NI ESTABLO NI MATADERO
El contrato social ha muerto, es hora de la desobediencia
civil
Empecemos por lo obvio, aunque escueza: el pueblo nunca
gobernó. No en Atenas, no en 1789, no hoy. Lo que llamamos democracia
representativa es un teatro de títeres donde cada cuatro años cambias de
muñecos o marionetas, pero el teatrillo sigue siendo el mismo. El sistema se
sostiene sobre una catedral corrupta que se alimenta del caos controlado:
medios, universidades y burócratas forman un ecosistema que no busca la verdad,
sino gestionar el descontento. Izquierda y derecha son dos alas de la misma ave
rapaz. Cuando votas, no eliges entre libertad y opresión; eliges entre dos
variantes de la misma domesticación.
El contrato social ilustrado ha expirado. Rousseau y Locke soñaron con ciudadanos libres; nosotros hemos heredado contribuyentes asustados.
La democracia se ha convertido en el freno de la evolución social. Todo lo que huele a cambio real, a soberanía local, a autogestión, es etiquetado como populismo o utopía peligrosa. ¿Por qué? Porque la democracia representativa solo funciona si el rebaño cree que tiene poder soberano, pero nunca lo ejerce.Ante ese fracaso, llegan los gurús de Silicon Valley con su
promesa de eficiencia. Curtis Yarvin nos vende una monarquía de CEO; Peter
Thiel y Palantir ofrecen gobernanza algorítmica; Anthropic sueña con una IA que
gestione el mundo sin legitimidad electoral. Pero esto no es una solución, es
una actualización del grillete. Sustituir a los políticos por tecnócratas no
elimina la oligarquía; solo cambia el apellido de los oligarcas. La dictadura
tecnológica no libera al individuo; lo convierte en un dato dentro de un modelo
predictivo. Donde antes había un burócrata con expedientes, ahora hay un
algoritmo que decide tu crédito, tu movilidad y tu libertad. Y lo hace con la
excusa de la neutralidad científica, que es la máscara más peligrosa del poder.
No existe una pandemia que salta de tu comunidad a la vecina
como un castigo divino ineludible. Eso fue el caballo de Troya del control
total. Lo que vivimos en 2020 no fue una lección de biología; fue un ensayo
general de la dictadura tecnológica. Silicon Valley y los aparatos militares
usaron el miedo al virus para implantar pasaportes digitales, rastreo masivo y
toques de queda que jamás habían logrado en tiempos de paz. El virus solo era
la excusa perfecta para cerrar fronteras, anular soberanías locales y meter a
la humanidad en una app. Las tecnocorporaciones se hicieron con la gobernanza
sanitaria, y los ejércitos ocuparon las calles con coartada humanitaria. La
dictadura tecnológica no nos protegió; nos estabuló con una pulsera en la
muñeca y un certificado digital en el bolsillo.
Pero la tecnología es solo el ojo vigilante; el garrote siempre lo empuña el cuartel. El militarismo es el ejecutor final, y aquí no hay matices: es quien tergiversa, persigue, asesina y limpia étnicamente. Lo vemos a diario. En Gaza, las FDI masacran civiles y arrasan hospitales con la excusa de búnkeres de Hamás, mientras el Pentágono aplaude y envía más bombas. En la frontera de Texas, la Guardia Nacional trata a los inmigrantes como enemigos de guerra.
En Ucrania, el complejo militar-industrial alarga el
conflicto para desangrar a Rusia mientras los cuerpos se apilan y las arcas de
Lockheed Martin se hinchan. En Europa, el giro iliberal justifica la
restricción de libertades en nombre de la identidad cultural, pero detrás está
siempre el cuartel. La dictadura tecnológica y la militar son hermanas
siamesas.
La IA de Palantir no sirve para mejorar tu vida; sirve para
localizar objetivos y predecir focos de insurrección. El algoritmo de
vigilancia no busca tu bienestar; busca tu docilidad. Cuando la tecnología
falla en domesticar, llegan las botas. Cuando el algoritmo detecta disidencia,
el dron ejecuta la sentencia. El militarismo no es una reacción a las crisis;
es la causa estructural de la crisis perpetua. Necesita enemigos para
justificar su presupuesto. Si no hay terroristas, los inventa. Si no hay virus,
los improvisa. La guerra es su hábitat natural, y la paz es una amenaza
existencial para sus generales y sus accionistas.
Si rechazamos la farsa democrática, la dictadura algorítmica
y el garrote militar, ¿qué nos queda? ¿El caos? No. Nos queda la única herejía
que el sistema persigue porque realmente funciona: comunidades homogéneas,
territoriales o discontinuas, con democracias participativas, ejecutivas y el
voto con los pies. Pero ojo: la homogeneidad no es solamente étnica ni
religiosa, sino estatutaria y de valores. Comunidades de personas que eligen
libremente vivir bajo las mismas reglas, sin que un Estado central les imponga
un código civil desde la capital.
