1.3.21

Queda mucho por descubrir y redescubrir, empezando por la sabiduría

LAS PRINCIPALES CREENCIAS CIENTÍFICAS         

En 1981 el bioquímico británico Rupert Sheldrake publicó su conocida obra "Una Nueva Ciencia de la Vida. La Hipótesis de la Resonancia Mórfica", en la que plantearía su teoría sobre los campos mórficos o morfogenéticos, patrones o estructuras inmateriales e intemporales que a nivel cuántico ordenan la naturaleza tanto de los cristales y moléculas como de los organismos vivos, y transmiten información —aunque no energía— entre los individuos de una misma especie. 

Rechazado su planteamiento por la mayoría de sus colegas, se convertiría en un «hereje» al que desprestigiar. Pues bien, en su último libro, "El Espejismo de la Ciencia" [The Science Delusion, 2013], plantea que el paradigma científico actual se basa en lo que irónicamente denomina el "credo científico", postulando que se trata de un conjunto de ideas dogmáticas que se dan por ciertas aun no teniendo fundamento y que están frenando el avance de la sociedad. 

La última obra del bioquímico británico Rupert Sheldrake, El Espejismo de la Ciencia, incide nuevamente en una tesis que mantiene desde hace ya tres décadas, y es la de que en realidad "la Ciencia está reprimida por supuestos que tienen siglos de antigüedad y se han consolidado como dogmas".

Siendo el más importante de tales supuestos —porque sustenta a los demás— el que la Ciencia conoce ya casi todas las respuestas y el universo es como una enorme máquina previsible en la que todo lo existente es material o físico-químico, la conciencia viene a ser mera actividad cerebral y la evolución carece de propósito, una concepción dogmática que se forjó en el siglo XVII siendo clave en su desarrollo el filósofo y político inglés Francis Bacon quien en su libro La Nueva Atlántida  describiría una especie de utopía en la que el Estado estaría controlado por una casta sacerdotal científica que tomaba las decisiones, concepción religiosa de la ciencia que personajes como Charles Darwin y Louis Pasteur apoyarían. Como bien dice Sheldrake, "a principios del siglo XX la ciencia estaba casi completamente institucionalizada y profesionalizada, expandiéndose increíblemente tras la Segunda Guerra Mundial con el patrocinio gubernamental y gracias a la inversión empresarial".

     Ése es un hecho sobre el que resultan especialmente significativas las palabras del historiador de la ciencia George Sarton que el propio Sheldrake cita en su obra: "La verdad sólo puede ser determinada por el juicio de expertos (...) De hecho, todo lo deciden pequeños grupos de hombres, expertos cuyos resultados son cuidadosamente comprobados sólo por otros expertos. La gente no tiene pues nada que aportar y lo que debe hacer es aceptar sus decisiones. Actividades científicas controladas por universidades, academias y sociedades científicas fuera del alcance del control popular". Fue ello lo que dio lugar al materialismo científico imperante, aun cuando su credibilidad fue puesta en entredicho por numerosas investigaciones "heréticas", incluso dentro desde dentro de la propia Física.

     Así acaecería en 1927 con el reconocimiento académico del Principio de Incertidumbre, que puso de manifiesto que el mundo físico no es determinista como se defendía hasta entonces; y otro tanto podría decirse de las teorías de la relatividad y del Big-Bang. Sheldrake admite no obstante que a finales del siglo XX se produjo un nuevo repunte del materialismo —a partir de los avances de la neurobiología y la biología molecular—, no atreviéndose hoy la mayoría de los científicos a desafiar las creencias imperantes, comentando el biólogo británico con ironía, "al menos antes de retirarse o de obtener el Premio Nobel".

     El caso es que Sheldrake ha decidido analizar y rebatir las principales creencias científicas —comúnmente aceptadas— que, según explica en su último libro, son diez y constituyen el "credo científico". Son éstas: 

1. Todo es esencialmente mecánico. 

Para los científicos incluso las personas son «máquinas» o, en expresión de Richard Dawkins, "robots pesados". Tal es la creencia fundamental en la que se apoyan las demás y tuvo su origen en las ideas de René Descartes y otros autores que, paradójicamente, concibieron la Naturaleza como una máquina diseñada y regida por Dios. La teoría fue constantemente cuestionada y enfrentada a una concepción alternativa de la biología como el vitalismo pero acabó imponiendo sus planteamientos reduccionistas que explican la vida en términos exclusivamente físico-químicos y moleculares, lo que supone dejar sin explicación una parte esencial, ese «algo» que hace que un ser vivo sea mucho más que la suma de sus partes. Porque hasta el más lerdo entiende que puede desmontarse y volver a montarse un reloj... pero no un gato.

