21.8.25

La rabia no es un desorden, es una respuesta, una rebelión contra un mundo artificial

 ¡FURIA CONTRA LA MÁQUINA!                

Se acabaron las vacaciones. Nos hemos lavado los últimos granos de arena de los pies, hemos vaciado los vasos y nuestros cuerpos han descansado. Pero la mente nunca se ha detenido del todo. Al contrario, ha observado, asimilado, digerido y madurado. Y hoy, las pilas están cargadas, la energía ha regresado, brutal, lúcida y decidida. Este mundo se tambalea al borde de un cambio histórico, y ya no es momento de contemplar. Es hora de hablar. De gritar. De golpear donde duele. 

He redescubierto una fuerza que creía perdida, una forma de reminiscencia juvenil, despertada por sonidos que no he escuchado en mucho tiempo. Entre ellos, un viejo álbum de "Rage Against the Machine", tan visceral, tan lúcido y tan relevante hoy en día. Les recomiendo que lo pongan de fondo mientras leen este texto. No es una lectura tranquila, no es un manifiesto de salón. Es otra alarma. Una señal. Una advertencia. Porque a partir de ahora, la complacencia ya no es una opción.

En la etapa actual, se necesita una dosis fenomenal de ingenuidad, ceguera voluntaria o pura corrupción para no ver con claridad el juego de los globalistas que se viene desarrollando desde hace demasiado tiempo. Solo los más obtusos, los más serviles o aquellos mejor alimentados por el sistema se atreven a afirmar que la Unión Europea nos lleva a alguna parte, mientras nos empuja a un precipicio civilizatorio. Ya no es una desviación, es una estrategia. Ya no es incompetencia, es una traición bien engrasada. Y quienes siguen defendiendo esta farsa burocrática en nombre del progreso o la solidaridad ya no tienen excusa; están colaborando con el diablo, consciente o inconscientemente, en el aplastamiento planificado de los pueblos europeos y su civilización. Así que, abran los ojos o enfrenten en lo que se han convertido: los celosos relevos de un orden que los desprecia tanto como los utiliza.

Europa ya no está gobernada. Se administra como una gigantesca prisión a cielo abierto. Y quienes tienen las llaves no son más que mezquinos jefes temerosos. Sepultureros, no constructores. Gerentes patéticos que solo llevan a la ruina todo lo que tocan. Cobardes disfrazados de tecnócratas, actuando como una banda organizada. Personas cuyo único motor es el miedo y la vigilancia como única herramienta... Y la lista podría seguir eternamente. Y, sin embargo, en su mediocridad y ceguera, están convencidos de que aguantará. Que con suficientes cámaras, detectores, multas, amenazas legales y violencia policial, podrán reinar eternamente sobre las ruinas de un imperio ficticio. Que el pueblo no cederá. Pero se equivocan porque, si el miedo es una palanca frágil, la desesperación es una poderosa fuerza impulsora. Cuando se transforma en ira real, ninguna tecnología puede detenerla. Y entonces, ni su último chip espía, su dinero, sus drones o sus milicias podrán salvarlos.

La Unión Europea se ha presentado durante mucho tiempo como un proyecto de paz, prosperidad y civilización. Sin embargo, ¡lo que se está gestando ante nuestros ojos es justo lo contrario! Estamos experimentando una deriva orwelliana, un deslizamiento insidioso pero seguro hacia una dictadura tecnocrática, fría y deshumanizada, oculta tras discursos "humanistas" de cartón piedra. Con líderes que alimentan la guerra hablando de paz; de felicidad suprimiendo todas las libertades; del futuro arruinando todas las economías y aplastando todas las industrias. Sí, la Unión Europea es un conjunto de proyectos que conducen al suicidio civilizatorio de todo un continente y, además, se financian con nuestros impuestos.

