LA MODERNIDAD ES UNA MONTAÑA RUSA
Un historiador de la USP ya fallecido, llamado Nicolau Sevcenko, diagnosticó nuestra difícil situación antes de que llegaran los algoritmos, y todavía seguimos atrapados en el bucle que él describió.
Existe una imagen de Nicolau Sevcenko, el difunto profesor de historia contemporánea de la Universidad de São Paulo, a cuyo curso tuve el privilegio de asistir ocho meses antes de su muerte, que la modernidad, en su arrogancia festiva, ha optado por ignorar. La historia, escribió, dejó de ser un camino y se convirtió en una montaña rusa a partir de la Revolución Industrial, y lo que parece una simple analogía de velocidad revela, en términos generales, toda una condición civilizatoria.
En la modernidad clásica aún existía la ilusión de una
trayectoria. El hombre ilustrado caminaba hacia una perfección que creía
inscrita en la razón misma, pues la ciencia iluminaría la oscuridad, la técnica
resolvería las limitaciones materiales y la política, por fin, se liberaría del
peso atávico de la religión. Había un eje, había un sentido, había un horizonte
que uno podía, al menos en teoría, contemplar con la tranquilidad del
peregrino.
Sevcenko comprendió que ese horizonte había sido reemplazado
por una vía cerrada. Y en una vía cerrada hay un detalle que el pasajero
descubre demasiado tarde: el bucle. En ese instante de aceleración total, la
gravedad parece desaparecer, el cuerpo pierde su noción de arriba y abajo, y el
hombre contemporáneo ya no distingue entre propósito e instrumento, libertad e
impulso, progreso y disolución. Todo gira demasiado rápido como para que quepa
la contemplación
La ironía, amigo mío, es evidente. El proyecto de la
Ilustración nació prometiendo soberanía racional al individuo y, tras tres
siglos, produjo una criatura que simplemente reacciona. La tecnología avanza
más rápido de lo que la cultura puede asimilar, la información circula más
rápido de lo que la conciencia puede absorber, y los algoritmos, la
biotecnología y la inteligencia artificial multiplican efectos que ya nadie
comprende del todo, aunque todos nos vemos obligados a consumirlos. El hombre
moderno no conduce nada, simplemente soporta el camino, y aun así agradece la
adrenalina.
De ahí la curiosa coexistencia de euforia superficial y
agotamiento espiritual. Tal es el paternalismo civilizatorio, pues mientras la
máquina acelera, la conciencia permanece inmóvil, y el hombre, fascinado por su
propia velocidad, olvida que la vía nunca fue diseñada para detenerse.
La modernidad nos prometió el trono de Dios y nos dio un
asiento en una atracción de feria. Al menos la vista es buena hasta la
siguiente vuelta.
https://www.verdadypaciencia.com/2026/05/la-modernidad-es-una-montana-rusa.html

No hay comentarios:
Publicar un comentario