2. La cantidad total de materia y energía en el universo es siempre la misma.

Los científicos mecanicistas defienden aún una extraña teoría sobre la materia: creen que toda la materia y energía existentes surgió de pronto con el Big-Bang", pero a la vez están convencidos de que desde entonces la cantidad de ambas es la misma. Y lo creen así a pesar de asumir que el universo se está expandiendo continuamente hacia lo que denominan "materia y energía oscura", hacia algo cuya naturaleza desconocen a pesar de que sus cálculos indican que la misma constituye ¡el 96% del universo! De hecho existen datos que conducen a pensar que parte de la materia oscura puede transformarse en formas regulares de energía así como que la energía oscura podría estar aumentando con la expansión del universo, sólo que eso echa abajo la teoría de que la cantidad total de materia y energía del cosmos haya sido y será siempre la misma. De ahí que Sheldrake se pregunte si no existirán formas de energía desconocidas aún no descubiertas y si la energía del campo de punto cero admitida por la ciencia puede ser utilizada por los organismos vivos.

3. Las leyes de la Naturaleza son inmutables. 

Muchos científicos asumen que las leyes de la Naturaleza son fijas, inmutables, que siempre lo han sido y siempre lo serán. Para Sheldrake ese convencimiento no es sin embargo más que una teoría que no se basa en la observación empírica. Pues bien, tal creencia es la que ha llevado a suponer que si un experimento se replica de forma idéntica, el resultado que dará será siempre el mismo en cualquier tiempo y lugar, cuando eso no es así en absoluto. Sheldrake pone en su obra ejemplos contundentes que lo desmienten, destacando dos: la constante gravitacional y la velocidad de la luz. Porque hoy se ha podido constatar que ambas "constantes" han experimentado variaciones usando métodos de medición muy precisos que han detectado disparidades significativas.

Sheldrake cuenta que al hacerle notar al jefe de Metrología del Laboratorio Nacional de Física en Teddington las variaciones de la velocidad de la luz detectadas entre 1928 y 1945 éste calificó el hecho de "fases de bloqueo intelectual" que habían resuelto en 1972 ¡estableciéndola por consenso! Sheldrake, autor de la conocida teoría de los «campos mórficos o morfogenéticos», postula por el contrario que las leyes naturales no son inmutables y eternas sino que evolucionan a medida que aumenta la memoria de las especies que constituyen la Naturaleza.

4. La materia es inconsciente

Si según los mecanicistas la materia es la única realidad, la consciencia no existe, una idea a la que se opone el dualismo que acepta su existencia pero no explica su interacción con el cuerpo. Pues bien, para Sheldrake todo sistema autoorganizado tiene un aspecto material y otro mental. Asimismo recuerda el planteamiento del filósofo anglosajón Alfred North Whitehead quien a raíz de los descubrimientos de la Física Cuántica postularía la existencia de una relación temporal entre mente y materia, de modo que nuestro conocimiento presente tiene su origen en acontecimientos del pasado que se proyectan en el futuro a partir de nuestras decisiones.

5. La Naturaleza no tiene propósitos. 

El mecanicismo del siglo XVII abolió los fines, los propósitos, los objetivos y las causas finales, pretendiendo explicarlo todo mecánicamente del mismo modo que, por ejemplo, se explican los movimientos de una bola de billar impulsada por un golpe del taco o la fuerza de la gravedad que "está ahí" sin propósito, sin finalidad. Algo similar a la teoría neodarwiniana de la evolución que postula que los ojos no se formaron con el propósito de ver sino que son producto de mutaciones genéticas que se dieron al azar. Lo paradójico —apunta Sheldrake— es que esos mismos hablan de "selección natural", cuando eso supone admitir que en la Naturaleza existe el propósito de sobrevivir y reproducirse.

De hecho los primeros mecanicistas —como Descartes— sí pensaban que el ser humano tenía propósitos, aunque negasen esa posibilidad al resto de los seres vivos; excepción negada por los materialistas posteriores para quienes no existen almas humanas inmateriales sino únicamente cerebros que trabajan mecánicamente.