La UE ya no es un proyecto democrático. Es una estructura tecnocrática y autoritaria, dirigida por élites no electas que legislan a distancia, al margen de cualquier lógica popular, desconectadas de la realidad, pero muy conectadas con redes de influencia bancaria, grupos de presión sionistas y multinacionales estadounidenses. Observen con atención la locura de estos tecnócratas europeos. No tienen ejército, pero quieren declarar la guerra a Rusia para eliminarnos. Imprimen dinero sin límite, pero nos imponen impuestos excesivos para arruinarnos. Carecen de energía, pero están destruyendo el gasoducto Nord-Stream para impedir nuestro desarrollo industrial. 

Para todo lo digital, ¡es aún peor! Carecen de inteligencia artificial europea, de nube soberana y de sistema operativo protegido, pero tienen una pasión morbosa por la regulación, el control y la coerción. Europa ya no innova; vigila. No crea, castiga. No construye, restringe. Se ha convertido precisamente en aquello contra lo que decía luchar. Esta UE no es más que una fortaleza gris, gélida, ineficaz y autoritaria, que implementa las herramientas del totalitarismo digital que ni siquiera le pertenecen.

Lo que quieren crear ya no es vigilancia selectiva, sino una sociedad carcelaria invisible, donde el guardia ya no es humano, sino algorítmico y está permanentemente alojado en tu bolsillo. ¿No tienes nada que ocultar, diría el más descerebrado? Este es el debate más falso. Porque en una sociedad donde cada palabra es escaneada, cualquier cosa puede ser usada en tu contra. Y la acusación será moral, porque si te opones a este sistema, eres un criminal en potencia o un monstruo insensible al destino de los niños. Esta manipulación emocional es la táctica clásica de los regímenes autoritarios para silenciar la disidencia asociándola con el mal absoluto. Mientras tanto, seguimos esperando ver los mensajes de texto de la Hiena con Bourlat, los sobornos en paraísos fiscales y también saber dónde han ido a parar los 170 mil millones enviados a Ucrania sin dejar rastro... ¡en un mundo que, sin embargo, quieren que sea "digital"!

Tomemos como ejemplo el último proyecto: "Chat Contrôle". Una pesadilla digital casi inverosímil. Con el falso pretexto de "proteger a los niños" (a quienes enseñan sexualidad a los 4 años y sexo oral desde los 9), los gánsteres burocráticos de Bruselas intentan proponer nada menos que un sistema de vigilancia masiva automatizado, generalizado y perpetuo. En este caso, se trata de un programa espía, integrado en todos los teléfonos vendidos en Europa, que escaneará la pantalla del smartphone de cada ciudadano en tiempo real. ¿Escribes un mensaje a un amigo, un correo electrónico privado, una publicación irónica en un foro? Lo leen, lo interceptan, lo analizan y lo juzgan, incluso antes de que salga de tu teléfono. Sin orden judicial, sin sospechas, ¡se nos considera culpables automáticamente! 

Pero no crean que este proyecto de violencia sin precedentes se detendrá ahí. Las promesas de limitación ("solo contra la pedocriminalidad", "solo contra el terrorismo") son fachadas temporales. Señuelos que abren la puerta a esta locura totalitaria. La historia nos enseña que toda herramienta de control implementada se expande, extiende y desvía rápidamente. Basta con mirar las cámaras en las calles, el 5G, los códigos QR, el pasaporte de vacunación ahora digital, impuesto durante la falsa pandemia; todo ha permanecido igual, mientras que la evidencia es clara sobre la manipulación militar de esta epidemia de totalitarismo. Mañana, estas armas se usarán contra la reinformación, luego contra el odio, luego contra los "discursos antieuropeos", luego... contra ustedes. 

Mañana, una IA podrá decidir a distancia desactivar tu cuenta bancaria, bloquear tu carnet de conducir, impedir que tu coche arranque o prohibir la calefacción en nombre de la «transición verde». Lo habrás perdido todo menos tus cámaras de vigilancia. Y esto no es una desviación accidental. Ni tampoco incompetencia. Es un proyecto estructurado de control sistemático basado en la identidad digital, el euro digital, que permite todas las restricciones de movilidad, el empobrecimiento planificado, la dependencia energética y, por supuesto, la destrucción de la clase media... Todo lo que surge de la UE converge hacia una dinámica civilizatoria.

