupos de la misma raza, ubicados en climas diversos, se diferencian por su grado de actividad física e intelectual. La apatía del europeo en los trópicos es tan manifiesta como la del negro en un clima templado. Este último ejemplo nos muestra que la acción del clima guarda relación con nuestra herencia. Ha sido posible delimitar con precisión las zonas geográficas cuyo clima más estimula la actividad biopsíquica del hombre blanco. Pero ese mapa no vale en absoluto para las razas de color, ni siquiera para ciertos grupos esencialmente diferenciados de la gran raza blanca. Nacemos preadaptados al clima que, durante generaciones, ha ejercido su influencia sobre nuestros antepasados. Vale decir que el medio es formador no sólo de nuestro individuo sino también de nuestra raza, haya sido él o no la causa de las grandes diferenciaciones étnicas de nuestra especie.

     Es ésta la razón por la cual nuestra herencia nos predispone a un tipo de clima que nos conviene particularmente, y fuera del cual degeneramos. Por eso es paradójico que nos empeñemos, desde el principio del siglo, en transformar artificialmente nuestras condiciones climáticas de vida, a suavizarlas y a reducir su grado de variación. Con el esfuerzo de adaptación, es nuestra tensión vital la que se debilita. Pero no es útil insistir: Carrel, en este dominio, ha dicho todo lo esencial. 

La formación cósmica de la personalidad: El paisaje

     El suelo y el clima actúan sobre nuestro ser biopsíquico al nivel de su substrato corporal. Pero hay un tercer factor de nuestra "educación" por el medio cósmico, el paisaje, que interviene, por intermedio de nuestros sentidos, en nuestra duración psíquica.

     En efecto, el mundo exterior no se reduce, para nosotros, a nuestros alimentos y al tiempo que hace. Es, además, un complejo de imágenes y, en particular, de imágenes visuales alrededor de las cuales se condensan en nuestra mente todas las demás. Paisaje es la forma y el color del suelo y de su vegetación, los olores que emanan de ellos, y la vibración de la luz que los envuelve; y también, en un sentido más amplio, el dibujo de la ciudad y de sus monumentos, y hasta el cuadro interior de nuestra casa. El paisaje es, por tanto, el decorado permanente de nuestra vida y nuestra acción o, más exactamente, este decorado tal como lo aprehendemos. Por cierto que cambia de apariencias con los momentos del día o las estaciones, pero sus varios aspectos conservan una base estable, y resurgen cíclicamente. El paisaje constituye la tela de fondo imaginal, de alumbrado variable, de nuestra duración psíquica. Cualquiera sea, es imposible escapársele. Impregna todo nuestro pensamiento, imaginativo, racional y afectivo.

     En efecto, suministra ante todo a nuestra duración imágenes, particularmente poderosas en razón de la constancia de la percepción que tenemos de ellas, que casi podríamos llamar imágenes-hábitos. El paisaje, pues, fija en alguna medida nuestra imaginación. Pero no es éste su papel más importante. Las imágenes que lo componen poseen un orden. No queremos hablar de las relaciones constitutivas de cada una de ellas sino de las proporciones del conjunto, o sea, de la organización del decorado todo. Dicho orden lo expresamos habitualmente en el lenguaje que empleamos para definir nuestras cualidades interiores. Decimos que el paisaje es grandioso o delicado, rico o desolado, exuberante o clásico. Se acostumbra decir que proyectamos en él nuestras cualidades propias. Es exacto que lo comparemos con nuestra personalidad. Lo juzgamos en su confrontación con nuestro ser, y lo calificamos según nuestra escala de valores. Pero no es menos exacto que la personalidad del paisaje se impone a nosotros, y contribuye a nuestra formación.

     En efecto, nos adaptamos necesariamente a nuestro decorado cósmico y creamos entre él y nosotros la armonía indispensable para nuestro equilibrio psíquico. Sin duda, modificamos según lo que somos la visión que tenemos del paisaje, pero también nos modificamos según lo que es. En la medida de nuestra potencialidad esencial adquirimos algo de su delicadeza o de su majestad, de su desolación o de su riqueza, de su simetría o de su exuberancia. No es indiferente ser criado en la estepa rusa o en el valle del Loira, en Nueva York o en Florencia. Apenas excesivo sería decir que nos transformamos en la llanura ilimitada de Ucrania o en el castillo de Chambord, en las masas desproporcionadas de hormigón o en los palacios del Renacimiento. Nos incorporamos, en todo caso, el orden particular de nuestro cuadro imaginal, y no es sorprendente que el paisaje influya hasta en nuestra lógica.

