27.5.26

El hombre moderno no conduce nada, simplemente soporta el camino

LA MODERNIDAD ES UNA MONTAÑA RUSA            

Un historiador de la USP ya fallecido, llamado Nicolau Sevcenko, diagnosticó nuestra difícil situación antes de que llegaran los algoritmos, y todavía seguimos atrapados en el bucle que él describió.

Existe una imagen de Nicolau Sevcenko, el difunto profesor de historia contemporánea de la Universidad de São Paulo, a cuyo curso tuve el privilegio de asistir ocho meses antes de su muerte, que la modernidad, en su arrogancia festiva, ha optado por ignorar. La historia, escribió, dejó de ser un camino y se convirtió en una montaña rusa a partir de la Revolución Industrial, y lo que parece una simple analogía de velocidad revela, en términos generales, toda una condición civilizatoria.

En la modernidad clásica aún existía la ilusión de una trayectoria. El hombre ilustrado caminaba hacia una perfección que creía inscrita en la razón misma, pues la ciencia iluminaría la oscuridad, la técnica resolvería las limitaciones materiales y la política, por fin, se liberaría del peso atávico de la religión. Había un eje, había un sentido, había un horizonte que uno podía, al menos en teoría, contemplar con la tranquilidad del peregrino.

Sevcenko comprendió que ese horizonte había sido reemplazado por una vía cerrada. Y en una vía cerrada hay un detalle que el pasajero descubre demasiado tarde: el bucle. En ese instante de aceleración total, la gravedad parece desaparecer, el cuerpo pierde su noción de arriba y abajo, y el hombre contemporáneo ya no distingue entre propósito e instrumento, libertad e impulso, progreso y disolución. Todo gira demasiado rápido como para que quepa la contemplación

La ironía, amigo mío, es evidente. El proyecto de la Ilustración nació prometiendo soberanía racional al individuo y, tras tres siglos, produjo una criatura que simplemente reacciona. La tecnología avanza más rápido de lo que la cultura puede asimilar, la información circula más rápido de lo que la conciencia puede absorber, y los algoritmos, la biotecnología y la inteligencia artificial multiplican efectos que ya nadie comprende del todo, aunque todos nos vemos obligados a consumirlos. El hombre moderno no conduce nada, simplemente soporta el camino, y aun así agradece la adrenalina.

De ahí la curiosa coexistencia de euforia superficial y agotamiento espiritual. Tal es el paternalismo civilizatorio, pues mientras la máquina acelera, la conciencia permanece inmóvil, y el hombre, fascinado por su propia velocidad, olvida que la vía nunca fue diseñada para detenerse.

La modernidad nos prometió el trono de Dios y nos dio un asiento en una atracción de feria. Al menos la vista es buena hasta la siguiente vuelta.

https://www.verdadypaciencia.com/2026/05/la-modernidad-es-una-montana-rusa.html  

No hay comentarios:

Publicar un comentario