La UE ya no aspira al progreso, sino a un declive suicida que pretende convertir en inevitable e irreversible. Ya no exporta valores, sino una ideología de ruina apenas controlada. Una dictadura cada vez menos blanda, pero absoluta, donde los pobres serán rastreados y registrados hasta la última caloría, mientras las élites firman acuerdos con gigantes estadounidenses para analizar nuestros datos en nubes extranjeras. Además, ya ni siquiera contamos la pérdida de nuestros datos, robados con regularidad, como ocurre con los datos de France Travail, la Seguridad Social o la banca en línea. Por no hablar de todos los datos publicados en redes sociales, donde simples tuits pueden enviar a la cárcel a opositores, como en Inglaterra... ¡Además, allí se libera a pedófilos para que puedan encarcelar a quienes se resisten a la invasión migratoria!

Así que dejemos de hablar del "proyecto europeo". ¡No hay proyecto! Se está construyendo un gulag digital, ladrillo a ladrillo, ley a ley, aplicación a aplicación. Esto es lo que es la Unión Europea hoy. Una mezcla mórbida de la burocrática ex URSS y el capitalismo de vigilancia estadounidense, sin la fuerza militar de una ni la innovación de la otra. Solo coerción, frialdad tecnocrática y la destrucción consensuada de nuestros derechos y libertades más fundamentales. Y están tendiendo la red, están reforzando la jaula, porque saben que el castillo de naipes se tambalea. Que Europa se está convirtiendo en un campo de ruinas económicas, sociales y culturales. Y a medida que esta casta malvada siente acercarse su fin, se vuelve paranoica, violenta y delirante. Como los dictadores de antaño, pero con la incorporación de la tecnología. No necesitan botas, solo necesitan un parche de software. No necesitan policía secreta, tienen servidores. No necesitan tortura física, solo necesitan una prohibición digital, la desactivación de cuentas y el bloqueo bancario.

Y lo más trágico de esta locura es que la mayoría se somete a ella, pasiva, inepta, hipnotizada por la propaganda de los medios subvencionados. Pero si corremos un poco las cortinas de la comunicación benévola, apagamos el proyector de Bruselas y miramos entre bastidores, descubrimos el pánico entre estas autoproclamadas pseudoélites. Un miedo visceral entre los líderes europeos. Miedo al pueblo. Miedo a perder el control. Miedo a ser juzgados por lo que realmente son. Es decir, una panda de pequeños estafadores de salón, sin estatura, impotentes sin máquinas, incapaces de dirigir nada sin esconderse tras pantallas, hojas de cálculo de Excel, algoritmos y avatares técnico-legales.

No tienen autoridad moral, ni legitimidad popular, ni visión estratégica. Su única palanca es el control algorítmico. Poder digital en ausencia de poder político. Son sacerdotes de un nuevo culto, el de la tecnoestructura, la vigilancia automatizada, el panóptico digital donde los humanos se vuelven sospechosos por defecto. Y esta obsesión por la seguridad no es racional, es patológica. Es el pánico de una casta en decadencia, que sabe que ha traicionado todos los cimientos de la civilización europea, desde la libertad hasta la soberanía, desde la dignidad hasta la familia, incluyendo la prosperidad... Así que se encierra, se atrinchera y construye un búnker digital. Pero este muro digital es invisible, pero total. Es silencioso, pero implacable. Se vende bajo la etiqueta de «protección», pero no nos protege de ninguna manera; ellos los protegen a ellos, y lo controla todo.

