¡FURIA CONTRA LA MÁQUINA!
Se acabaron las vacaciones. Nos hemos lavado los últimos granos de arena de los pies, hemos vaciado los vasos y nuestros cuerpos han descansado. Pero la mente nunca se ha detenido del todo. Al contrario, ha observado, asimilado, digerido y madurado. Y hoy, las pilas están cargadas, la energía ha regresado, brutal, lúcida y decidida. Este mundo se tambalea al borde de un cambio histórico, y ya no es momento de contemplar. Es hora de hablar. De gritar. De golpear donde duele.
He redescubierto una fuerza que creía perdida, una forma de reminiscencia juvenil, despertada por sonidos que no he escuchado en mucho tiempo. Entre ellos, un viejo álbum de "Rage Against the Machine", tan visceral, tan lúcido y tan relevante hoy en día. Les recomiendo que lo pongan de fondo mientras leen este texto. No es una lectura tranquila, no es un manifiesto de salón. Es otra alarma. Una señal. Una advertencia. Porque a partir de ahora, la complacencia ya no es una opción.
En la etapa actual, se necesita una dosis fenomenal de
ingenuidad, ceguera voluntaria o pura corrupción para no ver con claridad el
juego de los globalistas que se viene desarrollando desde hace demasiado
tiempo. Solo los más obtusos, los más serviles o aquellos mejor alimentados por
el sistema se atreven a afirmar que la Unión Europea nos lleva a alguna parte,
mientras nos empuja a un precipicio civilizatorio.
Ya no es una desviación, es una estrategia. Ya no es incompetencia, es una
traición bien engrasada. Y quienes siguen defendiendo esta farsa burocrática en
nombre del progreso o la solidaridad ya no tienen excusa; están colaborando con
el diablo, consciente o inconscientemente, en el aplastamiento planificado de
los pueblos europeos y su civilización. Así que, abran los ojos o enfrenten en
lo que se han convertido: los celosos relevos de un orden que los desprecia
tanto como los utiliza.
Europa ya no está gobernada. Se administra como una
gigantesca prisión a cielo abierto. Y quienes tienen las llaves no son más que
mezquinos jefes temerosos. Sepultureros, no constructores. Gerentes patéticos
que solo llevan a la ruina todo lo que tocan. Cobardes disfrazados de
tecnócratas, actuando como una banda organizada. Personas cuyo único motor es el
miedo y la vigilancia como única herramienta... Y la lista podría seguir
eternamente. Y, sin embargo, en su mediocridad y ceguera, están convencidos de
que aguantará. Que con suficientes cámaras, detectores, multas, amenazas
legales y violencia policial, podrán reinar eternamente sobre las ruinas de un
imperio ficticio. Que el pueblo no cederá. Pero se equivocan porque, si el
miedo es una palanca frágil, la desesperación es una poderosa fuerza impulsora.
Cuando se transforma en ira real, ninguna tecnología puede detenerla. Y
entonces, ni su último chip espía, su dinero, sus drones o sus milicias
podrán salvarlos.
La Unión Europea se ha presentado durante mucho tiempo como
un proyecto de paz, prosperidad y civilización. Sin embargo, ¡lo que se está gestando
ante nuestros ojos es justo lo contrario! Estamos experimentando una deriva
orwelliana, un deslizamiento insidioso pero seguro hacia una dictadura
tecnocrática, fría y deshumanizada, oculta tras discursos
"humanistas" de cartón piedra. Con líderes que alimentan la guerra
hablando de paz; de felicidad suprimiendo todas las libertades; del futuro
arruinando todas las economías y aplastando todas las industrias. Sí, la Unión
Europea es un conjunto de proyectos que conducen al suicidio civilizatorio de
todo un continente y, además, se financian con nuestros impuestos.