     Se reconoce generalmente, y con razón, que la imprecisión intelectual del ruso medio es debida a la ausencia de límites y a la "indiferencia" de su tierra, mientras que la claridad del francés medio proviene de la medida humana y la luminosidad de su decorado natural. Más evidente todavía es el poder afectivo del paisaje. La monotonía y la niebla engendran en nosotros la tristeza, y el Sol, la alegría. Ahora bien: la tristeza es el signo de nuestra inadaptación esencial a una imagen o un grupo de imágenes que no responde a nuestras necesidades personales, mientras que la alegría expresa, por el contrario, la armonía profunda entre nuestra duración biopsíquica y el marco de su evolución, vale decir, los factores externos que actúan sobre ella y se introducen en ella.

     Existe, pues, para nosotros, un paisaje óptimo: el que contribuye a nuestra realización integral, desarrollando aquellas de nuestras cualidades de todo orden que corresponden a su propia organización. 

El sentimiento de la naturaleza

     Pero el paisaje no es sino uno de los elementos esenciales de la armonía antropo-cósmica. Es el factor superficial, en el sentido propio de la palabra, de nuestro apego sentimental a nuestro cuadro, el que cubre y corona los otros, mas también los disimula a nuestra observación. Es el aspecto en el cual se presenta a nosotros una realidad única, infinitamente compleja, que comprende el cosmos entero, subyacente a sus diferenciaciones locales que son el suelo y el clima. El paisaje es un poco el espíritu de la Naturaleza: sería inconcebible sin la infraestructura en la que descansa y de la que depende, aunque la supera. Dicho con otras palabras, suelo, clima y paisaje constituyen nuestro mundo exterior, en el que estamos sumergidos y del que proceden, por una parte, nuestro ser y nuestra evolución, pero no son sino nuestros puntos de contacto diferenciados con el resto del cosmos, esto es, los canales por donde el mundo exterior entero se infiltra en nosotros.

     El sentimiento de la Naturaleza que experimentamos frente al paisaje es infinitamente más profundo de lo que piensa la mayor parte de los escritores que no ven en él sino una mezcla de admiración ante el misterio del mundo y de placer estético nacido del espectáculo. En realidad, es la expresión de nuestra simpatía, en el sentido etimológico de la palabra, por nuestro cuadro cósmico, vale decir, la intuición y la aceptación de una simetría, o sea, de una medida rítmica común entre él y nosotros. El campesino que se confunde con su tierra, que vive de ella y en ella, y la quiere a menudo más que a sí mismo, siente, sin ser, por lo general, capaz de analizarlo, dicho sentimiento que lo identifica a su cuadro. Forma cuerpo con su campo, como el jinete con su caballo. Y es un sentimiento idéntico el que experimenta el viejo porteño que "siente" vivir su ciudad, como se siente vivir a un ser querido.

     Nos damos cuenta confusamente de nuestra dependencia del medio cósmico por un vago bienestar cuando estamos en nuestro cuadro, y por una impresión de aislamiento que nos deja insatisfechos y como desamparados cuando nos hallamos en un ambiente cósmico que nos es extraño. Así, el desarraigado vive en una inquietud permanente, producto de su inadaptación personal, y hasta de una inadaptación hereditaria cuando ha nacido de una raza que, durante siglos o milenios, ha experimentado el imperio formador de un medio poderoso. La Naturaleza en que vive no le "habla". Se encuentra frente a ella como frente a un cadáver desconocido. Y es ésta la comparación exacta. Aprehendemos o no aprehendemos el ritmo vital del universo como parte normal de nuestra duración según que el mundo exterior, tal como se presenta a nosotros en un momento y un lugar determinados, contribuya o no a nuestro equilibrio interior.

     Lo que llamamos sentimiento de la Naturaleza es, por tanto, mucho más que el resultado de nuestra receptividad, mucho más que la respuesta a un contacto superficial. En realidad, es una comunión con el resto del mundo tal como se manifiesta a nosotros, en su diferenciación local, con todo su poderío y toda su necesidad. En vano se tratará aquí de oponer Dionisio a Apolo, la "vitalidad cósmica" a la "inteligencia del ritmo". Sea que la Naturaleza nos embriague y provoque en nosotros una exaltación casi mística, semejante a aquella que experimenta el primitivo en el curso de sus ceremonias animistas, o bien que haga vibrar lo más hondo de nuestro ser en una resonancia comprendida y explícitamente aceptada, el proceso permanece esencialmente idéntico.

