LAS ÉLITES AISLADAS
Cómo el pueblo llano aprendió a mirar al horizonte sin
ellas
Ya lo decían los viejos del lugar: que el que se sube muy
arriba, o se vuelve pájaro o se olvida de la tierra. Las élites de ahora, que
no son de sangre ni de blasón, sino de despacho y de pantalla, han hecho isla.
Se encerraron en sus torres de cristal, y desde allí miran al común de los
mortales como si fuésemos hormigas en un camino de carros, algo que estorba o,
a lo sumo, una curiosidad entomológica.
Desprecian, sí. No con el gesto altivo del hidalgo pobre, sino con la indiferencia del técnico que sabe que la pieza sobra. Y el pueblo, ay, el pueblo, que espera limosna de quien le niega el pan, se empeña en pedir justicia a quien dicta la injusticia.
No esperéis nada de ellos, que ya no saben sembrar ni cosechar, solo especular con la cosecha. Ni del Estado, que es suyo, hecho a su medida, como un traje que a nosotros nos viene ancho por los hombros y estrecho por el alma.Las agendas, todas, cantan la misma tonada: reducir el
rebaño. El inmigrante que llega en patera no es un hombre con su hatillo y su
hambre, es una pieza en un tablero que ellos mueven. La crisis, el caos, la
quema social, todo es intencionado, gota a gota, como quien riega un jardín
para que crezca la ortiga y muera la rosa. Ingeniería social la llaman, que es
nombre bonito para la expropiación de la vida.
¿Y qué hace un hombre, entonces? Lo que siempre se hizo en
las aldeas cuando llegaba la langosta o el pedrisco: callar, guardar la
semilla, y esperar. No acabéis en un asilo de ancianos, que allí os pondrán la
inyección del olvido. Manteneos derechos, aunque duela el espinazo. Tened una
huerta, aunque sea en un tiesto. Cambiad un favor por un pollo, o arreglad un
reloj al vecino a cambio de unas castañas. Que la pensión, si la tenéis, no sea
vuestra única renta, sino el pequeño seguro contra la intemperie.
Seguid siendo hombres. Afilad la navaja, aunque no cortéis
más que un nabo. Leed un libro, aunque sea el de los refranes. Charlad con el
sol, con el viento, con el perro. No hagáis política, que es juego de tahúres.
No tratéis de convencer a nadie, que el que tiene ojos, ya ve; y el que no, no
hay milagro que le devuelva la vista. Si encontráis un alma afín, buena es la
compañía para compartir un vino y callar juntos. Si no, seguid solos, como el
roble en el monte.
De la familia, menos esperéis. Los hijos tienen su propia
tormenta. No los prevengáis, que no oyen. Dad ejemplo, nada más. Que os vean
vivir, y tal vez, cuando la niebla apriete, recuerden cómo un hombre se mantuvo
en pie, sin pedir nada a quien nada da, labrando su pequeño surco en la memoria
del mundo.
MARTIÑO

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