La UE ya no es un proyecto democrático. Es una estructura
tecnocrática y autoritaria, dirigida por élites no electas que legislan a
distancia, al margen de cualquier lógica popular, desconectadas de la realidad,
pero muy conectadas con redes de influencia bancaria, grupos de presión
sionistas y multinacionales estadounidenses. Observen con atención la locura de
estos tecnócratas europeos. No tienen ejército, pero quieren declarar la guerra
a Rusia para eliminarnos. Imprimen dinero sin límite, pero nos imponen
impuestos excesivos para arruinarnos. Carecen de energía, pero están
destruyendo el gasoducto Nord-Stream para impedir nuestro desarrollo
industrial.
Para todo lo digital, ¡es aún peor! Carecen de inteligencia
artificial europea, de nube soberana y de sistema operativo protegido, pero
tienen una pasión morbosa por la regulación, el control y la coerción. Europa
ya no innova; vigila. No crea, castiga. No construye, restringe. Se ha convertido
precisamente en aquello contra lo que decía luchar. Esta UE no es más que una
fortaleza gris, gélida, ineficaz y autoritaria, que implementa las herramientas
del totalitarismo digital que ni siquiera le pertenecen.
Lo que quieren crear ya no es vigilancia selectiva, sino una
sociedad carcelaria invisible, donde el guardia ya no es humano, sino
algorítmico y está permanentemente alojado en tu bolsillo. ¿No tienes nada que
ocultar, diría el más descerebrado? Este es el debate más falso. Porque en una sociedad
donde cada palabra es escaneada, cualquier cosa puede ser usada en tu contra. Y
la acusación será moral, porque si te opones a este sistema, eres un criminal
en potencia o un monstruo insensible al destino de los niños. Esta manipulación
emocional es la táctica clásica de los regímenes autoritarios para silenciar la
disidencia asociándola con el mal absoluto. Mientras tanto, seguimos esperando
ver los mensajes de texto de la Hiena con Bourlat, los sobornos en paraísos
fiscales y también saber dónde han ido a parar los 170 mil millones enviados a
Ucrania sin dejar rastro... ¡en un mundo que, sin embargo, quieren que sea
"digital"!
Tomemos como ejemplo el último proyecto: "Chat
Contrôle". Una pesadilla digital casi inverosímil. Con el falso
pretexto de "proteger a los niños" (a quienes enseñan sexualidad a
los 4 años y sexo oral desde los 9), los gánsteres burocráticos de Bruselas
intentan proponer nada menos que un sistema de vigilancia masiva automatizado,
generalizado y perpetuo. En este caso, se trata de un programa espía, integrado
en todos los teléfonos vendidos en Europa, que escaneará la pantalla del
smartphone de cada ciudadano en tiempo real. ¿Escribes un mensaje a un amigo,
un correo electrónico privado, una publicación irónica en un foro? Lo leen, lo
interceptan, lo analizan y lo juzgan, incluso antes de que salga de tu
teléfono. Sin orden judicial, sin sospechas, ¡se nos considera culpables
automáticamente!
Pero no crean que este proyecto de violencia sin precedentes
se detendrá ahí. Las promesas de limitación ("solo contra la
pedocriminalidad", "solo contra el terrorismo") son fachadas
temporales. Señuelos que abren la puerta a esta locura totalitaria. La historia
nos enseña que toda herramienta de control implementada se expande, extiende y desvía
rápidamente. Basta con mirar las cámaras en las calles, el 5G, los códigos QR,
el pasaporte de vacunación ahora digital, impuesto durante la falsa pandemia;
todo ha permanecido igual, mientras que la evidencia es clara sobre la
manipulación militar de esta epidemia de totalitarismo. Mañana, estas armas se
usarán contra la reinformación, luego contra el odio, luego contra los
"discursos antieuropeos", luego... contra ustedes.
Mañana, una IA podrá decidir a distancia desactivar tu
cuenta bancaria, bloquear tu carnet de conducir, impedir que tu coche arranque
o prohibir la calefacción en nombre de la «transición verde». Lo habrás perdido
todo menos tus cámaras de vigilancia. Y esto no es una desviación accidental.
Ni tampoco incompetencia. Es un proyecto estructurado de control sistemático
basado en la identidad digital, el euro digital, que permite todas las
restricciones de movilidad, el empobrecimiento planificado, la dependencia
energética y, por supuesto, la destrucción de la clase media... Todo lo que
surge de la UE converge hacia una dinámica civilizatoria.
