¿VIVIMOS EN UNA SIMULACIÓN?
Un físico analiza las
señales que sugieren que el universo es un videojuego gigante. Quizás seamos apenas habitantes de una
simulación diseñada para que civilizaciones superiores aprendan sobre sí
mismas…
A veces confiamos en lo que vemos directamente, como nuestras manos, y otras veces necesitamos herramientas, como un espejo para ver nuestra propia nuca. Sin embargo, como explica Zeb Rocklin, profesor de física en el Instituto de Tecnología de Georgia, ninguna fuente de información es 100% fiable: los instrumentos científicos pueden fallar, los cálculos pueden tener errores y hasta nuestros ojos nos engañan.
Esta duda no es nueva. Hace miles de años, el filósofo chino
Zhuangzi soñó que
era una mariposa y, al despertar, se preguntó si no sería en realidad
una mariposa soñando que era un hombre. Hoy, esa misma incertidumbre ha
evolucionado hacia una teoría moderna y tecnológica: la hipótesis de la
simulación.
El argumento lógico de Nick Bostrom
Hace dos décadas, el filósofo Nick Bostrom planteó un dilema
que ha cautivado a mentes como Elon Musk y Neil Tyson. Su lógica se basa
en el avance imparable de la tecnología. Si los videojuegos y la inteligencia
artificial siguen mejorando, llegará un punto en el que la humanidad —quizás en
el siglo XXXI— será capaz de crear simulaciones tan perfectas que los seres
dentro de ellas tengan pensamientos y sentimientos reales.
Aquí es donde el cálculo matemático se vuelve inquietante.
Si solo existe una Tierra real, pero en el futuro se crean
billones de simulaciones de esa misma Tierra; y si los habitantes de esas
simulaciones no pueden distinguir su realidad de la verdadera; entonces,
estadísticamente, es mucho más probable que tú seas uno de los billones de
seres simulados que el único ser humano «original».
Para físicos como Rocklin, además, hay ciertos aspectos del
universo que guardan un parecido sospechoso con la programación de un software.
Por ejemplo:
- El
límite de lo pequeño: Existe una longitud mínima (la longitud de
Planck) por debajo de la cual las leyes de la física dejan de tener
sentido. Esto se asemeja mucho a los píxeles de una pantalla; no puedes
ver nada más pequeño que la unidad mínima de la imagen.
- El
borde del escenario: No podemos ver más allá de unos 50.000
millones de años luz. Aunque el universo tiene 13.800 millones de años, la
expansión del espacio ha «estirado» las distancias mientras la luz
viajaba, situando el borde observable mucho más lejos de lo que parece. En
este esquema, la propia velocidad de la luz (300.000 m/s) actuaría como el
«límite de procesamiento» o el ancho de banda máximo del sistema. Para
algunos, esto recuerda a los límites de un mapa en un videojuego de mundo
abierto, donde el horizonte y la fluidez están restringidos por la
capacidad del hardware para cargar datos.
- Glitch
de la realidad: Errores cotidianos, como no encontrar el móvil
donde estabas seguro de haberlo dejado o los fenómenos de déjà vu,
son interpretados por los entusiastas de esta teoría como pequeños
«fallos» o errores de carga en el sistema.
Entre la ciencia y la fe tecnológica
A pesar de lo convincente que resulta el argumento lógico de
Bostrom, no todos están convencidos. El propio Neil Tyson, que antes era un
firme creyente, ahora sitúa las probabilidades en un 50-50.
El escepticismo principal reside en la complejidad: la
tecnología necesaria para simular billones de conciencias humanas sería tan
avanzada que Bostrom describe a los creadores como «seres divinos». Es posible
que la humanidad nunca alcance ese nivel de sofisticación técnica.
Aun así, la hipótesis de la simulación sigue siendo uno de
los desafíos filosóficos más fascinantes de nuestra era.
«Quizás no seamos más que líneas de código en el ordenador
de un adolescente del futuro, o quizás la realidad es mucho más extraña de lo
que cualquier software podría replicar. Por ahora, lo único seguro es que, sea
real o simulado, el universo sigue siendo un lugar lleno de misterios por
resolver», concluye Rocklin.

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