Sheldrake, por su parte, va mucho más allá y postula que los campos mórficos —uno por cada especie— no sólo influyen en el futuro sino en el presente, operando "hacia atrás" en el tiempo, una hipótesis que si bien choca frontalmente con los conceptos de la física mecanicista tiene soporte científico no solo en la Mecánica Cuántica —se sabe que las "antipartículas" descubiertas por Richard Feyman se desplazan hacia el pasado— sino en las ecuaciones clásicas que James Clark Maxwell propuso en 1864 para las ondas electromagnéticas, que según él pueden desplazarse a la velocidad de la luz desde el presente hacia el futuro pero también desde el presente hacia el pasado. Es lo que se denominan "ondas avanzadas" y forman parte de las matemáticas del electromagnetismo, aunque los físicos convencionales hayan optado por ignorarlas al chocar con sus postulados mecanicistas.

En definitiva, la negación materialista de los propósitos en la evolución o en la vida no se basa en evidencia alguna sino en un supuesto con base puramente ideológica.

6. La herencia biológica es material. 

La Genética mecanicista domina también la biología académica actual, siendo su planteamiento central el que la información hereditaria está codificada en los genes; de hecho "genético" y "hereditario" se consideran hoy sinónimos. El triunfo culminante de esta disciplina fue el Proyecto Genoma Humano que, con un presupuesto de 3.000 millones de dólares, afirmó en 2000 haber logrado descifrar todo el código genético, asegurando que ello serviría para curar enfermedades, prevenirlas e, incluso, generar niños «a la carta». Obviamente se trató de otra simplificación mecanicista que se fue desinflando hasta tal punto que en 2011 el director del Proyecto de Recursos para la Biotecnología, Jonathan Latham, declaró: "La explicación más probable a por qué no hemos encontrado los genes de las enfermedades más comunes, es que no existen", añadiendo: "Ya que no podemos culpar a los genes heredados de nuestras enfermedades más comunes, ¿podremos descubrir algo a lo que culpar?".

Sheldrake recuerda en su obra que ya en 2006 la Escuela de Negocios de Harvard reconoció en un informe que "sólo una pequeña parte" de las empresas de biotecnología había logrado beneficios, y que las promesas de nuevos «avances» se habían visto frustradas una y otra vez.

7. Los recuerdos se almacenan como huellas materiales en el cerebro. 

La mayoría de la gente da por sentado que los recuerdos se almacenan de alguna forma en el cerebro en forma de huellas o trazas materiales, pero la verdad es que no está tan claro. Para empezar, los recuerdos pueden persistir décadas a pesar de que el sistema nervioso cambia constantemente; de hecho la práctica totalidad de nuestras moléculas se renueva cada pocas semanas, así que ¿cómo sobreviven los recuerdos a esa renovación molecular? Porque los científicos llevan décadas buscando las trazas que los recuerdos deberían dejar en el cerebro... sin éxito. Fue el caso de Karl Lashley, quien a mediados del siglo XX hizo numerosos experimentos —durante 30 años— con resultados sorprendentes: tras destruir partes críticas de los cerebros de ratas, monos y chimpancés, comprobó que ¡los recuerdos pervivían! Luego éstos no parecen «almacenarse» en el cerebro. Y en la década de los '80 Steven Rose concluyó que la zona del cerebro implicada en los procesos de aprendizaje no es necesaria para la conservación de la memoria. Y otros experimentos demostraron que ni siquiera la destrucción del hipocampo en ambos lados del cerebro consigue eliminar los recuerdos.

Sheldrake plantea por ello que nuestros recuerdos no se almacenarían en los cerebros sino en los campos mórficos, que los grabamos en ellos en el pasado pero podemos recuperarlos en cualquier momento sintonizando con ese archivo, algo que por otra parte explicaría la posibilidad de que los conocimientos y recuerdos de cada persona estén accesibles para otras permitiendo mejorar así el saber global de la especie.

8. La mente está en el interior del cráneo. 

Como para el materialismo sólo la materia es real, la mente está confinada en el cerebro y la actividad mental es actividad cerebral, algo que a juicio de Sheldrake entra en conflicto con la mera experiencia. Cuando nosotros vemos un objeto no experimentamos cambios eléctricos en el cerebro sino que simplemente lo vemos en el exterior de nuestra cabeza, a pesar de lo cual la teoría materialista afirma que las imágenes y pensamientos están en nuestra cabeza, negando la realidad de la consciencia. De hecho, uno de los más influyentes conductistas, B. F. Skinner, afirmó en 1953 que la mente y la consciencia eran entidades que no existen y fueron "inventadas con el único propósito de ofrecer explicaciones espurias", postulando por su parte Paul Churchland que los estados mentales subjetivos deben considerarse como «no existentes» ya que su descripción no puede reducirse al lenguaje de las neurociencias. Patético.