La UE ya no aspira al progreso, sino a un declive suicida
que pretende convertir en inevitable e irreversible. Ya no exporta valores,
sino una ideología de ruina apenas controlada. Una dictadura cada vez menos
blanda, pero absoluta, donde los pobres serán rastreados y registrados hasta la
última caloría, mientras las élites firman acuerdos con gigantes
estadounidenses para analizar nuestros datos en nubes extranjeras. Además, ya
ni siquiera contamos la pérdida de nuestros datos, robados con regularidad,
como ocurre con los datos de France Travail, la Seguridad Social o la banca en
línea. Por no hablar de todos los datos publicados en redes sociales, donde
simples tuits pueden enviar a la cárcel a opositores, como en Inglaterra...
¡Además, allí se libera a pedófilos para que puedan encarcelar a quienes se
resisten a la invasión migratoria!
Así que dejemos de hablar del "proyecto europeo".
¡No hay proyecto! Se está construyendo un gulag digital, ladrillo a ladrillo,
ley a ley, aplicación a aplicación. Esto es lo que es la Unión Europea hoy. Una
mezcla mórbida de la burocrática ex URSS y el capitalismo de vigilancia
estadounidense, sin la fuerza militar de una ni la innovación de la otra. Solo
coerción, frialdad tecnocrática y la destrucción consensuada de nuestros
derechos y libertades más fundamentales. Y están tendiendo la red, están
reforzando la jaula, porque saben que el castillo de naipes se tambalea. Que
Europa se está convirtiendo en un campo de ruinas económicas, sociales y
culturales. Y a medida que esta casta malvada siente acercarse su fin, se
vuelve paranoica, violenta y delirante. Como los dictadores de antaño, pero con
la incorporación de la tecnología. No necesitan botas, solo necesitan un parche
de software. No necesitan policía secreta, tienen servidores. No necesitan
tortura física, solo necesitan una prohibición digital, la desactivación de
cuentas y el bloqueo bancario.
Y lo más trágico de esta locura es que la mayoría se somete
a ella, pasiva, inepta, hipnotizada por la propaganda de los medios
subvencionados. Pero si corremos un poco las cortinas de la comunicación
benévola, apagamos el proyector de Bruselas y miramos entre bastidores,
descubrimos el pánico entre estas autoproclamadas pseudoélites. Un miedo
visceral entre los líderes europeos. Miedo al pueblo. Miedo a perder el
control. Miedo a ser juzgados por lo que realmente son. Es decir, una panda de
pequeños estafadores de salón, sin estatura, impotentes sin máquinas, incapaces
de dirigir nada sin esconderse tras pantallas, hojas de cálculo de Excel,
algoritmos y avatares técnico-legales.
No tienen autoridad moral, ni legitimidad popular, ni visión
estratégica. Su única palanca es el control algorítmico. Poder digital en
ausencia de poder político. Son sacerdotes de un nuevo culto, el de la
tecnoestructura, la vigilancia automatizada, el panóptico digital donde los
humanos se vuelven sospechosos por defecto. Y esta obsesión por la seguridad no
es racional, es patológica. Es el pánico de una casta en decadencia, que sabe
que ha traicionado todos los cimientos de la civilización europea, desde la
libertad hasta la soberanía, desde la dignidad hasta la familia, incluyendo la
prosperidad... Así que se encierra, se atrinchera y construye un búnker
digital. Pero este muro digital es invisible, pero total. Es silencioso, pero
implacable. Se vende bajo la etiqueta de «protección», pero no nos protege de
ninguna manera; ellos los protegen a ellos, y lo controla todo.