     Nuestra personalidad responde según lo que es a la presión del mundo, y no pensamos que el poeta sienta menos auténticamente la intuición cósmica que expresa en ritmos intelectualizados, que el salvaje que manifiesta su emoción desordenada en el curso de la celebración de los ritos mágicos del vudú. El uno y el otro viven el mundo según las dominantes de su propia vida. O, más exactamente, el uno y el otro captan y expresan del mundo lo que corresponde a su propia duración. El primitivo se deja arrastrar por las potencias cósmicas misteriosas que lo dominan. El poeta trata de apoderarse de ellas y de restituir su orden íntimo. El fenómeno de la comunión con la Naturaleza es idéntico en ambos casos. Sólo varían la visión y la acción. 

El dominio del universo

     Esta diferencia de modalidad está lejos, empero, de ser sin importancia, puesto que expresa nuestra actitud frente al resto del mundo. No olvidemos, en efecto, que no somos una masa de arcilla maleable e inerte que las fuerzas del universo modelarán, encontrando alguna resistencia pero nada de reacción. Tampoco representamos un simple campo de acción convergente de los dinamismos cósmicos. Por el contrario, oponemos al resto del mundo una duración, esto es, una intención vital organizadora de nosotros mismos o, mejor todavía, una voluntad. Nuestra progresión vital en el seno de nuestro medio –y no hay otra progresión posible– se realiza por una confrontación dialéctica de nuestro ímpetu intencional con las fuerzas cósmicas. Somos una síntesis en creación continua, puesto que la superación que resuelve el conflicto se produce en nosotros. Somos a la vez uno de los factores de la oposición y el autor de la síntesis con la que nos beneficiamos. No hay, por tanto, actitud meramente pasiva de parte nuestra.

     Pero eso no impide que la fuerza variable que representamos sea más o menos poderosa con respecto a aquellas del medio cósmico. Aun el receptivo puro impone con éxito su intención vital a las potencias exteriores que, en caso contrario, lo destruirían. Mas dicha intención se limita a mantener una mera individualidad y no a orientar, según las exigencias del medio pero en un esfuerzo autónomo, la evolución de una personalidad. La tensión vital no está aquí en discusión. Puede ser extremadamente marcada, como en el caso del entusiasmo de una danza sagrada, pero falta la dirección personal. La violenta corriente de duración se deja arrastrar por las fuerzas naturales que la dominan, y cuyo imperio acepta y aun busca. Su única ambición es la de confundirse cada vez más íntimamente con el mundo exterior, y su único esfuerzo consiste en expresarlo prestándole su propia vitalidad.

     La actitud del poeta es muy diferente. También él acepta su cuadro cósmico y busca interpretarlo, pero no abdica ante él, no espera fundirse en el universo sino, por el contrario, personalizar las potencias exteriores que penetran y obran en su duración. Las acepta como una materia prima interiorizada, particularmente rica y que, por eso mismo, ofrece una seria resistencia pero le permite obtener un resultado superior. Les impone su intención directriz y las absorbe. Para el poeta el resto del mundo es factor de enriquecimiento personal y de afirmación de sí. Esto no quiere decir que no depende de sus condiciones cósmicas de vida, a las que debe, evidentemente, adaptarse, pero no transforma dichas condiciones en determinación. Él es quien se realiza en su cuadro y con ayuda de su cuadro, y no es el resto del cosmos el que se realiza en él.

     Por supuesto, el salvaje y el poeta –el verdadero salvaje y el verdadero poeta, constituyen casos extremos entre los cuales numerosas posiciones son posibles. Nuestro análisis quedaría incompleto si no precisáramos que existe una manera distinta de la del poeta de dominar el medio exterior: aquella de quien no sólo domina en sí mismo los datos cósmicos que se incorpora sino que también marca de su sello su cuadro natural y lo modifica según su propia personalidad.

     El campesino que humaniza la tierra por su trabajo creador, el paisajista y el arquitecto que dan una nueva fisonomía, salida de su pensamiento, a la campiña y a la ciudad, el artista que materializa su visión, el científico y el técnico que desvían las fuerzas naturales en provecho de su obra y nosotros, por fin, en la medida que modelamos el mundo a nuestra imagen, actuamos como poeta, pero como poeta a quien no basta su interioridad. No sólo subjetivizamos la parte del cosmos que nos hemos incorporado sino que también objetivizamos la síntesis personal que hemos forjado, imponiéndola a nuestro medio exterior. Somos a la vez poeta y hombre de acción.

por Jacques de Mahieu, 1955 

http://editorial-streicher.blogspot.com/2021/05/jacques-de-mahieu-sobre-la-naturaleza.html

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