Para Sheldrake, en cambio, lo que vemos está en la mente y no en el cerebro, mente que no se halla pues en el interior del cráneo sino que se extiende más allá en el espacio... y en el tiempo, propuesta que contribuye a explicar fenómenos comunes como el hecho de notar que alguien nos mira desde atrás y percibimos como si nos "tocaran", o cómo alguien percibe que está siendo mirado o fotografiado sin ver al observador o fotógrafo.

9. Los fenómenos psíquicos inexplicados son ilusorios. 

Rupert Sheldrake lo rechaza de plano, entendiendo que la telepatía, la precognición y otras experiencias consideradas paranormales cuentan con numerosas evidencias que les confieren "credibilidad científica". De hecho recuerda que algunas se han estudiado y comprobado en laboratorio por científicos de prestigio.

10. La medicina mecanicista es la única que funciona. 

El último dogma que Sheldrake critica es el de la medicina mecanicista convencional, porque "padece de estrechez de miras" al atender sólo a los aspectos físico-químicos de los seres humanos y reducir sus actuaciones a la cirugía y los medicamentos, criticando además que los sistemas nacionales de salud opten sólo por financiar esa forma mecanicista de Medicina. Sheldrake reivindica además la eficacia del  efecto placebo al que no duda en calificar como «el poder de la esperanza», algo que a su juicio evidencia claramente la influencia que puede tener la mente no ya sobre la salud —que es evidente— sino sobre los resultados de experimentos y tratamientos, hasta el punto de que plantea enormes dificultades a la hora de medir la acción real de un fármaco.

Para Sheldrake el materialismo, que en determinada época fue liberador, ha alienado de tal forma a los médicos y científicos que éstos están provocando la extinción masiva de muchas especies y poniendo en peligro la nuestra. De ahí que termine su libro diciendo: "La comprensión de que las ciencias no conocen las respuestas fundamentales conduce a la humildad y no a la arrogancia, a la apertura en lugar de al dogmatismo. Queda mucho por descubrir y redescubrir, empezando por la sabiduría".

Hemos tenido oportunidad de intercambiar algunas impresiones con él sobre todo esto. 

—Según usted son las limitaciones intelectuales y los comportamientos dogmáticos los que están impidiendo el progreso científico y han pervertido la esencia de la Ciencia. ¿Se debe al control por el poder político y económico de los científicos, la investigación, la formación y la información científica o a otras causas?

—La mayoría de los científicos están constreñidos por la ortodoxia académica en la que viven, que es esencialmente materialista y mecanicista. En parte esto es un problema generalizado que afecta a todas las jerarquías ortodoxas. Pero lo que hizo que la ciencia fuera más libre en el pasado fue que muchos científicos de ideas independientes no trabajaban en instituciones científicas. Charles Darwin, por ejemplo, fue un naturalista aficionado que financió privadamente su investigación. Nunca disfrutó de posición académica ni de fondos gubernamentales. Sin embargo, actualmente casi todos los científicos dependen de fondos académicos o privados que limitan enormemente su libertad. Además el sistema de peer review [revisión de trabajos por parte de los pares] supone grandes presiones hacia lo establecido. Y el sistema de concesión de fondos, sujeto asimismo a peer review, es otro importante limitador de la libertad científica. Una de las cosas que podría provocar un cambio radical es que hubiese otras fuentes de financiación disponibles que permitan realizar investigaciones no convencionales. A muchos científicos les gustaría trabajar libremente pero saben que hoy por hoy no les será posible encontrar fondos para hacerlo.

—"El Espejismo de la Ciencia" se publicó en inglés hace ya dos años. ¿Cómo reaccionó la comunidad científica a su aparición? ¿Cree que habrá hecho que los defensores del "credo científico" se replanteen sus creencias?

—En la comunidad científica mucha gente ha leído "El Espejismo de la Ciencia" pero la mayoría no ha querido debatir su contenido con otros colegas debido a la presión del oficialismo, que sigue siendo muy grande. Para mí es evidente que hay ya mucha gente en el mundo científico cuestionándose el materialismo mecanicista, y de hecho algunos me han confesado que mi libro les ha ayudado mucho. Pero, como ya he manifestado antes, su capacidad para trabajar de modo diferente depende de que encuentren fuentes de financiación no oficiales. Y no es nada fácil.