Porque todo esto se basa en su miedo fundamental a que la
gente despierte. A que el mito se derrumbe. A que los contribuyentes dejen de
pagar sus propios canales. A que la gente finalmente se dé cuenta de que estas
"élites" son parásitos disfrazados, alimentados con dinero público,
que operan como una banda organizada de delincuentes endogámicos y cooptados. Y
como esta casta de parásitos ya no sabe hacer nada —ni producir, ni innovar, ni
inspirar—, depende de las máquinas para salvarse. Porque este proyecto de
vigilancia integrada es la admisión definitiva de que, sin inteligencia
artificial, ya ni siquiera pueden fingir gobernar. Necesitan sensores,
escáneres, nubes estadounidenses, sistemas biométricos e IA
predictiva, como en la película de Spielberg de 2002, Minority Report. En
resumen, prótesis digitales para compensar su incompetencia intelectual. Pero
no viven en la Europa que están destruyendo. Comen alimentos orgánicos en
barrios seguros. Tienen carne sin hormonas en sus platos, y desde luego no
insectos. Usan sus aviones privados para firmar los acuerdos que prohíben
nuestros coches. Se otorgan enormes salarios libres de impuestos y pensiones de
oro tras solo 15 años en el parlamento. Viven al otro lado del muro que
construyen para mantenernos dentro.
Así que, ¡llamémoslo por su nombre! Lo que estamos viviendo
es un crimen organizado europeo institucionalizado, con el sello de
"legal", pero crimen organizado al fin y al cabo. Y quienes nos están
arruinando ahora quieren eliminarnos. Cada directiva, cada regulación, cada restricción
es solo una herramienta más para sofocar la soberanía popular, drenar un poco
más los últimos vestigios de riqueza, envenenar nuestros platos, intoxicar
nuestros campos, contaminar nuestra agua, esterilizar a nuestros niños, atontar
a la humanidad y manchar su alma. Y esa es la pesadilla del siglo XXI. Una
dictadura tecnológica y desinfectada, donde la pobreza se regula, se monitorea,
se mide, se documenta, pero nunca se resuelve. Una Europa donde los ciudadanos
mueren en silencio bajo la mirada indiferente de las cámaras, mientras los
comisarios europeos debaten la curvatura legal de los plátanos y el contenido
de carbono de sus rótulas.
No se equivoquen, lo que nos venden como proyecto europeo no
es más que un ataúd forrado de silicona y códigos QR. ¡No queda nada que salvar
de esta Unión Europea! Ni su discurso, ni sus instituciones, ni sus
"valores" —porque ya no los tiene—, y mucho menos sus actores
formados por los "Jóvenes Líderes". Esta gangrena civilizatoria no es
más que una amalgama de sucesivas capas de mentiras descaradas, administradas a
una población tratada como un rebaño de ganado hiperconectado.
Esta gente no dirige, sino que parasita. No gobierna, sino
que vampiriza. Y solo tiene una obsesión: resistir hasta el colapso total, incluso
si eso significa convertir a cada ciudadano en un esclavo digital, a cada
nación en una colonia administrativa, a cada niño en un conejillo de indias
vigilado. Quieren construir un mundo sin alma, sin pasado, sin futuro; solo una
interfaz gris y dócil, donde respiramos con permiso. Y todo esto solo es
posible gracias a nuestro dinero, nuestros datos y, sobre todo, a nuestro
silencio culpable, incluso cómplice.
Como habrán comprendido, queridos lectores, las leyes
digitales de la Unión Europea para el inicio del curso escolar 2025, lejos de
pretender proteger nuestras libertades, en realidad no son más que sistemas de
censura abyectos disfrazados de "medidas de seguridad" o
"protección de los derechos fundamentales". Tras la máscara de la
lucha contra el odio, las noticias falsas y la pedocriminalidad, se esconde un
afán autoritario de controlar el pensamiento y silenciar toda forma de
disidencia. Cada texto legislativo, cada directiva europea, es un ladrillo más
en un edificio totalitario donde la opinión pública se convierte en una
mercancía a vigilar, clasificar y manipular. En Bruselas, lo que importa no es
la verdad, sino la uniformidad. La UE no busca garantizar la libertad de
expresión, sino erradicar cualquier voz disidente, reprimir las críticas bajo
una montaña de regulaciones absurdas y filtros algorítmicos. Estas leyes, que
pretenden ser una protección contra los excesos digitales, en realidad sólo son
instrumentos de represión que transforman el espacio virtual en una prisión
digital donde cada palabra, cada idea, es examinada, censurada, eliminada si no
se ajusta al pensamiento dominante impuesto por la tecnocracia bruselense.