Porque todo esto se basa en su miedo fundamental a que la gente despierte. A que el mito se derrumbe. A que los contribuyentes dejen de pagar sus propios canales. A que la gente finalmente se dé cuenta de que estas "élites" son parásitos disfrazados, alimentados con dinero público, que operan como una banda organizada de delincuentes endogámicos y cooptados. Y como esta casta de parásitos ya no sabe hacer nada —ni producir, ni innovar, ni inspirar—, depende de las máquinas para salvarse. Porque este proyecto de vigilancia integrada es la admisión definitiva de que, sin inteligencia artificial, ya ni siquiera pueden fingir gobernar. Necesitan sensores, escáneres, nubes estadounidenses,  sistemas biométricos e IA predictiva, como en la película de Spielberg de 2002, Minority Report. En resumen, prótesis digitales para compensar su incompetencia intelectual. Pero no viven en la Europa que están destruyendo. Comen alimentos orgánicos en barrios seguros. Tienen carne sin hormonas en sus platos, y desde luego no insectos. Usan sus aviones privados para firmar los acuerdos que prohíben nuestros coches. Se otorgan enormes salarios libres de impuestos y pensiones de oro tras solo 15 años en el parlamento. Viven al otro lado del muro que construyen para mantenernos dentro.

Así que, ¡llamémoslo por su nombre! Lo que estamos viviendo es un crimen organizado europeo institucionalizado, con el sello de "legal", pero crimen organizado al fin y al cabo. Y quienes nos están arruinando ahora quieren eliminarnos. Cada directiva, cada regulación, cada restricción es solo una herramienta más para sofocar la soberanía popular, drenar un poco más los últimos vestigios de riqueza, envenenar nuestros platos, intoxicar nuestros campos, contaminar nuestra agua, esterilizar a nuestros niños, atontar a la humanidad y manchar su alma. Y esa es la pesadilla del siglo XXI. Una dictadura tecnológica y desinfectada, donde la pobreza se regula, se monitorea, se mide, se documenta, pero nunca se resuelve. Una Europa donde los ciudadanos mueren en silencio bajo la mirada indiferente de las cámaras, mientras los comisarios europeos debaten la curvatura legal de los plátanos y el contenido de carbono de sus rótulas.

No se equivoquen, lo que nos venden como proyecto europeo no es más que un ataúd forrado de silicona y códigos QR. ¡No queda nada que salvar de esta Unión Europea! Ni su discurso, ni sus instituciones, ni sus "valores" —porque ya no los tiene—, y mucho menos sus actores formados por los "Jóvenes Líderes". Esta gangrena civilizatoria no es más que una amalgama de sucesivas capas de mentiras descaradas, administradas a una población tratada como un rebaño de ganado hiperconectado. 

Esta gente no dirige, sino que parasita. No gobierna, sino que vampiriza. Y solo tiene una obsesión: resistir hasta el colapso total, incluso si eso significa convertir a cada ciudadano en un esclavo digital, a cada nación en una colonia administrativa, a cada niño en un conejillo de indias vigilado. Quieren construir un mundo sin alma, sin pasado, sin futuro; solo una interfaz gris y dócil, donde respiramos con permiso. Y todo esto solo es posible gracias a nuestro dinero, nuestros datos y, sobre todo, a nuestro silencio culpable, incluso cómplice. 

Como habrán comprendido, queridos lectores, las leyes digitales de la Unión Europea para el inicio del curso escolar 2025, lejos de pretender proteger nuestras libertades, en realidad no son más que sistemas de censura abyectos disfrazados de "medidas de seguridad" o "protección de los derechos fundamentales". Tras la máscara de la lucha contra el odio, las noticias falsas y la pedocriminalidad, se esconde un afán autoritario de controlar el pensamiento y silenciar toda forma de disidencia. Cada texto legislativo, cada directiva europea, es un ladrillo más en un edificio totalitario donde la opinión pública se convierte en una mercancía a vigilar, clasificar y manipular. En Bruselas, lo que importa no es la verdad, sino la uniformidad. La UE no busca garantizar la libertad de expresión, sino erradicar cualquier voz disidente, reprimir las críticas bajo una montaña de regulaciones absurdas y filtros algorítmicos. Estas leyes, que pretenden ser una protección contra los excesos digitales, en realidad sólo son instrumentos de represión que transforman el espacio virtual en una prisión digital donde cada palabra, cada idea, es examinada, censurada, eliminada si no se ajusta al pensamiento dominante impuesto por la tecnocracia bruselense.

