ACOSTUMBRADOS A LO INACEPTABLE
Quizá el mayor fracaso de nuestra época no sea todo lo que está ocurriendo. Quizá
sea nuestra capacidad para acostumbrarnos a ello.
Hemos atravesado pandemias, guerras, violencia, crisis económicas,
desplazamientos, hambre, corrupción, deterioro institucional, censura,
manipulación, polarización y una pérdida progresiva de confianza en
prácticamente todo.
Nunca habíamos tenido tanta información. Sabemos lo que ocurre casi mientras
está ocurriendo. Y, sin embargo, saberlo todo no está sirviendo para cambiar
casi nada.
Ahí está la gran paradoja. Nunca estuvimos tan informados y
quizá nunca fuimos tan fáciles de paralizar.
Porque hemos convertido hasta el horror en contenido. Vemos una tragedia
mientras desayunamos. Un escándalo político mientras esperamos el autobús. Una
guerra entre dos vídeos de TikTok. Un niño destrozado por acoso escolar antes
de mirar qué serie ponen esta noche…
Nos indignamos. Compartimos. Ponemos corazón. Insultamos al bando contrario.
Y seguimos deslizando el dedo…
Mañana habrá otro escándalo. Tenemos una capacidad extraordinaria para
sobrevivir. El ser humano ha sobrevivido a guerras, pestes, dictaduras, hambre,
persecuciones y catástrofes.
Pero esa capacidad tiene una cara mucho menos heroica: también somos
extraordinariamente eficaces normalizando aquello que jamás deberíamos aceptar.
Primero algo nos escandaliza. Después nos preocupa. Luego simplemente nos
molesta. Más tarde hacemos un meme. Finalmente forma parte del paisaje. Y
entonces ocurre algo todavía más inquietante: quien continúa diciendo que
aquello no es normal empieza a parecer el radical
Nos acostumbramos a que nuestros hijos pasen media vida delante de una
pantalla.
A que la educación rebaje exigencias mientras presume de modernidad.
A que trabajar no garantice una vivienda.
A que nuestros mayores envejezcan solos.
A que la política se haya convertido en una pelea de hooligans donde lo
importante ya no es lo que ocurre, sino quién lo hace.
A instituciones más preocupadas por conservarse a sí mismas que por cumplir la
función para la que existen.
A que una mentira repetida desde el lugar adecuado termine adquiriendo aspecto
de verdad.
Y seguimos funcionando. Ese es precisamente el problema. Seguimos funcionando. Nos
levantamos, trabajamos, pagamos, consumimos, discutimos, votamos o no votamos,
vemos Netflix y ponemos el despertador.
Por eso un sistema deteriorado puede durar muchísimo tiempo. No necesita que la
población esté satisfecha. Ni siquiera necesita que crea en él. Le basta con
que esté suficientemente cansada, dividida, entretenida y convencida de que
nada puede hacerse.
Nos han enseñado además una magnífica forma de canalizar nuestra frustración:
pelearnos entre nosotros. Izquierda contra derecha. Hombres contra mujeres.
Jóvenes contra mayores. Funcionarios contra autónomos. Pobres contra pobres…
No necesitamos otro salvador. Ya hemos probado demasiados.
Ni otro partido prometiendo arreglar lo que el anterior prometió arreglar
después de que otro prometiera exactamente lo mismo.
Necesitamos algo bastante más incómodo:
Personas capaces de pensar por sí mismas.
Personas que no necesiten pertenecer a un bando para saber que algo está mal.
Que puedan criticar una injusticia aunque la cometan “los suyos”.
Que sean capaces de cambiar de opinión.
Que no confundan obediencia con civismo.
Ni comodidad con libertad.
Ni adaptación con progreso.
Porque el futuro no empezará cuando aparezca alguien dispuesto a salvarnos. Empezará cuando dejemos de esperar que alguien lo haga.
Todavía podemos cambiar muchas cosas. Pero primero tendremos que recuperar algo
que estamos perdiendo peligrosamente rápido:
La capacidad de mirar lo inaceptable y negarnos a llamarlo “normal”.
https://astillas4.blogspot.com/2026/10/nos-hemos-acostumbrado-lo-inaceptable.html

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