Pero su software de control y sus milicias descerebradas
solo han olvidado una cosa: el regreso a la realidad. Esa que no se anuncia en
urnas amañadas, sino en los ojos que se alzan, en las bocas que se abren, en
las manos que llaman a la puerta de la mentira con la rabia de aquellos a
quienes les han robado todo, menos la ira. Lo que toman por obediencia o
sumisión no es más que paciencia. Pero esta paciencia se está agotando. Porque
no hay santuario para los tiranos digitales en un mundo donde la humanidad
enfurecida decide resurgir. Ni búnker, ni jet privado, ni isla fiscal para huir
de la ira de quienes han traicionado. Han construido un imperio de cristal,
convencidos de que nadie se atrevería a tirar la primera piedra. Pronto
comprenderán su error.
Porque realmente se necesitaría muy poco para derribar esta
pirámide digital construida sobre la ilusión de omnipotencia. Unos pocos grupos
móviles y decididos, operando con inteligencia y precisión —atacando los
centros neurálgicos del sistema, como centrales eléctricas, centros de datos o
repetidores de comunicación—, bastarían para sumir su maquinaria en el estupor.
Porque este mundo que han construido se basa en infraestructuras frágiles y
ultracentralizadas, incapaces de resistir una guerra de guerrillas selectiva y
asimétrica. Un apagón por aquí, un sabotaje por allá, unas cuantas antenas 5G
en llamas, por no hablar de tres o cuatro prefecturas atacadas al unísono, y
todo el mecanismo de control cruje, se ralentiza y finalmente se derrumba.
Porque si, por desgracia, sus milicias blindadas se ven bloqueadas por
manifestaciones salvajes en la capital y sus cuarteles vacíos arden, las
gendarmerías están rodeadas de montones de estiércol, su vigilancia
automatizada está controlada por la caída de cámaras y sus algoritmos
supuestamente infalibles están saturados de programas piratas, entonces todo su
sistema se encuentra ciego, sordo, inoperante, obsoleto.
Como gritaba la banda homónima "Rage Against the Machine" en los 90, mucho antes de que la distopía se convirtiera en nuestra vida
cotidiana: "¡Despierten!". Esta rabia, esta ira
sorda que se revuelve bajo décadas de mentiras, humillaciones y manipulación,
ya no es una emoción que se pueda contener, sino un arma, un combustible, una
línea de frente. Ya no es solo un grito contra la injusticia, es una
declaración de guerra contra la propia Máquina. Contra este mecanismo frío, burocrático
y algorítmico que aplasta al Hombre en nombre del orden, la seguridad y la
conformidad. La rabia no es desorden, es una respuesta. Una rebelión orgánica
contra un mundo artificial. Y cuando se desborda, ya no pide permiso. Lo
derriba, lo perturba, lo desconecta. Mientras las élites adictas a la
tecnología digital creen que pueden predecir, anticipar y modelar todo, han
olvidado la variable humana, la única que nadie puede controlar. Es esta rabia
la que está aumentando, la de la gente que queríamos transformar en líneas de
código.
Así que, que disfruten de sus últimos privilegios, que se
feliciten rápidamente en sus búnkeres con aire acondicionado, que exhiban
rápidamente sus posturas morales en los escenarios patrocinados. Porque pronto,
ya no serán los ciudadanos quienes rendirán cuentas, ¡sino ellos mismos! Cada
decreto, cada dron, cada mentira, tarde o temprano, tendrá un proyecto de ley.
Y ese día, ninguna nube, ninguna IA, ninguna placa de inmunidad tecnocrática
podrá protegerlos del juicio popular que se avecina.
¡Y ya no hablaremos de revolución, sino de Furia contra la
Máquina!
Phil BROQ.
https://jevousauraisprevenu.blogspot.com/2025/08/rage-contre-la-machine.html
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