Pero su software de control y sus milicias descerebradas solo han olvidado una cosa: el regreso a la realidad. Esa que no se anuncia en urnas amañadas, sino en los ojos que se alzan, en las bocas que se abren, en las manos que llaman a la puerta de la mentira con la rabia de aquellos a quienes les han robado todo, menos la ira. Lo que toman por obediencia o sumisión no es más que paciencia. Pero esta paciencia se está agotando. Porque no hay santuario para los tiranos digitales en un mundo donde la humanidad enfurecida decide resurgir. Ni búnker, ni jet privado, ni isla fiscal para huir de la ira de quienes han traicionado. Han construido un imperio de cristal, convencidos de que nadie se atrevería a tirar la primera piedra. Pronto comprenderán su error.

Porque realmente se necesitaría muy poco para derribar esta pirámide digital construida sobre la ilusión de omnipotencia. Unos pocos grupos móviles y decididos, operando con inteligencia y precisión —atacando los centros neurálgicos del sistema, como centrales eléctricas, centros de datos o repetidores de comunicación—, bastarían para sumir su maquinaria en el estupor. Porque este mundo que han construido se basa en infraestructuras frágiles y ultracentralizadas, incapaces de resistir una guerra de guerrillas selectiva y asimétrica. Un apagón por aquí, un sabotaje por allá, unas cuantas antenas 5G en llamas, por no hablar de tres o cuatro prefecturas atacadas al unísono, y todo el mecanismo de control cruje, se ralentiza y finalmente se derrumba. Porque si, por desgracia, sus milicias blindadas se ven bloqueadas por manifestaciones salvajes en la capital y sus cuarteles vacíos arden, las gendarmerías están rodeadas de montones de estiércol, su vigilancia automatizada está controlada por la caída de cámaras y sus algoritmos supuestamente infalibles están saturados de programas piratas, entonces todo su sistema se encuentra ciego, sordo, inoperante, obsoleto.

Como gritaba la banda homónima "Rage Against the Machine" en los 90, mucho antes de que la distopía se convirtiera en nuestra vida cotidiana: "¡Despierten!". Esta rabia, esta ira sorda que se revuelve bajo décadas de mentiras, humillaciones y manipulación, ya no es una emoción que se pueda contener, sino un arma, un combustible, una línea de frente. Ya no es solo un grito contra la injusticia, es una declaración de guerra contra la propia Máquina. Contra este mecanismo frío, burocrático y algorítmico que aplasta al Hombre en nombre del orden, la seguridad y la conformidad. La rabia no es desorden, es una respuesta. Una rebelión orgánica contra un mundo artificial. Y cuando se desborda, ya no pide permiso. Lo derriba, lo perturba, lo desconecta. Mientras las élites adictas a la tecnología digital creen que pueden predecir, anticipar y modelar todo, han olvidado la variable humana, la única que nadie puede controlar. Es esta rabia la que está aumentando, la de la gente que queríamos transformar en líneas de código.

Así que, que disfruten de sus últimos privilegios, que se feliciten rápidamente en sus búnkeres con aire acondicionado, que exhiban rápidamente sus posturas morales en los escenarios patrocinados. Porque pronto, ya no serán los ciudadanos quienes rendirán cuentas, ¡sino ellos mismos! Cada decreto, cada dron, cada mentira, tarde o temprano, tendrá un proyecto de ley. Y ese día, ninguna nube, ninguna IA, ninguna placa de inmunidad tecnocrática podrá protegerlos del juicio popular que se avecina.

¡Y ya no hablaremos de revolución, sino de Furia contra la Máquina!

Phil BROQ.

https://jevousauraisprevenu.blogspot.com/2025/08/rage-contre-la-machine.html

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