Pero aquí está la piedra angular que casi todas las utopías
olvidan: no puede haber comunidades libres sin individuos libres. Antes de asociarse
con otros, el ser humano debe ejercer su propia soberanía de pensamiento y de
obra. Primero sé libre. Piensa por ti mismo. Asume tus decisiones. Vive bajo tu
responsabilidad. Sólo después tiene sentido organizarse con otros para
gestionar asuntos comunes, nunca para delegarles la propia conciencia. Una
comunidad de dependientes produce dependencia; una comunidad de hombres libres
produce libertad.
La soberanía reside en la asamblea colectiva, no en el
parlamento ni en el algoritmo. Las decisiones se toman por consenso informado y
se aplican de inmediato, sin legislaturas paralizadas ni jueces que interpretan
la ley según el viento de su logia. Si la comunidad decide que no quiere
militares en su territorio, la decisión es ejecutiva y vinculante en el acto. Y
la clave de bóveda es el voto con los pies: si la comunidad se burocratiza o se
militariza, la gente simplemente se va. Se entra y se sale de estas comunidades
como hoy se cambia de proveedor de Internet. No hay monopolio de la violencia
que retenga a los ciudadanos contra su voluntad. El derecho de salida es el
verdadero control democrático, porque obliga a los gestores a rendir cuentas a
diario, no cada cuatro años con un cheque en blanco.
La discontinuidad territorial permite que comunidades ancladas
en distintos puntos se interconecten mediante tratados de no agresión y
cooperación voluntaria. El agua, la energía y el comercio se gestionan con
acuerdos horizontales, no por imposición vertical. Sin un Estado central que
reclame el monopolio de la violencia, los ejércitos permanentes pierden su
razón de ser. La defensa se externaliza a sistemas disuasorios descentralizados
o a pactos de defensa mutua, pero sin jerarquías de mando que puedan volverse
contra los propios ciudadanos. El militarismo es el virus; la comunidad
participativa es la vacuna.
Lo que propongo no es una utopía ingenua. Es la única
alternativa real a la estabulación —la democracia que te da de comer a cambio
de tu voto sumiso— y al matadero —la guerra perpetua que engorda los presupuestos
militares y tecnológicos—. El sistema global persigue esta idea porque sabe
que, si se generaliza, el poder se desvanece. Ya no habría generales para
ordenar bombardeos ni CEOs para vender tus datos; habría vecinos decidiendo su
presente y su futuro en una plaza, sin intermediarios, sin algoritmos y sin
botas.
La pregunta no es si es posible. La pregunta es si tenemos
el coraje de construirla en los márgenes, mientras el imperio se desangra en
sus propias guerras y sus propias mentiras. La jaula está abierta. El ganado
solo necesita darse cuenta de que los barrotes son de mentira.
Y aún quedarían dos viejos ídolos por derribar que rara vez
se cuestionan. La Ley y el dinero. La primera, que siempre deja de proteger la
convivencia para convertirse en instrumento de dominación. El segundo, cuando
deja de facilitar el intercambio para transformarse en una ficción capaz de
comprar voluntades, gobiernos y conciencias. Ambos parecen sólidos porque
estamos acostumbrados a obedecerlos.
Pero un hombre libre sabe que ninguno posee autoridad
propia. La Ley depende de jueces y policías. El dinero depende de la fe
colectiva. Son dos espejismos que aparentan solidez mientras la gente cree en
ellos. Por eso el oligarca no teme tanto al rebelde como al hombre que ha
dejado de admirar su riqueza y de temer a sus jueces. Porque quien ya no puede
ser comprado ni intimidado se vuelve imposible de gobernar.
Salgamos del establo. Alejémonos del matadero. Recuperemos
la libertad.
NOTA:
Tengo el proyecto de recorrer España saltando entre
comunidades libres. No quiero ser un turista, sino ofrecer mis servicios y
levantar una pequeña acta de existencia, sin dar nombres ni ubicaciones para no
facilitar la rapiña del Estado. Quiero ver con mis propios ojos lo que aún
existe, a pesar de los estados y sus amenazas.
He indagado y he encontrado tres tipos de espacios: los
pueblos de concejo abierto, más de 100 en España, donde la asamblea vecinal
sigue siendo el verdadero órgano de poder y el alcalde se vota a mano alzada;
las ecoaldeas y comunidades intencionales como Matavenero o Lakabe, y las
cooperativas integrales como la Catalana, que buscan cubrir todas las
necesidades desde la autogestión.
Mi plan es sencillo. No voy con un mapa marcado, voy con los
ojos abiertos. Preguntaré por el concejo abierto y las juntas vecinales.
Seguiré el rastro de las cooperativas. No iré como investigador, sino como
aprendiz. Ofreciendo mis servicios donde pueda ser útil. Sin grabadoras, sin
fotos, sin prisas. Solo con la voluntad de ver que esa España viva y rebelde
sigue existiendo.
Porque el Estado teme a los que no pueden ser comprados ni
intimidados. Y yo quiero ser uno de esos.
Diógenes sinóptico

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