24.2.26

Una vieja regla del poder: quien quiere pertenecer, tiene que dejar de poder marcharse

EL ARTE ANTIGUO DEL KOMPROMAT

El precio de pertenecer

Hay escándalos que no derriban el sistema. Lo dejan al descubierto.

El archivo Epstein no es solo una lista de nombres incómodos ni una colección de fotografías y vídeos repugnantes. Es la sospecha de que el poder contemporáneo no se sostiene solo con dinero o votos, sino con algo mucho más eficaz: la vulnerabilidad compartida.

Desde que su nombre empezó a filtrarse en tribunales y reportajes, han surgido firmes teorías sobre quién lo protegía, quién lo utilizaba o qué redes de influencia se cruzaban en su entorno, señalando posibles vínculos con los servicios de inteligencia israelíes o intereses geopolíticos.

Lo relevante no es cerrar aquí el debate, sino entender por qué esa hipótesis resulta no ya plausible, sino altamente probable: porque el caso encaja demasiado bien con un patrón histórico conocido.

Las élites rara vez funcionan como clubes abiertos. Funcionan como círculos donde el ascenso implica cruzar una frontera moral. No hace falta recurrir a rituales oscuros para entenderlo. Basta observar cómo, a lo largo de la historia, los grupos de poder han utilizado secretos, favores y debilidades personales para garantizar lealtad. 

Epstein parecía moverse precisamente en ese espacio intermedio: no era un ideólogo ni un líder político, sino un intermediario ambiguo entre dinero, influencia política y círculos de seguridad internacional. Alguien que conectaba ambición y acceso. Su verdadera influencia no estaba en lo que decía, sino en lo que sabía —y en lo que podía demostrar de quienes orbitaban a su alrededor.

El ex-primer ministro israelí Naftali Bennett afirmó con 100 % de certeza que Epstein no tenía conexión con el Mossad y calificó esas acusaciones como falsas. Crea el lector lo que le parezca más probable. En política, las negaciones rara vez cierran un debate; suelen abrir otro.

El periodismo investiga, interpreta, sospecha y conecta puntos. No dicta sentencias: eso corresponde a fiscales y jueces. Pero cuando las estructuras judiciales dependen del mismo ecosistema político que aparece bajo sospecha, surge una tensión inevitable entre verdad pública y verdad procesal. No es una teoría; es una constante histórica.

Mucho antes de que existieran cámaras ocultas o expedientes judiciales digitalizados, las élites ya sabían cómo asegurarse de que sus miembros no abandonaran el círculo. No bastaba con compartir intereses; había que compartir riesgos. El poder no se construía sobre la confianza, sino sobre la irreversibilidad. En las cortes europeas del siglo XVIII, el ascenso social venía acompañado de favores que nunca podían mencionarse fuera de palacio.

En las logias políticas del XIX —algunas abiertas, otras opacas— el acceso implicaba ritos y juramentos que eran menos espirituales que estratégicos: sexos al aire, cruces pisoteadas y palabras dichas en voz alta ante el resto de los sectarios que garantizaban silencio futuro.

No hace falta recurrir al mito para entenderlo. Los historiadores han documentado cómo las redes aristocráticas, financieras o revolucionarias utilizaban cartas comprometedoras, deudas privadas o escándalos cuidadosamente administrados para asegurar disciplina interna. No era una conspiración única; era una tecnología social.

Por eso el escándalo Epstein incomoda tanto. Porque plantea una pregunta que nadie que no quiera arriesgarse a perder su cargo quiere formular en voz alta: ¿cuántas carreras políticas y económicas dependen de secretos que nadie puede permitirse revelar? No se trata necesariamente de una conspiración única, sino de algo aún más inquietante: un sistema donde la pertenencia exige renunciar a la inocencia pública. Cuando todos están comprometidos, nadie puede salirse del guion sin arrastrar a los demás.

La pregunta no es cuántos sistemas similares han existido antes, sino cuántos siguen funcionando hoy sin nombre propio. Cada vez que vemos a un dirigente poderoso actuar de forma aparentemente absurda —sea Trump, Merz o Macron— surge la misma duda incómoda: ¿deciden realmente por voluntad propia o ejecutan el guion de quienes los encumbraron?

Porque la historia del poder no es la historia de quienes mandan. Es la historia de quienes ya no pueden permitirse dejar de obedecer.

Ese mecanismo no nació con Epstein. Las viejas sociedades de poder ya funcionaban así: juramentos, favores cruzados, silencios compartidos. La diferencia es que hoy las pruebas no se guardan en templos secretos, sino en servidores, archivos y expedientes judiciales. Quizá por eso el caso sigue abierto en la imaginación colectiva. No porque todos crean las mismas teorías, sino porque muchos intuyen que la verdad completa nunca se contará del todo.

Epstein no fue el origen. Fue el espejo. Y lo que refleja no es solamente un nombre y una bandera, sino una vieja regla del poder: quien quiere pertenecer, primero tiene que dejar de poder marcharse.

— EL SEXTANTE

https://acratasnet.wordpress.com/2026/02/21/epstein-y-el-arte-antiguo-del-kompromat/

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