—La Ciencia pretende ser «objetiva». ¿Es eso posible a su juicio?

—La objetividad en la Ciencia, tal y como explico en el capítulo 11 de mi libro, es discutible. Muchos experimentos en ciencias biomédicas, psicología e incluso química ¡no pueden replicarse! Y las explicaciones pueden ser muchas. Por una parte, los científicos tienden a publicar sólo sus mejores resultados, de modo que los errores y fallos se quedan sin publicar, lo que produce una distorsión sistemática. Por otra parte, casi nunca se obtienen subvenciones para repetir otros estudios ni las revistas prestigiosas quieren publicarlos, al no ser investigaciones originales. Así que la creencia de que la ciencia es objetiva debido a la replicabilidad y la evaluación por pares es muy discutible. Considero la replicabilidad un criterio importante ya que el juicio humano es falible, pero el viejo ideal de la objetividad es hoy simplemente ingenuo.

—Sus postulados, al igual que otros rupturistas como la epigenética o la plasticidad del genoma, parecen empezar a hacer mella en la línea de flotación de la medicina mecanicista. ¿Lo percibe usted?

—El viejo consenso materialista se está rompiendo por muchas razones. Y obviamente hay un número cada vez mayor de científicos que están trabajando para ir más allá. De hecho hay una nueva página web enteramente dedicada a la ciencia post-materialista, opensciences.org, en la que se plantean cuestiones como el problema de la heredabilidad perdida —que demuestra que los genes sólo pueden explicar una pequeña parte de la herencia— o el reconocimiento de la herencia epigenética, mediante la cual los organismos pueden incorporar características adquiridas por sus ancestros. Ambos indican que la teoría darwinista de la evolución necesita un replanteamiento radical. Y la Física está en estos momentos en crisis ya que la mayoría de las principales teorías, como la de supercuerdas o la del multiverso, no son científicamente demostrables. De hecho muchos físicos se cuestionan hasta si son o no postulados científicos.

—Su teoría sobre la existencia de campos mórficos fue visceralmente rechazada cuando la postuló hace casi 35 años. ¿Ha ido siendo más aceptada con el tiempo?

—Sí, entre los psicólogos y psicoterapeutas de tradición junguiana; se tomaron muy en serio la hipótesis de la resonancia mórfica. Y también entre quienes trabajan con la terapia de constelaciones familiares. Sin embargo, en otros muchos ámbitos, especialmente en el académico, se obvia u oculta por razones obvias. Me consta que hay mucha gente interesada en ella pero no se encuentran en posición de apoyarla abiertamente.

—Que las principales publicaciones científicas juegan un papel clave en el mantenimiento de los dogmas que usted denuncia es obvio, así que, ¿qué piensa de las denuncias de que ejercen la censura y han dado cabida a muchos fraudes así como a la práctica del ghost-writing [donde escribe otro que el que firma]?

—Las publicaciones científicas plantean actualmente numerosos problemas, y por eso hay una corriente de nuevas publicaciones online. El problema es que la mayoría son de muy baja calidad y desafortunadamente las mueve el deseo de obtener beneficios. Hasta en las publicaciones de libre acceso los autores tienen que pagar para publicar en ellas sus artículos. Aun así creo que internet está ayudando a conseguir mayor libertad.

—Que se han hecho progresos en medicina es obvio, pero también que los fármacos se han convertido ya ¡en la tercera causa de muerte! ¿Comparte la idea de que la influencia de la gran industria farmacéutica puede llevarla al desastre? ¿No debería por otra parte abrirse la medicina farmacológica basada en la medicina mecanicista a las demás formas de entender y afrontar la enfermedad?

—No cabe duda de que la medicina moderna, la cirugía y los fármacos en los que se basa tienen un éxito notable en determinadas circunstancias, pero es muy limitada en otras. Y, sobre todo, cada vez es más cara. Creo pues que los sistemas médicos modernos se verán obligados a abrirse a enfoques más integradores aunque sólo sea por razones económicas. El mejor modo de conseguir una medicina efectivamente basada en la evidencia es poner el acento en investigaciones que comparen la efectividad de diferentes tipos de tratamientos y llevarlas a cabo de modo neutral desde el punto de vista teórico; es decir, probando en pacientes escogidos al azar cualquier enfoque médico y evaluar cuáles son los mejores resultados. De ese modo no sólo tendremos sistemas sanitarios más baratos sino que romperemos el monopolio del enfoque mecanicista que aún domina los sistemas de salud.–

Jesús García Blanca

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